El color de las almas

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Aquella tarde plomiza en un café, lo cambió todo.

Aunque yo ya tenía treinta y seis años, temblaba como un niño de ocho. La misma edad que tenía cuando te conocí de verdad.  Cuando nuestros destinos, disfrazados de juegos infantiles, rotularon dos líneas paralelas, que nunca se juntarían. O al menos eso pensé durante muchos años.

Removía mi café, tintineando la cuchara contra la taza, mirando hacia uno y otro lado de la calle, para ver si te veía antes que tú a mí y comprobar si te reconocería después de tantos años.

Cuando entraste, el cascabel de la puerta sonó con su campanilleo alegre y metálico. Tus ojos azules me miraron directamente, y una sonrisa espontánea se dibujó en tu rostro. Yo creía que mi corazón daría un salto mortal dentro de mi pecho. Todo mi pasado y toda la felicidad que me robaron, se agolparon en mi alma durante esos instantes en que nos miramos, reconociendo nuestros antiguos rostros en la madurez de los actuales.

Tu carta era escueta e intensa. “Necesito volver a verte, tenemos que hablar”.

No recuerdo haberte preguntado cómo conseguiste mis señas, cómo diste conmigo después de tanto tiempo. Estaba tan emocionado que no reparé en aquel detalle. Lo importante es que eras tú, que me habías encontrado, y que volvería a verte. Lo demás carecía de interés para mí.

-Me alegro tanto de verte de nuevo…- fueron tus sencillas pero sinceras palabras.

-Yo también… – atiné a decirte mientras nos abrazábamos, para preguntarte después cómo estabas, qué había sido de tu vida, en dónde habías estado todos esos años. Eras abogado en un bufete de Argüelles y tu vida había sido convencional y cómoda; la mía había sido mucho más difícil. Mis padres, mis queridos padres… Murieron fusilados como delincuentes en la guerra, y ni siquiera me dejaron una tumba donde poder llorarles. No pude despedirme de nadie en el pueblo, ni siquiera de ti. Solo y sin rumbo, me convertí de la noche a la mañana en huérfano de guerra, que se vio cogido de los hombros por manos desconocidas en una fría sala de hospicio, mirando desconcertado y con el corazón helado, lo que sería su vida de ese día en adelante. Solo llevaba conmigo una raída maleta de cartón, con mi escasa ropa y mi piedra azul.

Al día siguiente de cumplir los dieciocho, después de años sin poder acostumbrarme a la soledad, el orfanato dejó de ser un lugar para mí. Tenía que irme, madurar y encontrar un trabajo. Y otra vez me sentí abandonado, terriblemente solo y sin nadie a quien recurrir. Ese lugar era espantoso, pero era lo único que conocía; lo más familiar que tenía a mi alcance. Me dieron algo de dinero para arreglarme los primeros meses. Puedo decir que tuve suerte, porque encontré a un buen hombre -Marcial, dueño de un taller mecánico- que me tomó como ayudante. Con él trabajaba a cambio de una cama y dos comidas calientes al día. Creo que le di una pena inmensa. Su mujer era amable y guisaba muy bien. No tenían hijos, creo que por eso se apiadaron de mí, al verme tan flaco y  desaliñado. Poco a poco fui aprendiendo y me convertí en un buen mecánico; entre los dos llevábamos el taller y empecé a tener mis primeros ahorros. Se puede decir que con ellos establecí un vínculo que nunca fue de amor filial, pero les guardo una enorme gratitud. Gracias a ellos aprendí un oficio, y pude vivir dignamente. A su lado, sin ser demasiado demostrativos conmigo, me sentí persona de nuevo.

Hace unos años pensé en irme de la casa, tomar las riendas de mi destino y empezar de cero, pero la vida tenía otros planes para mí. Por entonces, Marcial sufrió un derrame cerebral. Impedido y en una silla de ruedas, veía pasar la vida por una ventana del salón. Su mujer le cuidó día y noche, y yo no fui capaz de dejarlos así. Seguí encargándome del taller, pero me busqué un piso de alquiler, necesitaba tener mi propio espacio.

