La Mirada Escondida

Ojalá pudiera decir que este cuento estuvo inspirado en la realidad social que existió en mi país. Ojalá pudiera decir que es un mal recuerdo. Sin embargo, las guerras, las injusticias, las miserias y el sufrimiento siguen siendo parte de nuestro presente. La protagonista eligió y cambio su parcela del mundo. Quizás sea la hora de preguntarnos qué hacemos nosotros para cambiar la nuestra.

 

“Caminaba con mi vieja Pentax, atravesando un barrio ciertamente inquietante. Venía de hacer un trabajo magnífico en El Viejo Café, y estaba contenta; podría volver a Madrid antes de lo previsto. Titularía el reportaje con un “Buenos Aires, capital del tango”. A Martín le encantaría.

Pero, a pesar de mi entusiasmo, esa húmeda noche algo me inquietaba. Mi ilusión inicial se fue diluyendo en un creciente temor atávico que mi cabeza no sabía explicar con claridad, pero a medida que mis latidos aumentaban, mis pasos hacían lo propio. El sonido ahuecado de mis propias pisadas reverberaba en la noche, dándoles un eco sordo que acentuaba mi sensación de indefensión y soledad. ¿Dónde me estoy metiendo…? pensé.

Recuerdo a continuación un súbito empujón. Un tirón y el golpe seco de mis huesos contra el suelo. Mi corazón galopaba a cien por hora, y mi vista nublada apenas podía distinguir en la oscuridad. Solo aquella horrible voz aguardentosa me trajo a la realidad como un mazazo.

-No te muevas- y sentí que unas tremendas manos se metían entre mis ropas, hurgando, buscando indecentes cualquier indicio de algo valioso que robar.

Cuando aquel sujeto se aseguró de quedarse con todo aquello que buscaba, sus ojos envenenados de lascivia y la chispa que vi en ellos, me dijeron con la rapidez de una descarga eléctrica que mi terror iría en aumento. Aquello solo era el principio.

Intenté gritar, revolverme… pero su fuerza era descomunal, salvaje. Y de golpe fui consciente que esa sería mi última experiencia.

-Te voy a matar…- su risa sonaba estrepitosa y gutural -Pero antes, me voy a dar un festín contigo…

Cuando su inmunda y desdentada boca ya rozaba mi cuello en un abrazo agónico y brutal, y el hedor a vino y sudor me cercaban como una manada de lobos hambrientos, oí a sus espaldas un zumbido que crujió encima de mí. Mi espanto no me permitió, en un principio, darme cuenta de que ella estaba ahí para ayudarme. Con el alma crispada, vi en la noche la silueta de mi salvadora. Su aliento era una columna de vapor agitada, recortada en el azul de aquél callejón suburbano.

Amaneció un día más para Marcela. Y gracias a ella, también amaneció para mí.

Desde el pequeño rectángulo de plástico, que obraba de ventana en aquel sucedáneo de casa, donde la chapa -abrasadora en verano, cruelmente fría en invierno- se convertía en el enemigo natural por antonomasia, Marcela contemplaba con frío la jornada que tenía por delante. Era un frío viejo, primitivo, que se había instalado en sus huesos y se resistía a abandonarla, incluso en verano.

Mientras observaba a sus dos pequeños ovillados en la misma camita, ella preparaba el escaso desayuno, compuesto por mate cocido y una rebanada de pan con dulce de membrillo. Me ofreció lo mejor que tenía, demostrando así como cierto el axioma de que los pobres son infinitamente más generosos que nadie. Mientras lo recibía agradecida, mi instinto indagador me empujó a preguntar sobre ella.

-¿Hay algo peor que ser pobre?- pregunté.

-Sí. Ser pobre, estar viuda…y que te olviden…- dijo, dejándome con su respuesta una mirada impregnada de tristeza, que atravesó mi corazón de periodista; acostumbrado a las tragedias espectaculares, pero más alejado de las pequeñas tragedias silenciosas, que yacían olvidadas en el fondo de las ciudades. Apartadas, para que no molestaran nuestra conciencia de cómodos aburguesados.

-¿Qué hacías ahí anoche?- me espetó de golpe, como una madre enfadada con una hija mayor -¿No sabes que no se puede andar por ahí a esas horas?

-¿Y tú?  ¿Qué hacías tú?- inquirí yo a mi vez.

-Soy cartonera…- me respondió con naturalidad -Busco cartones en la basura.

