Refugio del amanecer

Zenda Libros (http://www.zendalibros.com/amanecer/) convoca nuevamente un concurso literario; cada uno es una oportunidad para desafiar a mis musas, que no siempre tienen ganas de trabajar, pero aquí dejo mi relato. Esta vez la palabra clave era ‘amanecer’, que a veces no es todo lo romántico o bonito que parece en un principio, depende de dónde amanezcas. Gracias a mi amiga Gisela, por ‘chivarme’ siempre las convocatorias.

“Hace seis semanas, cuando llegué, no lograba comprender cómo se podía resistir esto durante meses, pero lo que dejan atrás les hace pensar que ya nada puede ser peor.

La impotencia me atenaza cada vez que el amanecer ilumina este lugar olvidado. Por la noche, el amparo de las tinieblas anestesia un poco el abandono y la miseria que reinan aquí. Pero el alba me da un bofetón de realidad, y con su pincel de luz lechosa va dibujando sin prisa las siluetas de las precarias tiendas mojadas, perfilando los contornos de la gente, que aquí ha dejado de serlo: parecen desperdicios acumulados en callejas, embarradas e infectas. Madres esperando durante horas -las piernas de sus hijos colgando en el regazo- atención médica o alimentos. Niños descalzos por el suelo, con el sueño tiritando en mantas sucias. Ojos ancianos, mirándose las manos pespunteadas de venas cansadas de latir. Quizás nunca pensaron terminar su vida en este sitio.

A este pudridero de personas llegan, cada día, llagas abiertas por el frío, la falta de sueño, los golpes recibidos, las heridas del hambre y del camino. Hago lo que puedo, pero cauterizar el miedo no es sencillo.

Me dejo el alma en mi trabajo y aun así, hay días en que se me licúa, derramándose y desapareciendo, absorbida por la tierra. La muerte se ensaña con esta gente con la facilidad de un puño que ahoga a una mariposa. Pero el peso insoportable de la humanidad entera me aplasta cuando la mirada profunda de un padre me atraviesa, al devolverle el cuerpo inerte de su niño. No grita, no llora, no me suplica que le devuelva la vida. Me clava la honda resignación de sus ojos negros y todo está dicho.

El amanecer es un momento cruel en un sitio como este. Me obliga a mirar. Y delante solo hay un pedazo de tierra, arada por pies agotados de tristeza. ¿De qué sirve ir de prisa, correr, trabajar sin medios, entre la desolación, la enfermedad y el frío? Detesto el amanecer: siempre me recuerda que lo que he visto el día anterior no ha sido una pesadilla. Pero no puedo cerrar los ojos cuando el corazón me grita la injusticia en las entrañas, no hay escondite posible cuando nos sitia tanto sufrimiento.

La policía secreta vendrá, en cualquier momento, a sacarnos por la fuerza: no quieren cooperantes ni periodistas, y nos atacan a menudo con palos o gases lacrimógenos, como a delincuentes. Hasta hace dos semanas estaba resignado a irme, pero ahora no dejaré que me encuentren, me esconderé si es necesario. Mi saber como médico es todo lo que puedo darles y nadie debería arrebatarnos el derecho de ayudar.

Hace dos semanas, un grito desgajó la noche en dos. Me golpeé la cabeza al levantarme y a pesar del dolor, escuché atento. El grito se repitió, esta vez más ahogado. Al salir, divisé una de las tiendas iluminada y un fragor extraño de gente rondando. Me acerqué: el gemido inconfundible de una mujer con dolores de parto me hizo entrar. Las condiciones de la tienda eran deplorables y el hedor insufrible, pero al examinar a la joven madre fui consciente de que ya no podía moverla; estaba muy dilatada. Tendría que atender el parto allí mismo, sin ningún tipo de higiene. Procuré al menos que tuviera algo de intimidad, mandando que se quedaran dos mujeres y echando al resto fuera. En este campamento, el agua limpia es un tesoro que escasea. Pedirla de madrugada era casi una osadía, pero lo intenté. Alguien -no pude ver quién- me acercó una pequeña palangana para lavarme las manos.

– ¿Cómo te llamas? -intenté hacerme oír entre sus jadeos.

– Aixa -respondió a duras penas, cuando una pausa entre las contracciones se lo permitió.

– Aixa, voy a ayudarte. Soy médico. Tienes que empujar muy fuerte cuando yo te diga, no antes.