Sin embargo, seguía estando solo, nadie me quería y yo no lograba querer a nadie. Estaba hueco por dentro. Mi alma vivía atormentada por ese vacío que me asfixiaba, materializándose en pesadillas cada vez más frecuentes. Mi niñez estuvo repleta de amor, de felicidad, de instantes mágicos ¿Qué había pasado?¿Quién me quitó todo de golpe? me preguntaba, cuando la soledad me desgarraba el alma, y el miedo la hacía girones. Solo entonces, cuando llegaba a esas encrucijadas y los fantasmas me despertaban, conseguía nombrar a mis padres y llorar. Llorar desconsoladamente hasta dormirme de nuevo.

-Emilio…- tus manos se deslizaron por encima de la mesa, buscando las mías, en un gesto entre la compasión y el amor. Al percibir tu calor, sentí como si todo el sufrimiento que había aplastado mi alma durante años, se levantara como la niebla espesa que se esfuma al contacto con el sol. Yo te quería, siempre fuiste mi amigo. Y desde que me arrancaron de los brazos de mis padres, y de tu lado, vivía de tu recuerdo. Aunque era consciente de que nunca volvería a verte, me negaba a olvidarte. Como un penitente que se niega a abandonar su condena.

-¿La traes contigo, aún la conservas?- me preguntaste sorprendido, como si no te creyeras que todavía la llevara encima.

-¿Te acuerdas…?- te dije con una sonrisa cómplice, mientras extraía de mi bolsillo la piedra azul de nuestra infancia -Ya ves, está gastada, la pintura se ha ido quitando con el roce- te miré intensamente -Pero siempre la llevo conmigo.

Mis ojos empezaron a buscar, interrogantes, en tu ropa, en tu maletín.

-¿Y la tuya?- pregunté ilusionado, convencido de que jugabas a esconderla para hacerme rabiar, como cuando éramos críos.

-No la traje- contestaste con pena en tu voz, y algo de culpa en la mirada -La perdí hace años, en una mudanza.

-Ahh… vaya- musité decepcionado. Tú viste la desilusión en mi gesto, y reaccionaste rápidamente.

-¡Pero era tan bonita! Todavía estaba roja cuando se me extravió. Yo la cuidaba mucho Emilio, la tenía siempre en un lugar visible. Era lo único que me quedaba de ti. No te enfades conmigo… – de repente el tono de tu voz cambió y se volvió alegre, evocador -¿Te acuerdas…? ¡Qué amigos éramos… y contra todo pronóstico!- te sonreí melancólico -¡Inseparables!

Empezaste a recordar entonces la tarde en que germinó nuestra amistad -en plena guerra civil, como una semilla de vida- entre tanta muerte y penurias. Las adversidades forjan amigos de verdad, de los que son para toda la vida. Habíamos tenido la desgracia de nacer en familias de un mismo pueblo, pero de distintos bandos. Mis padres eran republicanos convencidos, y era algo público y notorio para todos; mi padre no se significaba mucho, pero no se escondía. Decía que él no tenía que avergonzarse de sus convicciones, y me educó para que yo tampoco lo hiciera. De tal suerte que yo era Emilio, el hijo del Rojas. Y tú, Fernando, eras de esos niños con una cierta posición, de los que merendaban pan con chocolate, iban a escuela de curas y gastaban apellido, nunca mote. Aunque entre los críos te llamábamos Fernandito El Comandante, por eso de que tu padre era militar, aunque nunca supimos bien qué rango tenía. Cosas de críos.