Me quedé muda. Era la primera vez que oía esa palabra.

Buenos Aires era tan hermosa en otoño… Las calles de los enormes barrios elegantes, jalonadas por grandes arboledas, se convertían en una suerte de explosión sosegada de colores, que iban desde el azul intenso del cielo, hasta el amarillo reventón de las hojas caducas. Se mezclaban con el ocre y el verde del fresco césped de los abundantes parques, que decoraban y ofrecían un pulmón permanente a la ciudad. Casi siempre lucía el sol. Templaba el aire de una forma suave y convertía en delicioso cualquier paseo. Las terrazas de las selectas cafeterías seducían a quien pasara por delante con dulces aromas de ron, pasas calientes y bizcochos de miel. Esta visión tan bucólica le estaba vedada a Marcela. Para ella todas las estaciones eran iguales. Ninguna le traía lo que ella necesitaba. Sus días eran hojas de hambre y tristeza que iban cayendo de un calendario.

No quiso recordar conmigo cómo el destino se torció para ellos, convirtiéndolos en lo que eran. Cómo acabaron siendo cartoneros. Hasta la palabra parecía un bofetón en su cara. Pero no hacía falta que me dijera nada. Sólo había que asomarse un domingo a la mañana a cualquier callejón solitario…

Hombres que más bien parecían animales. Familias enteras que, como bandadas de perros, rebuscaban en la basura, intentando ganarse la vida de manera humillante y miserable. Recicladores que una sociedad injusta y desigual empujó a los vertederos, a los basureros, a los callejones malolientes. Su vida estaba expuesta a cortes, infecciones, atropellos…

Sin embargo para Marcela, las heridas más lacerantes venían desde fuera del vertedero: marginación, soledad. Indiferencia de una sociedad que los olvidaba y rechazaba.

Esta joven mujer tenía las manos ajadas, llenas de cortes. Su mirada escondía incontables amarguras. Sus rasgos -envejecidos prematuramente- delataban un alma cansada que, a pesar de todo, tenía la impronta de un espíritu luchador. Su  marido murió a causa de un accidente mientras recogía cartón, de una infección que no pudieron controlar.

Y se quedó sola.

Desde entonces tenía frío siempre. Un frío de desamparo, un frío de soledad.

En jornadas intensas de sol a sol, con sus hijos y un pequeño carro, recorría centenares de calles. Se internaban en lugares insanos, nauseabundos… para rebuscar entre la inmundicia ese trozo de cartón limpio, el único jirón de esperanza. Una pepita de oro entre la arena del río. Un cartón limpio era una oportunidad de seguir comiendo un día más. Era un seguro contra la miseria.

Pero  Marcela tenía una herida más profunda aún. Una que nunca cicatrizaría. Sus hijos. Dos niños que apenas levantaban un palmo del suelo. Verlos trabajando con ella, le hacía trizas el corazón.

-¿Qué futuro les espera? ¿Qué puedo darles yo?- me decía -Nadie nos ayuda, nadie se acuerda de nosotros. Yo sola no puedo afrontar esto, los necesito, y siento que les estoy robando su infancia… Me siento mala madre.

Para ella, ya no existía esperanza ni consuelo. Pero la rabia teñía su voz al decirme que no quería ver a sus hijos crecer entre la basura.

Después del exiguo desayuno, le rogué que me permitiera acompañarla a su trabajo. Siempre desde una distancia prudencial, los contemplaba mientras tomaba fotografías, y voluntariamente decidí sumergirme de nuevo en ese submundo de pena y desechos.

Durante ocho días interminables, padecí con ella el tormento de sentir lo que sufría un cartonero. Cada mañana fui testigo de las miradas de asco y desprecio que la gente les lanzaba. Otros días, eran invisibles. Simplemente no existían para nadie; eran mucho menos que la basura.

Y sentí vergüenza de mí misma. Vergüenza por este castigo. Por esas tiernas manos pequeñas que se habían hecho grandes a fuerza de trabajo. Por esos hermosos ojos grandes que se habían hecho pequeños de ver tanta miseria alrededor. Vergüenza por el flagelo que vivían estas gentes, condenadas a una cadena invisible que ataba sus destinos a una realidad permanente de tristeza y soledad.

Mientras los veía subirse a montañas de basura, empapados por la tormenta que estaba cayendo, oí a Marcela:

-¡Lo peor es la lluvia! Estropea los cartones, y nos quedamos congelados.