Durante un breve instante, dudé. Mientras las gotas de sudor caían sobre mis antebrazos, intentando salvar a la criatura, me pregunté si tenía sentido traer otra vida a este infierno. Si se muere, Dios le hará un favor… pero alcé mi mirada y la vi tan joven, tan hermosa… el sudor perlaba su frente como una diadema de esperanza. Cuando la animaba diciéndole que iba bien, sonreía entre rictus de dolor, iluminando la noche de vida. Fue mi primer parto y se me hizo eterno: la muchacha no sabía respirar y el bebé estuvo a punto de morir asfixiado. Por fin, llegando al borde de mi angustia, coronó la entrada y pude sacarlo. Era una niña.

En todo el campamento se escuchó la brevedad de la dicha, cuando atronó su llanto en el interior de la tienda. El padre, un muchacho joven, acudió y se arrodilló al lado de su mujer, abrazándola y dirigiéndome una mirada llena de gratitud. Aixa, serena, recibió a su pequeña de mis manos.

– ¿Qué nombre le pondrás? -le pregunté, conmovido por esta oportunidad de gozo.

– Subhi -contestó, mirándome a los ojos.

– Es bonito -no supe decirle más.

– Significa ‘amanecer’ en nuestra lengua.

Subhi nació cuando el alba despuntaba. Después de todo, el amanecer puede ser distinto en Idomeni.”

Laura DÍEZ BILBAO

Rescatando un recuerdo

Llevo un año yendo y viniendo, recorriendo con mi pequeño turismo los ciento sesenta kilómetros que separan mi casa del trabajo. Aunque me cuesta mucho madrugar, y cada mañana siento que quiero destrozar el despertador con la maza de una deidad nórdica, me gusta conducir. Sobre todo desde que está la nueva autovía. Parece que las ruedas se deslicen por la pista de un circuito lujoso y exclusivo. Hago ese trayecto de noche, de día, con lluvia, incluso con niebla… el más odioso de los fenómenos atmosféricos. Para mí ese recorrido ya no tiene secretos.

 ¿Tiene gasolina tu coche? pregunto a mi marido, y ante su respuesta afirmativa, decido que mañana voy a llevarlo. No sé por qué. Mi coche, que es el que llevo siempre, no es rápido pero sí ligero. Somos cuatro compañeras, y tiene cuatro plazas. Y el depósito está lleno. Pero simplemente decido que voy a llevar el otro porque es más cómodo, más grande y más potente.

Como otras mañanas, como tantas mañanas, me pongo al volante sin que nada me alerte. Nada diferente. No hay señales en el cielo, las estrellas no han cambiado de posición ni mi ángel me habla al oído como otras veces. Nada me previene de que ese día, volveré a nacer.

La bóveda del cielo, negra a esas horas todavía, se extiende delante de mí, confundiéndose con la negrura del asfalto nuevo. Confiada, charlo animadamente con mis compañeras de los avatares que nos esperan esa mañana en el trabajo. Riendo incluso. Voy a la velocidad máxima que el tramo me permite, ciento veinte kilómetros por hora. La carretera está despejada, casi no hay coches, tenemos la autovía para nosotras solas. Algún turismo a veces aparece a lo lejos y tengo que poner las luces de cruce. Súbitamente siento que una mano me agarra el brazo derecho, acompañada de un grito. Soy yo la que grita ahora y simultáneamente, veo un bulto enorme en el carril por el que voy. Lo tengo encima, voy demasiado deprisa. Aunque piso el freno a fondo, con todas mis fuerzas, con toda mi alma, sé que voy a atropellarlo. No puedo distinguir si es cosa, animal o persona; pero en ese microsegundo sé que voy a matar a alguien y que no puedo evitarlo. En ese microsegundo compruebo que el tiempo es elástico, porque sé que es sábado, que ese borracho lleva tal cogorza que se ha metido en la autovía y no lo sabe. Viene de una juerga en el pueblo y va muy abrigado, con un chaquetón de pelo. Camina hacia delante y me da la espalda. ‘Lo siento, Dios mío, no puedo esquivarlo’. Cierro los ojos y pido perdón. Y entonces sentimos en nuestro cuerpo, en nuestros oídos, en la boca del alma el tremendo golpe. Y ese ruido. Ese ruido seco, de vida desgajada de un tajo, empotrada contra el cristal. Ese ruido que escucharé siempre, que llevo dentro de mi cabeza desde entonces. Es un jabalí, un jabalí inmenso. La tremenda mole de su cuerpo vuela hacia la luna del coche y veo los colmillos que salen de sus fauces, el espanto en sus ojos diminutos. Y cae.