Lo cierto es que unos y otros niños nunca jugábamos juntos, y tú me resultabas especialmente repelente. Creído, soberbio y mandón. Cada vez que coincidíamos me mirabas con cara de asco, y yo hacía lo propio, regalándote a tu paso -siempre sin que me vieras- un escupitajo, para rubricar mi rechazo por los chavales como tú. Si alguien me hubiera pedido por juramento saber si algún día me jugaría el pellejo por ti, hubiera jurado a gusto que nunca jamás.

Una tarde en que volvía a casa, con media luz -casi anocheciendo ya- vi un grupo de chavales que tiraban piedras corriendo detrás de una diana móvil, que escapaba del asedio tapándose la cabeza con los brazos. Eché a correr y cuando reconocí al Comandante mi primer impulso fue unirme al batallón y ayudarles en su cometido. Pero cuando te vi caer, después de recibir un impacto fortísimo en la frente, me detuve y grité a los otros:

-¡Ya vale! ¡Le habéis dado, hombre!! ¡Le habéis dado en la cabeza, bestias!- y la chavalería, al verse comprometida, salió disparada en dirección al pueblo, sin detenerse ni mirar atrás.

Te miré, no sabía si te habían matado. Me agaché a tu lado y vi que un reguerillo de sangre salía de la brecha, de un enorme huevo que tenías en la frente. Y en el suelo, a tu lado, el proyectil: una piedra manchada de rojo. Me la guardé en el bolsillo.

No sabía qué hacer. Si acudía en busca de alguien te dejaba allí solo, casi de noche, en mitad del campo. Si no avisaba, no podrían socorrerte ni llevarte con tus padres. Intenté despertarte, dándote palmadas en las mejillas “Fernando… ¡Fernando despierta!” y tus ojos se abrieron en una mirada turbia. Al cabo de un rato, parecías más consciente y me sonreíste al reconocer una cara familiar. Entre los dos, casi cargándote a mi espalda, conseguimos llegar al pueblo. Don Servando, el médico, me dijo luego que despertarte fue lo mejor que pude hacer, que había sido muy valiente y me regaló una chocolatina.

A partir de aquel día firmamos un pacto tácito de no agresión, y nuestras mutuas resistencias de antaño, se fueron rompiendo. Un día me invitaste a cazar ranas, y yo acepté muy complacido. No eras tan antipático como yo había pensado. ¡Cuántas tardes de caza desde entonces! Ratones de campo, escarabajos, ranas, arañas… éramos el terror de todo bicho que se movía. Compartíamos partidos de fútbol, con tu pelota, por supuesto. Hacíamos carreras de caracoles, concursos en el terraplén de la Reguera para ver quién echaba la meada más larga… Levantábamos las faldas a las chicas, tocábamos la puerta de las casas y salíamos corriendo… ¡cuánta diversión despreocupada y sana!

Pero el día que te ganaste mi corazón fue cuando me dijiste que  fuera a buscarte a casa, que tenías dos bicicletas. Esa tarde iríamos a dar una vuelta por ahí. No me lo podía creer… ¡una bicicleta! Era lo más deseado por un niño, el juguete máximo. No había nada que yo pudiera desear más que dar una vuelta en bici contigo, mi buen amigo Fernando. Pero la vida siempre nos reserva sorpresas, y aunque yo me lo temía, no dejó de ser amarga.

Tus padres ya habían sido avisados de que te veían frecuentar al hijo del Rojas, gente muy poco recomendable. Por lo visto ya te habían prohibido en numerosas ocasiones mezclarte con muertos de hambre. Te habían prohibido jugar conmigo y que me acercara a la puerta de tu casa, faltaba más. Pero tú hiciste caso omiso y saliste a buscarme. Esa noche dormiste con el trasero caliente. Yo por mi parte, tenía expresamente vedado verme contigo. Mis padres me decían que eligiera bien mis amistades, que los de tu calaña erais unos traidores.