Yo la escuchaba desde la acera de enfrente, y aunque vi lo que iba a suceder, no pude hacer nada. Mientras mi voz y mi cuerpo contemplaban paralizados la escena, un hachazo invisible segó la vida de Marcela. La lluvia era una espesa cortina que llenaba todo de bruma alrededor. Un coche surgió de la nada. Un mortífero gigante de chatarra homicida. Mi grito para alertar a Marcela llegó tarde y todo su cuerpo voló por encima del capó, despidiendo su menudo cuerpo al otro lado de la calle. Y con un estrépito ensordecedor, el coche desapareció acelerando y precipitándose hacia la salida del callejón.

Corrí llena de angustia y me abalancé sobre ella. La cogí en mis brazos, empapadas ambas, por la fría lluvia que caía sobre el asfalto. Su boca no pronunció palabra alguna, pero su mirada era un grito aterrador, una silenciosa súplica que comprendí enseguida.

Allí, de pie en la calzada, dos pares de ojos negros me miraban, confundiéndose en un abrazo de mutuo consuelo. Se habían quedado solos. La sal de sus lágrimas se diluía en el dulzor de aquella lluvia que no cesaba. Y supe por primera vez, hundiendo su cara en mi regazo, lo que era que alguien muriera en mis brazos.

El día antes de volver a España me dije a mí misma que tenía que hacer algo. Ya no podía permanecer indiferente. Había algo en esa mujer, en su despedida con forma de enormes ojos tristes, que me conmovió.

Su muerte no podía quedar así. Mi vida no podía quedar así.

No quería convertirme en cómplice de esa cadena. Con mi silencio contribuía a que nunca pudiera romperse. Tenía que haber una salida. No todo podía ser tan triste.

Me enviaron a Buenos Aires con un encargo muy claro de la sección editorial del periódico para el que trabajaba en Madrid. En el avión que me traía de vuelta a España no pude dormir. En mi cabeza bullían aquellas imágenes de los diez días de otoño austral, en los que fui testigo de primera mano de una realidad tan desconocida para Europa. Y sin saber cómo reaccionaría mi superior, cogí mi dossier, y hoja por hoja, rompí todo lo que había hecho.

“Buenos Aires, la capital del cartón” fue el nuevo título de mi reportaje.

Como única arma, yo contaba entonces con la denuncia. Y le presenté a mi jefe la realidad que había vivido: mi ética me impedía poner por encima de la desesperación, los teatros, las luces, las milongas y el mítico tango argentino. Tenía una deuda con Marcela. Estaba decidida a cambiarlo, a modificar mi reportaje. Pesara a quien pesara.

Pero por aquel entonces, no era consciente de que le había cambiado el título a toda mi vida; que aquella experiencia me había marcado y que ya nunca volvería a ser la misma. Necesitaba que la gente supiera quiénes eran los cartoneros. Ante mi vehemencia y mi irrenunciable posición, me dieron permiso para publicar mi reportaje.

En mi vuelta a la rutina, poco a poco, e incapaz de olvidar ni un solo día lo que había vivido, se fue gestando en mi mente, primero como un punto de luz en la lejanía, y luego como algo cada vez más palpable, una salida. Una idea, que iluminaba todo mi interior, embargándome de una sensación de entusiasmo creciente.

¿Realmente sería posible? ¿Sería acaso una locura? ¿Un proyecto abocado al fracaso antes de empezar siquiera? Estoy convencida de que las cosas no ocurren por casualidad. Todo está conectado.

En un periódico se utiliza papel. Yo misma había utilizado kilos al cabo de un mes. ¿Cuántos cartones había de vender un cartonero para que se fabricara el papel que yo derrochaba? En mi mesa de trabajo, la culpa me asaltaba, martilleándome el alma.

¡Ella me había salvado la vida, y yo no pude hacer nada por salvar la suya! 

Y entonces, palabras aparentemente sueltas, comenzaron a saltar de un lado a otro de mi mente como un puzzle caprichoso que bailaba en mi cabeza. Y abrieron en mi interior una posibilidad de redimir mi impotencia. Cartón… papel… reciclaje. Libros. Cultura. Futuro. 

Con cierto temor, después de ver la buena acogida de mi reportaje, le expuse a mi jefe mi intención de embarcarme en un proyecto, una manera de resucitar el espíritu de Marcela en lo que ella anhelaba para sus hijos: Educación.