Después, aunque no he dejado de escucharlos, me van llegando los gritos. Gritos que me llaman por mi nombre y que se extienden más allá del segundo del impacto. Intento mantener el control, no salirme del carril. Veo horrorizada que me he quedado sin motor en mitad de la autovía, a oscuras, y sé que detrás de mí vienen más compañeros en otros coches. A pesar del miedo que siento no puedo permitirme el lujo del pánico y procuro aprovechar la inercia que llevo para retirarme al arcén. El coche se detiene solo y busco entonces a tientas las manos de mis compañeras. Nos tocamos: estamos muy asustadas, pero a salvo.

Mirando el amasijo de hierros y metal de mi coche devastado, me doy cuenta de la gravedad del accidente. Sólo quiero que nos socorran y salir de allí cuanto antes. Una compañera se acerca y me dice: -Bendita sea la hora en que trajiste este coche- Es verdad: si hubiera llevado el mío, a esa hora probablemente, las consecuencias hubieran sido otras. Entonces vuelvo a mirar el coche y mi entereza flaquea. Una desazón con sabor agridulce de destino me sube del estómago a la garganta, y me la inflama. Los ojos me arden. La tensión acumulada rompe el dique de mis lágrimas, y yo, que siempre he sido creyente, doy gracias en silencio.

Llego a casa y abrazo llorando a mis hijos. Nunca los he abrazado con tanta necesidad de sentirlos, de tocarlos para comprobar que yo seguía siendo yo, y ellos seguían teniendo una madre. En ese instante en que noto el temblor del abrazo inseguro, del contacto íntimo con los míos como un regalo envuelto en papel nuevo, percibo que ya nada es igual a mi alrededor. Veo lo frágiles que somos, y que un solo segundo vale para desmoronarlo todo. Sin embargo, alguien ha decidido que mi misión no ha terminado, y me da otra oportunidad de seguir aquí, de seguir siendo madre, amiga, esposa. O de serlo mejor. Y aprender que un solo instante puede ser crucial, puede marcar la diferencia. Que el tiempo no me pertenece y que mañana, luego, después, más tarde… son tretas, pequeñas muertes, atajos para aplazar aquellas cosas que quiero hacer, pero me da miedo afrontar.  Lo único que tengo es el aquí y el ahora, y este minuto de existencia. Da igual si los cristales no relucen. Si el polvo se acumula. Si la plancha espera. Si no está todo colocado y perfecto. Ahora estoy muy ocupada en lo importante. Porque es ahora o nunca. Porque la felicidad no es un plan establecido donde todo tiene que encajar para que nada falle y porque los planes fallan, ya no hago planes.

Mi madre siempre decía ‘Nadie se muere la víspera’ y tenía razón. Pero es curioso cómo una sencilla pregunta, una pequeña decisión sin importancia aparente, puede ser trascendental, puede cambiarnos la vida. Más que la vida en sí, puede cambiar nuestra manera de mirarla. Yo podría haber viajado en otro coche y sólo esa decisión, me hubiera colocado en otro lugar. O quizás no. Nunca lo sabré. Pero sí he aprendido una lección: ya no espero el momento propicio para ser feliz. Voy siendo feliz sobre la marcha.

Te perdono, ladrón

Abrí la habitación 607 de la residencia geriátrica, la que ocupaba Luis. Cogí como siempre mi carro de limpieza y entré. Despreocupada, comencé mi trabajo. Sin querer golpeé un extraño cartel de cartón, depositado con cuidado en una esquina, un letrero rudimentario. Me resultó misterioso aquel objeto en la habitación de un abuelo, y quise saber qué significaba aquello. ‘Es mi trofeo’, me contestó.

wolfsong

Cuando aún era fácil ver lobos ibéricos en la Sierra de la Culebra, Luis vivía como tantos otros pastores de la zona. Como tantos otros, se ganaba la vida con duro esfuerzo, levantándose aún de noche y acostándose a veces de madrugada, cuando llegaba el tiempo de los partos. Para él no había domingos ni fiestas de guardar. Entre camas de paja y aroma de estiércol pasaba sus noches y sus días acompañado por la única melodía del balido de sus animales.

Cada mañana tenía lugar la misma liturgia. Limpiar el corral, renovar el agua, procurar que la paja estuviera siempre seca y emprender la ruta por el monte para pastar. El sabor de la leche mejoraba mucho y el pastor lo sabía, por eso llevaba al rebaño a sitios umbríos de la sierra, donde la protección de la roca conservaba el frescor verde de la hierba. Apenas despuntaba el alba y Luis ya estaba sentado en una pequeña loma, encima de su abrigo. Podría haber sido astrónomo a juzgar por sus certeros ojos vigilantes, enmarcados por unas enormes gafas de pasta. A través de ellas resaltaba, agigantada por los cristales de aumento, la agudeza de su mirada, oculta por su sombrero Panamá. Completaba el bucólico atuendo su infaltable pajita en la boca, masticada con el mismo lento deleite de quien se fuma un habano. Y con el mismo vicio.