A partir de aquel día fuimos amigos entrañables, a pesar del evidente rechazo de nuestros padres. Al intentar separarnos y ser objeto de constantes castigos y regañinas por seguir viéndonos a escondidas, consiguieron que nuestra amistad se hiciera más fuerte y echara raíces profundas, empujada por la fuerza de la prohibición. Supongo que una de esas veces en que te riñeron por desobedecer, me propusiste firmar un “pacto de sangre” muy peculiar.

Yo guardaba la piedra con la que te habían herido aquellos niños, y tú cogiste otra.

-Tú me ayudaste una vez, y esta piedra es la prueba. Yo he encontrado esta otra ¿A que es bonita?- yo asentí.

-En el pueblo hay gente que os llama “Rojos” a los que son como tú y tu familia. Pero también hay gente que a nosotros nos llama “Azules”. Así que he pensado que vamos a pintar estas dos piedras, una de rojo y otra de azul. Tú lleva siempre encima la piedra azul, que soy yo,  y yo llevaré siempre la roja, que eres tú. Así siempre estaremos juntos, digan lo que digan nuestros padres. Y tenemos que prometer cuidarlas siempre y no perderlas jamás, porque son como nuestra amistad. Fuerte, dura, irrompible ¿De acuerdo?

Yo asentí sin dudarlo ni un instante. Trajiste pinceles y pinturas al óleo de tu madre. “Si se entera, me mata” fueron tus palabras, y riendo pintamos, alborozados y cómplices, nuestros símbolos.

Pudimos seguir viéndonos así, casi a escondidas, mucho tiempo, ya no lo recuerdo; cuando somos niños el tiempo es subjetivo, quizás fueron meses y a mí me parecen años. Pero una noche, todo cambió.

Llamaron a la puerta unos hombres, luego supe que había sido la Guardia Civil. Nunca olvidaré esa noche. Preguntaron por mis padres, y al escuchar que los reclamaban, salieron a ver qué pasaba. Sin mediar palabras ni explicaciones, los cogieron violentamente y los arrastraron a un furgón. Y a mí, entre gritos y llantos, me metieron en un coche negro, donde otros dos hombres esperaban. Nunca podré olvidar las súplicas de mi madre, que estiraba los brazos hacia mí, rogando que no nos separaran. Todo fue tan repentino, tan violento… tan horrible. La negra noche engulló  el amor de mi familia, mi seguridad, mi casa, mi pueblo, la inocencia de mi niñez, a mis amigos, a ti… Ni a mi peor enemigo le deseo algo así.

Desde entonces he sobrevivido, pero nunca he vuelto a ser feliz. Hasta esa tarde, en que volvimos a encontrarnos. Sólo estar contigo sentado en ese café, recordando momentos hermosos y desahogando mi amargura, proporcionó a mi alma un bálsamo curativo, tan poderoso como necesario.

-Emilio, de eso quería hablarte…- dijiste con la voz rota -Llevo con este peso mucho tiempo, demasiado, y no puedo más. Yo siempre te admiré y te quise sinceramente. Fuiste un amigo como pocos, y aunque a partir de hoy me odies y reniegues de mí, mereces saber la verdad.

-No entiendo- te dije abrumado, con un miedo atávico y premonitorio que me subía desde el estómago y de repente, ahogaba mi garganta -¿De qué estás hablando?

-Fue mi padre- bajaste los ojos -Él fue quien denunció a tus padres…

Tu mirada volvió a mí pidiendo comprensión, pero yo me levanté de la silla, incrédulo y furioso, partido por un hachazo de confusión y dolor. Cogiste mi brazo para que me sentara de nuevo, pero te aparté con una sacudida feroz.

-¡Por favor, siéntate y escúchame! Tienes que oírlo todo hasta el final… Yo me enteré de esto cuando mi padre murió y me lo contó… yo no sabía…- mis ojos estaban anegados de lágrimas, y la decepción me atravesó el pecho con un dolor tan lacerante como nunca antes había sentido. Estaba ofuscado y no quería oír más.

