“A veces podemos pasar años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

WILDE, Oscar

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Amor secreto

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Jamás tuvo valor para decirle cuánto la amaba. Él, un vulgar dependiente de la gran librería; ella, una clienta distinguida. Meses estuvo adorando en secreto su belleza, llena de enigmas y promesas.

-Puedo conseguirle esa novela de amor que anda buscando- le dijo una tarde, arrepintiéndose al instante de su osadía. Las largas pestañas revolotearon por encima del libro que estaba hojeando, etéreas y coquetas, como mariposas negras.

-No busco una novela…- le contestó, dándole el ejemplar, mientras lo atravesaba con la miel líquida de su mirada.  Él lo abrió, ruborizado, y vio escrita para él, una nota al margen. Una dirección, un teléfono.

Tiempo después, cuando se sintió capaz, se arrodilló delante de ella para pronunciar por fin las palabras que nunca pudo.

-Ya sé que es tarde. Pero necesito decírtelo. Aunque no me creas, te amo, siempre te he amado…

Y levantándose, retiró las hojas secas que cubrían la losa fría de la tumba.

Manzanas envenenadas

Disfrazado de vendedora de manzanas, como la bruja del cuento,  el director se sentó aquel día enfrente del anciano, para ofrecerle jugosas y rentables promesas. Llegaron a un acuerdo, y firmó. Todo eran ventajas y Aurelio se marchó, seguro de haber acertado.

-“Cógelas tranquilo, ¿no te fías de mí?” me dijo el muy sinvergüenza…Cómo no iba a fiarme, si lo conozco hace años ¡Menudo regalo envenenado nos hizo! -explotó, ya en la calle, en plena manifestación, cuando el periodista le acercó el micrófono- ¡Dígame cómo le explico a mi mujer enferma que nos han dejado sin ahorros, que ya no puedo pagar su residencia!

 

Madre e hija

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Te oigo llamarme desde el otro cuarto. Desde que estás en casa, no duermo una noche completa, pero ¡cuánto me gusta darte un beso y arroparte! Te acaricio el pelo y te cuento cosas, hasta que te quedas dormida otra vez. El sonido de mi voz te calma, y la noche pasa. Que sueñes con los angelitos…te digo, y me vuelvo a la cama.

 Casi siempre te despiertas antes que yo, y me llamas de nuevo. Con cuidado te aseo, te perfumo, te cambio el pañal y luego te pongo guapa. Me gusta ver tu expresión cuando te digo que nos vamos  a la calle. Tu mirada cambia y tu sonrisa se dibuja como un arco iris panza arriba.

Bandido, el perro de todos y de nadie, se acerca cuando pasamos por el parque. Lo acaricias, y él llena de besos caninos tus manos. Yo os dejo hacer porque te veo tan feliz en esos momentos…

Te gusta mirarme mientras cocino. Te cuento cómo preparo cada plato, porque tus ojos curiosos quieren saber qué le echo a cada cosa. ¡Y sin embargo comes tan mal! Sólo puedo engañarte cuando pongo la tele, y te quedas embobada viendo las imágenes. Te acabas el plato casi sin darte cuenta. Algunos días, haces como que coses, cogiendo una servilleta y un boli. Dibujas rayitas en la tela como si fuera un hilván. ¿Te gusta? me preguntas, y me gustaría poder decirte que serás una gran modista.

Al atardecer, pongo música y regamos juntas las plantas. Te ayudo a sostener la regadera -pesa demasiado para ti- y al momento te sientas, cansada. Por un instante veo en tus ojos dulces y vivaces, una luz que cruza fugaz tu mirada. Mamá… me dices con tu voz entrañable. No. Soy Dora, mami ¿no te acuerdas de mí?

Cerrando triste los ojos, te doy un beso en la frente. Y la ilusión de creer que me reconoces, se desvanece con la bruma del anochecer.