Sin perderlas de vista jamás, a veces ladraba Sulki, la perra. Cuando alguna oveja se despistaba, un ladrido de advertencia corto, casi un bufido, era suficiente. Un rodeo corriendo para cercarlas a todas y el rebaño se mantenía compacto. Luis observaba el operativo casi policial, y cuando la calma regresaba, mataba las horas tocando la armónica, y a veces, escuchando algún partido en la radio. Manjares sencillos eran su merienda; queso, fruta y pan, y un tinto siempre al lado.

La vida de un pastor tiene muchos enemigos. El frío y las heladas, el aplastante calor en verano, las lluvias de la primavera… pero el único capaz de despertar en el hombre un odio visceral irrefrenable, era el ataque del más abominable depredador: el lobo. Por si acaso, llevaba siempre encima la escopeta, engrasada y cargada. En los últimos meses una loba había matado varias cabezas durante la noche. En plena madrugada, se despertaba sobresaltado por los ladridos incesantes de la perra y el alboroto del rebaño asustado, que corría desperdigado por el corral, huyendo del ataque, traidor y alevoso, de una hembra. Saltaba entonces de la cama, salía de la casa descalzo y, escopeta en ristre, disparaba a la oscuridad con tal ímpetu, que acababa con la munición, jadeando sudoroso. Conseguía ahuyentar al animal, pero nunca lograba acabar de una vez con ella.

-¡¡El día que te coja te destrozo!! ¡¡Asesina!! -gritaba al silencio, y acudía presto a comprobar el alcance de los daños. Una y otra vez, lo hundía en la miseria ver los cuerpos destrozados de los corderos y alguna oveja vieja, los más vulnerables. Había perdido muchas ya por culpa de esa maldita alimaña.

En este santuario natural, el último del lobo, la hembra se disputaba con las otras manadas las pocas presas que podía cobrarse. Cada vez era más difícil cazar en el vasto paisaje agreste, pero una madre es capaz de todo cuando sus hijos necesitan comer. Arriesga, si es necesario, su vida.

En aquel anochecer otoñal, los pardos colores de la serranía camuflaban su pelaje de forma casi camaleónica. Cubría las lomas una neblina sutil, apenas una telaraña de humedad resbaladiza. La loba llevaba varios minutos agazapada, protegida por la trinchera de niebla, que ocultaba su presencia. Estaba lo suficientemente cerca como para tener a tiro el rebaño, y lo suficientemente lejos como para no ser olfateada por Sulki. Esperó el momento preciso para atacar. Debía ser paciente. La luz languidecía y no divisaba a la perra. El instinto y su olfato le indicaron que ese era el momento oportuno. Saltó de un brinco y con elásticas zancadas bajó la pendiente que conducía al corral. Las ovejas percibieron el peligro y comenzaron a dar balidos, muy nerviosas.

Justo en el instante en que la hembra se agachaba para atravesar la verja de madera, un estampido metálico hizo crujir el aire de la noche. El aullido gutural de la loba, herida de muerte, cruzó la sierra de norte a sur.

Saliendo del cañón de la escopeta, una pequeña humareda gris ascendió al cielo. Triunfal, Luis llamó a la perra, que salió corriendo hacia el cuerpo tendido en el suelo, dando grandes brincos alrededor de la anhelada presa. Por fin, se dijo.

-¡Por fin!- repitió, sonriendo a Sulki. Se agachó y cogiendo la cabeza inerte del bello animal, le susurró como si pudiera oírlo todavía:

-Asesina… tú has matado a mis ovejas. Ahora estamos en paz.

Llevó el cadáver al establo y allí lo escondió, planeando prolongar esa sensación, esa adrenalina que había sentido matando al repugnante animal. Eran una especie maldita, taimada y dañina, y si de él dependiera, todos los lobos de la comarca estarían muertos.

Quería recordar esa anoche para siempre. Por eso, dedicó varios días a abrir al animal sin dañarlo, curtió la piel entera de la loba y fabricó con ella su particular trofeo. Orgulloso, la extendió sobre una mesa que tenía en un rincón de la sala de la austera casa. Allí la dejó para que terminara de orearse, y así poder colgarla en la pared. Cada noche la contemplaría, para recordarse que era capaz de matar a cualquier otro lobo que osara acercarse a su rebaño.