-¡¡DÉJAME!!- te grité, y toda la gente que estaba en la cafetería se dio la vuelta. Bajé la voz- Déjame… o monto un espectáculo aquí mismo si no me sueltas…

Tus ojos me suplicaban que te escuchara, que te diera esa última oportunidad. Pero todo el cariño que sentía por ti se convirtió en odio, por esa rara alquimia que la verdad a veces opera en las emociones.

-Emilio, por favor, perdóname…- me suplicaste -Yo sé que es difícil después de todo lo que has sufrido, enterarte de que esa desdicha tiene nombre y que es el de mi familia. Te juro que daría la mitad de mi vida por ahorrarte este sufrimiento, por haber nacido en otra parte. Yo era y sigo siendo tu amigo, pero tú sabes que ellos se odiaban, que no me dejaban estar contigo, y la mejor manera que encontraron de separarnos fue…

-¡¡Basta, no quiero escucharte, no quiero saber más!! No quiero volver a verte… ¡¡NUNCA MÁS!!

Estaba demasiado herido como para razonar contigo en ese momento. Lo último que hubiera imaginado es que toda aquella tragedia te la debiera a ti, querido Fernando. Saqué de nuevo del bolsillo mi piedrita azul, y tirándola encima de la mesa, hice lo que creí que podría hacerte más daño, porque eso era lo que quería: hacerte pagar y que sufrieras mi desprecio.

-Tómala… ahí la tienes, no la quiero. Ya no necesito llevar conmigo el sucio recuerdo de un traidor. Mi padre tenía razón: los de tu calaña no sois más que traidores, lobos disfrazados de corderos.

Y me marché, asqueado contigo y conmigo mismo.

Los años han pasado inexorables desde aquella tarde en que me juré no confiar nunca más en nadie. Me encerré en mí mismo, en mis recuerdos, rumiando mi rencor y desperdiciando mi energía en odiarte ¡Si tú supieras lo que me costaba hacerlo! Tenía que esforzarme para renegar de todo lo que habías significado para mí. Me costaba comprender por qué habías callado tanto tiempo, por qué no me habías buscado antes.

Y en el ocaso de mi vida, me pregunto por qué fui tan necio, porqué intenté justificar mi desprecio escondiéndome tras la trinchera de mi tragedia personal. Sólo hizo falta una llamada telefónica para trastocar mis planes.

-¿Señor Emilio Castaño?- le confirmé que, efectivamente, era yo-  Lo llamo porque Ud. es el único familiar del que nos ha dado referencia el señor Delgado.

Mi alma dio un respingo.

-¿Fernando? ¿Qué le pasa?- le exigí a la voz femenina que estaba detrás del teléfono -Ha sufrido un accidente de tráfico, está ingresado en La Paz. No puedo darle detalles por teléfono, pero sería conveniente que viniera- corté el auricular y salí corriendo hacia el hospital.

Seis meses en coma. Seis meses sentado a tu lado, cada día, en la UVI. Es cierto que nadie venía a verte; me pregunté muchas veces qué había pasado con tu familia, con tu hermana. Por dentro, me dije que estabas pagando, pero ¿es que había algo que pagar?

Me sentía mal, culpable. Te condené y nunca te di otra oportunidad de explicarte. Tú no eras tu padre. No eras responsable de aquel acto cobarde y ruin que me arrebató la posibilidad de una vida normal. Te condené porque necesitaba tener un causante de esa pena, alguien en quien descargar toda la ira que llevaba dentro, enquistada en mi alma. Pero al verte así, desvalido y solo, me sentí un verdadero miserable.

Una mañana despertaste, así… sin más. Al principio me alegré al ver que habías vuelto, ahora podríamos hablar, explicarnos cosas… con calma.

-No podrá volver a caminar, probablemente tampoco podrá hablar- sentenció el médico en su informe -Su avanzada edad, y la parálisis que sufre, hacen que requiera de una atención constante y especializada. No puede vivir solo.