Hoja, copa y árbol

La hoja 

Ella no quiere caerse todavía. Sabe ya que es una hoja caduca y que tarde o temprano ha de desprenderse de la rama. Pero quiere soltarse sola, sin que ninguna fuerza violenta la separe de su nudo, de la frondosa seguridad del árbol que aún la cobija. La enfermedad se ha hecho esqueje en su cuerpo… la siente latiendo en sus nervaduras. Nota que se apodera de ella, que la vuelve frágil, transparente, y sin embargo de la misma forma que la vulnera, la hace fuerte. Está en la cama, encadenada a los goteros, que se prenden a sus venas como ríos de savia redentora. Fluyen por su cuerpo pequeños ejércitos, que libran cíclicas batallas para detener el avance de ese cruel enemigo, implacable y traicionero. Está enferma pero lucha, porque sabe que es útil todavía, que aún puede dar sombra.

La copa 

La hoja está enferma, pero no está sola. Flotan a su lado otras hojas, que saben que padece, que se está marchitando. Profundos surcos se hunden en sus ojos, proyectando el cansancio de una mirada perdida, a la que le cuesta encontrar la alegría que una vez brilló dentro de ella. Pero sigue buscando en su raíz… y descubre que no sufre sola. Un vínculo secreto y natural la une a pequeños brotes, diminutas flores, que han crecido a su amparo y que ahora se vuelcan hacia ella. Descubre que una tierra cálida y segura la sustenta, que late con fuerza desde abajo para hacerle llegar imperceptibles hálitos de vida, que la empujan de nuevo hacia el sol, hacia el cielo… buscando la luz, que convierta su tenue palidez en clorofila.

El árbol 

Cada ciclo que pasa es como un vendaval de agresiones y paradojas que la dejan exhausta. Es como luchar contra el viento: cuando sopla con violencia, si el nudo no es fuerte, puede desprenderse del árbol. Pero el viento también cumple su misión y la hoja aún tiene la suya, por eso se aferra a la rama. ¡Porque aún le quedan estaciones que gozar desde la atalaya de su copa! Cuando su savia se seque y su color se apague, entonces sabrá que el ciclo natural ha dictado su sentencia: se desprenderá, en un hermoso acto de generosidad, intuyendo que otros brotes que empujan desde lo hondo cubrirán de belleza la rama, llenando el espacio que ella ocupó. Y se irá con la calma de saber que abona con su muerte, el mismo ciclo de la vida. 

(Dedicado a todos aquellos que luchan contra el cáncer. Lo venzan o no. Mi admiración y respeto para todos ellos)

Brújula

Qué malo es no saber lo que uno quiere, ni encontrar del todo tu lugar. Qué inmensa sensación de pérdida de tiempo, de honda soledad. La brújula de mi alma se ha quedado sin imán… Vuelco mis ganas de hacer cosas en el medio de esta noche… y en el infinito, se desparraman… y se alejan derrochadas por mi mano, como una vía láctea que se pierde entre las sombras. No entiendo por qué me siento así, he perdido el norte de tu amor magnético. ¿Cómo decirte que dentro de mí hay miles de mundos que quieren explotar en un big-bang de emociones que nadie conoce? ¿Quién va a ser el astrónomo de mis más íntimas estrellas, que titilan a lo lejos, escondiendo sus secretos? Necesito un norte de nuevo, un lugar donde la huella de mi mano quede grabada en el cemento frío del destino… quiero ser, quiero vivir, quiero decir mil cosas. Y me callo. Vivir sin una meta es caminar en el desierto. A ciegas… dando tumbos perdidos que no marcan un camino, un rumbo seguro por donde otros puedan caminar detrás de mí. Quizás así alivie este desasosiego, soñando que mi corazón gana altura en cada palabra que se hace libre, como un pequeño pájaro que encuentra la dirección de su nido, volando a su encuentro, cruzando el cielo cargada de significado… y encontrando al otro lado a alguien que reciba su canto… su mensaje pequeño de belleza y libertad.