Pocas semanas más tarde, mientras fumaba satisfecho meciéndose frente al fuego, escuchó un crujido fuera, y oyó ladrar a la perra. Otra vez el balido familiar, otra vez la alarma.

-¡¡Malditos lobos asquerosos!! -exclamó, al mismo tiempo que tomaba la escopeta y salía presuroso de la casa, dando tiros.

Se quedó un buen rato, quieto en la penumbra de la entrada del establo, observando alerta cualquier movimiento extraño. Con el dedo en el gatillo, giraba crispado ante el más mínimo ruido. Cuando la calma volvió y creyó haber espantado al animal o lo que fuese que se hubiera acercado por allí, bajó lentamente el arma y, sin dejar de escudriñar la oscuridad, se acercó a la casa. Echó un último vistazo, y jurando por lo bajo, cerró la puerta.

Su estupor fue total al entrar en la sala y ver que la piel de la loba había desaparecido. Buscó por todas partes, y nada. Era evidente que se la habían llevado, que alguien la había robado. Pero ¿quién? ¿Para qué se llevarían algo así, en mitad de la noche?

Se dijo entonces que no pararía hasta encontrarla. Le había costado mucho tiempo y demasiadas pérdidas para dejar que se quedaran con ella. Preguntó a vecinos y conocidos: no se habían visto furtivos esos días por el monte. Durante días recorrió la sierra, acompañado de su infatigable Sulki, buscando huellas o pistas. Nada.

Una tarde, resignado ya a no encontrar su preciado trofeo, volvía fatigado a casa, con la escopeta al hombro. Parapetado detrás de su sombrero de paja, miraba el suelo, atravesando el monte entre arbustos bajos. Y sin buscarlo, de repente, lo escuchó. Instintivamente cogió sus prismáticos, y escondiéndose rápidamente detrás de un matorral, lo observó. Estaba al pie de una enorme roca, guarecida por un espeso encinar. Lo sorprendió tumbado, con algo atrapado entre sus patas. Era un macho, un ejemplar soberbio. El magnífico animal lamía suavemente un bulto, incansable, y aullaba lastimero. Aullaba, y volvía a lamer, en un ritual funerario que nunca había visto antes. Incapaz de creer lo que estaba viendo, se dio cuenta: aquella noche ese lobo se había arriesgado hasta su finca, había entrado a hurtadillas en su casa y se había llevado la piel de la loba… y todo, para poder tenerla con él. Para sentir que seguía estando a su lado. Aquel lobo lloraba la muerte de su hembra.

La rabia contenida hizo que echara mano del arma, y así acabar con él también. Lo tenía a tiro, el animal no podía verlo, era el momento perfecto. Detrás del matorral se convertía en un enemigo invisible. Cuando el pastor puso el dedo en el gatillo, el lobo volvió a aullar, levantando la testuz hacia el cielo, haciendo su lamento más triste y profundo.

Cargó la escopeta y apuntó. El animal olisqueó el aire, intuyendo el peligro. Levantó las orejas y se incorporó. Cogió la piel entre los dientes y se quedó inmóvil, divisando a posibles enemigos. Luis se dijo ‘Dispara, imbécil’ mientras el lobo, agachando la cabeza se retiraba sigilosamente, llevando a la loba a rastras con él. No dejó de apuntarle mientras se alejaba, pero algo dentro de él lo había conmocionado. ‘¡Dispara, es un asesino!’ se repitió.

Sin embargo, ver aquella escena le hizo dudar. Bajó entonces el cañón, y mientras lo miraba alejarse, contemplando su pena, pensó que quizás él había vivido equivocado todos esos años. Que la naturaleza tenía sus propios códigos, sus misteriosos y secretos equilibrios. Si eran capaces de sufrir así, con tan hondo sentimiento… no podían ser unos asesinos.

Y lo dejó marchar…

Sus ojos grises se llenaron de pasado, y un temblor de emoción le revoloteó en la garganta al recordar aquella redención inesperada.

-Luis… ¿crees que los animales tienen sentimientos? -le pregunté, cuando acabó de contarme su relato.

-Hija, hay historias que podrían ser humanas, pero los animales parecen conocer mejor el vínculo de la fidelidad y el coraje que nace de la auténtica lealtad. Yo no sé contestar a esa pregunta, pero desde entonces entendí que un animal puede tener mucho más de humano que nosotros mismos- dijo suavemente.

Cada vez que entro a limpiar su cuarto, leo la frase escrita debajo de la foto de un lobo, recortada de una revista cualquiera. Escrita con letras rojas, temblorosas y rudimentarias, ponía ‘Te perdono, ladrón’

Laura DÍEZ BILBAO