-No lo hará, no se preocupe. Vivirá conmigo, yo lo cuidaré- lo dije sinceramente, me salió del alma. Pero el médico no parecía conforme, yo también soy mayor, y no podía atender a un enfermo así yo solo -Tendrá una enfermera las veinticuatro horas en mi casa, no se preocupe, doctor, sólo deme el tiempo necesario para recoger sus cosas en el piso.

Saqué ropa y calzado de tu armario, algunos libros, unos discos de jazz y tango y los puse en la maleta. Repasé la casa y tu cuarto con la mirada, por si pudiera olvidarme de algo. La mesilla… me dije, quizás tenga medicamentos. Al abrir el cajón vi una cajita de cartón gris que llamó mi atención, parecía vieja. No quise husmear, me parecía algo incorrecto. Pero no sé por qué, había algo en ella que me llamaba, que me pedía abrirla. Al retirar lentamente la tapa, creí que mi corazón se desbordaba de ternura: allí estaban juntas las dos piedras, una azul y otra roja.

Sentí tanto alivio al ver que no me habías olvidado, al comprobar que mi recuerdo te había acompañado siempre… que el perdón brotó dentro de mí, ahora sí, sincero y fácil. No te llevaba a casa conmigo por pena, por humanidad. Te llevaba porque quería, porque eras mi amigo y no era justo que te dejara solo. Quería juntar nuestras soledades, como esas dos piedras que descansaban en una cajita. Así tenía que ser.

Y aquí estamos, amigo. Ya estás en mi casa, en tu casa. Tu desconcierto es evidente, aunque no puedas hablar. Sé que no entiendes cómo alguien que te odia, que te despreció hace años, puede ofrecerte todo de repente. Por eso esta tarde he querido explicártelo, y después de la merienda, cuando te acomodaron en tu cama, me senté a tu lado.

Me miraste con desconfianza, como si no te fiaras de mi repentina compasión, y creyeras por un instante que urdía un plan para rematarte a solas. Te tranquilicé con una sonrisa; cogí con cuidado tu mano buena y mirándote a los ojos, sin decir nada más, la abrí y deposité con suavidad las dos piedritas en tu palma. Tu boca no podía articular palabra pero tu mente estaba lúcida, y  entendió el mensaje. Tus ojos empezaron a nublarse por las lágrimas, que rodaron mejillas abajo, y lanzaste tu mirada hacia mí, intentando hablar.

-Shhh, no te preocupes. Está todo hablado. Ahí estamos, Fernando. Ahí estamos tú y yo. Como siempre debimos haber estado: dos piedras, dos almas que nunca debieron separarse. Entiendo por qué me mentiste cuando me dijiste que ya no tenías mi piedra roja; comprendo tu vergüenza y la culpa que sentiste cuando supiste lo que hizo tu padre. Fui un necio, un estúpido. Ahora soy yo el que necesita que lo perdones… ¿Lo intentarás al menos?

Quisiste hablar, pero no podías. Solo balbuceabas cosas ininteligibles. Mi corazón se desbordaba de emoción al notar que querías decirme cuánto me habías echado de menos. ¡Cuántas cosas nos habíamos perdido! Extendiste tu mano abierta, que aún sostenía las dos piedras, pidiendo mi perdón, que estaba deseando darte, y mi amistad, que estaba deseando devolverte.

-El alma no tiene color, Fernando. No somos ni rojos ni azules, somos simplemente amigos. Nunca hemos dejado de serlo. Déjame cuidarte, hasta que Dios quiera que nos separemos.

Cubrí tu  mano con la mía, y ambos apretamos fuertemente aquellas piedrecitas. Así estrechamos entre nuestras arrugadas pieles, el espíritu joven de un cariño fraternal que -a pesar de todo y de todos- nunca se había apagado dentro de nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

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