Libros hechos con cartón. Una editorial que fabricara libros de cartón reciclado. Todo un símbolo. Un homenaje hacia ella. Serían más que libros. Serían un canal de futuro. Una oportunidad para la gente, un atisbo de luz entre tanta oscuridad.

A los dos meses de estar en Madrid, renuncié a mi puesto, cogí una maleta roja y metí en ella solo las pertenencias imprescindibles para empezar una nueva vida en Buenos Aires. Me despojé de mis prejuicios, de mis antiguas y cómodas convicciones, y decidí que mi aventura tenía que salir bien. Por mí, y por ellos.

Aún me estremece recordar las tibias lágrimas de gratitud callada de Valeria -la hermana de Marcela- la única familia que le quedaba a sus hijos. El brillo de esperanza en sus ojos cuando les conté que yo misma les llevaría a una escuela, fueron como un bálsamo para mí. Aun así, estaba muerta de miedo. No  sabía si la editorial saldría adelante, pero tenía que intentarlo.

Como todos los comienzos, los tiempos fueron duros. Hubo momentos en los que dudé de estar haciendo lo correcto. Mi sentido de la responsabilidad me llevaba a preguntarme si no me habría embarcado con esta gente en una quimera, arrastrándoles conmigo hacia la nada.

Poco a poco conseguí contagiar mi entusiasmo por el proyecto a personas del barrio que se ofrecieron a ayudarme a cambio de un pequeño sueldo. Nadie sobraba. Todos eran útiles. Con mucho esfuerzo y grandes dosis de ilusión, conseguimos alquilar un local y formar una pequeña cooperativa: La Mirada Escondida.

Hoy somos seis personas trabajando en el Taller. Valeria, a la sombra de las parras de uva chinche, y envuelta en la cadencia nostálgica de los tangos de Gardel, aprendió a coser con increíble habilidad el rugoso papel reciclado.

Ahora, bajo la penumbra de una lámpara, escribo en mi mesa del taller. Me acompaña el canto nocturno de los grillos, me arropa la tibieza del aire de verano, y solo rompe el silencio de la noche el rasgueo lejano de una guitarra. Muchas tardes noto que en el aire dulzón del patio, Marcela me mira desde algún lugar etéreo, y entre hoja y hoja encuadernada, me cuenta que ya no tiene frío. Que descansa tranquila porque sus  hijos están donde deben estar: manchándose las manos con tinta, no con desperdicios.

No sé qué extraña brújula trajo mis pasos hasta aquí. Creo que hay una fuerza que nos empuja a transitar caminos escondidos que nos llevan, sin darnos cuenta, a la consecución de nuestras metas.

Hasta entonces, hasta que encontré la mirada escondida de Marcela, mi vida había estado hueca, repleta de prisas y de cosas materiales, acumuladas sin orden ni sentido. Habrá quien pueda pensar que sacar a seis personas del vertedero no es gran cosa, que esto no va a salvar al mundo, que las cosas seguirán siendo igual. Pero cuando veo que hay un futuro posible, que vuelven a tener dignidad, siento paz. Siento que he pagado mi deuda. Porque aquí, cada libro se transforma en una oportunidad que cambia la vida de muchas personas. Nuestro trabajo, silencioso y modesto, llega a escuelas rurales, ferias. Pero, antes que nuestro trabajo, yo necesitaba que llegara nuestro mensaje.

Cada libro de cartón es un pequeño milagro. Es como sacar vida de los escombros. Es el embrión de una nueva vida, que surge con fuerza de la semilla que Marcela sembró en mí. Estoy viviendo no sólo acorde a mi conciencia, sino buscando hacerle un hueco a la justicia. En un mundo donde nos importe el sufrimiento de los demás. Donde nadie nos resulte indiferente. Donde seamos incapaces de ser felices si no logramos que lo sean los demás.

Por eso, una paz tibia y envolvente me trae el recuerdo de mi amiga, cuando me siento una tarde al mes, a la vera del lugar donde descansa. Y hablo con ella de la vida, de sus hijos, de las cosas que nos pasan, de sus libros…

Y en la sencilla tumba donde hice enterrar sus restos, cada tarde al mes -quizás con la secreta intención de que su muerte tenga un significado-  leo este último mensaje que le arranqué a la piedra de su lápida.

“Gracias Marcela. No pude evitar tu muerte, pero con ella encontré el sentido de mi vida”

 

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