Te perdono, ladrón

Abrí la habitación 607 de la residencia geriátrica, la que ocupaba Luis. Cogí como siempre mi carro de limpieza y entré. Despreocupada, comencé mi trabajo. Sin querer golpeé un extraño cartel de cartón, depositado con cuidado en una esquina, un letrero rudimentario. Me resultó misterioso aquel objeto en la habitación de un abuelo, y quise saber qué significaba aquello. ‘Es mi trofeo’, me contestó.

wolfsong

Cuando aún era fácil ver lobos ibéricos en la Sierra de la Culebra, Luis vivía como tantos otros pastores de la zona. Como tantos otros, se ganaba la vida con duro esfuerzo, levantándose aún de noche y acostándose a veces de madrugada, cuando llegaba el tiempo de los partos. Para él no había domingos ni fiestas de guardar. Entre camas de paja y aroma de estiércol pasaba sus noches y sus días acompañado por la única melodía del balido de sus animales.

Cada mañana tenía lugar la misma liturgia. Limpiar el corral, renovar el agua, procurar que la paja estuviera siempre seca y emprender la ruta por el monte para pastar. El sabor de la leche mejoraba mucho y el pastor lo sabía, por eso llevaba al rebaño a sitios umbríos de la sierra, donde la protección de la roca conservaba el frescor verde de la hierba. Apenas despuntaba el alba y Luis ya estaba sentado en una pequeña loma, encima de su abrigo. Podría haber sido astrónomo a juzgar por sus certeros ojos vigilantes, enmarcados por unas enormes gafas de pasta. A través de ellas resaltaba, agigantada por los cristales de aumento, la agudeza de su mirada, oculta por su sombrero Panamá. Completaba el bucólico atuendo su infaltable pajita en la boca, masticada con el mismo lento deleite de quien se fuma un habano. Y con el mismo vicio.

Sin perderlas de vista jamás, a veces ladraba Sulki, la perra. Cuando alguna oveja se despistaba, un ladrido de advertencia corto, casi un bufido, era suficiente. Un rodeo corriendo para cercarlas a todas y el rebaño se mantenía compacto. Luis observaba el operativo casi policial, y cuando la calma regresaba, mataba las horas tocando la armónica, y a veces, escuchando algún partido en la radio. Manjares sencillos eran su merienda; queso, fruta y pan, y un tinto siempre al lado.

La vida de un pastor tiene muchos enemigos. El frío y las heladas, el aplastante calor en verano, las lluvias de la primavera… pero el único capaz de despertar en el hombre un odio visceral irrefrenable, era el ataque del más abominable depredador: el lobo. Por si acaso, llevaba siempre encima la escopeta, engrasada y cargada. En los últimos meses una loba había matado varias cabezas durante la noche. En plena madrugada, se despertaba sobresaltado por los ladridos incesantes de la perra y el alboroto del rebaño asustado, que corría desperdigado por el corral, huyendo del ataque, traidor y alevoso, de una hembra. Saltaba entonces de la cama, salía de la casa descalzo y, escopeta en ristre, disparaba a la oscuridad con tal ímpetu, que acababa con la munición, jadeando sudoroso. Conseguía ahuyentar al animal, pero nunca lograba acabar de una vez con ella.

-¡¡El día que te coja te destrozo!! ¡¡Asesina!! -gritaba al silencio, y acudía presto a comprobar el alcance de los daños. Una y otra vez, lo hundía en la miseria ver los cuerpos destrozados de los corderos y alguna oveja vieja, los más vulnerables. Había perdido muchas ya por culpa de esa maldita alimaña.

En este santuario natural, el último del lobo, la hembra se disputaba con las otras manadas las pocas presas que podía cobrarse. Cada vez era más difícil cazar en el vasto paisaje agreste, pero una madre es capaz de todo cuando sus hijos necesitan comer. Arriesga, si es necesario, su vida.

En aquel anochecer otoñal, los pardos colores de la serranía camuflaban su pelaje de forma casi camaleónica. Cubría las lomas una neblina sutil, apenas una telaraña de humedad resbaladiza. La loba llevaba varios minutos agazapada, protegida por la trinchera de niebla, que ocultaba su presencia. Estaba lo suficientemente cerca como para tener a tiro el rebaño, y lo suficientemente lejos como para no ser olfateada por Sulki. Esperó el momento preciso para atacar. Debía ser paciente. La luz languidecía y no divisaba a la perra. El instinto y su olfato le indicaron que ese era el momento oportuno. Saltó de un brinco y con elásticas zancadas bajó la pendiente que conducía al corral. Las ovejas percibieron el peligro y comenzaron a dar balidos, muy nerviosas.

Justo en el instante en que la hembra se agachaba para atravesar la verja de madera, un estampido metálico hizo crujir el aire de la noche. El aullido gutural de la loba, herida de muerte, cruzó la sierra de norte a sur.

Saliendo del cañón de la escopeta, una pequeña humareda gris ascendió al cielo. Triunfal, Luis llamó a la perra, que salió corriendo hacia el cuerpo tendido en el suelo, dando grandes brincos alrededor de la anhelada presa. Por fin, se dijo.

-¡Por fin!- repitió, sonriendo a Sulki. Se agachó y cogiendo la cabeza inerte del bello animal, le susurró como si pudiera oírlo todavía:

-Asesina… tú has matado a mis ovejas. Ahora estamos en paz.

Llevó el cadáver al establo y allí lo escondió, planeando prolongar esa sensación, esa adrenalina que había sentido matando al repugnante animal. Eran una especie maldita, taimada y dañina, y si de él dependiera, todos los lobos de la comarca estarían muertos.

Quería recordar esa anoche para siempre. Por eso, dedicó varios días a abrir al animal sin dañarlo, curtió la piel entera de la loba y fabricó con ella su particular trofeo. Orgulloso, la extendió sobre una mesa que tenía en un rincón de la sala de la austera casa. Allí la dejó para que terminara de orearse, y así poder colgarla en la pared. Cada noche la contemplaría, para recordarse que era capaz de matar a cualquier otro lobo que osara acercarse a su rebaño.

Pocas semanas más tarde, mientras fumaba satisfecho meciéndose frente al fuego, escuchó un crujido fuera, y oyó ladrar a la perra. Otra vez el balido familiar, otra vez la alarma.

-¡¡Malditos lobos asquerosos!! -exclamó, al mismo tiempo que tomaba la escopeta y salía presuroso de la casa, dando tiros.

Se quedó un buen rato, quieto en la penumbra de la entrada del establo, observando alerta cualquier movimiento extraño. Con el dedo en el gatillo, giraba crispado ante el más mínimo ruido. Cuando la calma volvió y creyó haber espantado al animal o lo que fuese que se hubiera acercado por allí, bajó lentamente el arma y, sin dejar de escudriñar la oscuridad, se acercó a la casa. Echó un último vistazo, y jurando por lo bajo, cerró la puerta.

Su estupor fue total al entrar en la sala y ver que la piel de la loba había desaparecido. Buscó por todas partes, y nada. Era evidente que se la habían llevado, que alguien la había robado. Pero ¿quién? ¿Para qué se llevarían algo así, en mitad de la noche?

Se dijo entonces que no pararía hasta encontrarla. Le había costado mucho tiempo y demasiadas pérdidas para dejar que se quedaran con ella. Preguntó a vecinos y conocidos: no se habían visto furtivos esos días por el monte. Durante días recorrió la sierra, acompañado de su infatigable Sulki, buscando huellas o pistas. Nada.

Una tarde, resignado ya a no encontrar su preciado trofeo, volvía fatigado a casa, con la escopeta al hombro. Parapetado detrás de su sombrero de paja, miraba el suelo, atravesando el monte entre arbustos bajos. Y sin buscarlo, de repente, lo escuchó. Instintivamente cogió sus prismáticos, y escondiéndose rápidamente detrás de un matorral, lo observó. Estaba al pie de una enorme roca, guarecida por un espeso encinar. Lo sorprendió tumbado, con algo atrapado entre sus patas. Era un macho, un ejemplar soberbio. El magnífico animal lamía suavemente un bulto, incansable, y aullaba lastimero. Aullaba, y volvía a lamer, en un ritual funerario que nunca había visto antes. Incapaz de creer lo que estaba viendo, se dio cuenta: aquella noche ese lobo se había arriesgado hasta su finca, había entrado a hurtadillas en su casa y se había llevado la piel de la loba… y todo, para poder tenerla con él. Para sentir que seguía estando a su lado. Aquel lobo lloraba la muerte de su hembra.

La rabia contenida hizo que echara mano del arma, y así acabar con él también. Lo tenía a tiro, el animal no podía verlo, era el momento perfecto. Detrás del matorral se convertía en un enemigo invisible. Cuando el pastor puso el dedo en el gatillo, el lobo volvió a aullar, levantando la testuz hacia el cielo, haciendo su lamento más triste y profundo.

Cargó la escopeta y apuntó. El animal olisqueó el aire, intuyendo el peligro. Levantó las orejas y se incorporó. Cogió la piel entre los dientes y se quedó inmóvil, divisando a posibles enemigos. Luis se dijo ‘Dispara, imbécil’ mientras el lobo, agachando la cabeza se retiraba sigilosamente, llevando a la loba a rastras con él. No dejó de apuntarle mientras se alejaba, pero algo dentro de él lo había conmocionado. ‘¡Dispara, es un asesino!’ se repitió.

Sin embargo, ver aquella escena le hizo dudar. Bajó entonces el cañón, y mientras lo miraba alejarse, contemplando su pena, pensó que quizás él había vivido equivocado todos esos años. Que la naturaleza tenía sus propios códigos, sus misteriosos y secretos equilibrios. Si eran capaces de sufrir así, con tan hondo sentimiento… no podían ser unos asesinos.

Y lo dejó marchar…

Sus ojos grises se llenaron de pasado, y un temblor de emoción le revoloteó en la garganta al recordar aquella redención inesperada.

-Luis… ¿crees que los animales tienen sentimientos? -le pregunté, cuando acabó de contarme su relato.

-Hija, hay historias que podrían ser humanas, pero los animales parecen conocer mejor el vínculo de la fidelidad y el coraje que nace de la auténtica lealtad. Yo no sé contestar a esa pregunta, pero desde entonces entendí que un animal puede tener mucho más de humano que nosotros mismos- dijo suavemente.

Cada vez que entro a limpiar su cuarto, leo la frase escrita debajo de la foto de un lobo, recortada de una revista cualquiera. Escrita con letras rojas, temblorosas y rudimentarias, ponía ‘Te perdono, ladrón’

Laura DÍEZ BILBAO

 

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4 comentarios en “Te perdono, ladrón

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