Decálogo de la buena autoedición

Para que no nos llamemos a engaño… extraordinario artículo de Fernando Gamboa. Tomo nota, gracias Fernando!!

Diez consejos para autopublicarse y no morir en el intento

10 consejos para autopublicarse y no morir en el intento

Como lo prometido es deuda, aquí van unos cuantos consejos para los autores que quieren dar el paso de autopublicarse —sobre todo en lo que se refiere al libro digital— con la idea de hacer de la escritura su profesión. Para quien publicar es un mero hobby o una búsqueda de reconocimiento y palmaditas en la espalda —vanity publishing—, me temo que la mayoría de estos consejos no le servirán de gran cosa y si acaso le escandalicen.

Así mismo, si es usted de los que cree que las editoriales son entidades sagradas destinadas a propagar la literatura entre los mortales, o que un libro que no haga el trayecto editor-distribuidor-librero no merece ser tomado como tal, también le advierto que no le va a gustar este artículo.

Dicho esto y sin más dilación, aquí va mi lista:

1. Escribe. Publica. Repite.

Parece de perogrullo, pero casi todos los autores solemos olvidarnos en algún momento de que nuestro trabajo es escribir, y nos perdemos en campañas de marketing, grupos de Facebook o publicidad más o menos disimulada en Twitter. Buscando la promoción que nadie nos hace y darnos a conocer como sea, corremos el riesgo de dejar de escribir, que en realidad es lo que mejor funciona para ganar lectores. Cuantos más libros publiques, más lectores tendrás y más libros podrás vender en el futuro. Esa es la fórmula y lo demás son pan para hoy y hambre para mañana. Mola mucho tener 100.000 seguidores en twitter, pero eso no quiere decir que tengas 100.000 lectores —yo apenas tengo mil seguidores, sin ir más lejos—. No te obceques con eso. ¿Quieres ser escritor o un puñeteroCommunity Manager?

“¿Quieres ser escritor o un puñetero Community Manager?”

En caso de conflicto, al cuerno con la promoción y las redes sociales, preocúpate solo por escribir una buena historia.

.2. No desesperes.

Muchos autores noveles, o que tras años de recibir cartas de rechazo editorial, descubren el paraíso de la autopublicación, se lanzan a la piscina de Amazon con su mejor bañador y su libro bajo el brazo, haciendo un triple tirabuzón en el aire mientras exclaman en las redes sociales: «¡Eh, miradme! ¡He escrito un libro!», convencidos de que al sacar la cabeza del agua habrá una multitud rugiendo de entusiasmo ante tal hazaña, haciendo cola para que les firme ejemplares. Y claro, cuando descubren que la realidad no es precisamente así, se vienen abajo, queman el libro, y deciden mandarlo todo al garete para ir a pescar cangrejos en la costa de Alaska.

Error.

Hacerse un hueco entre los millones de libros disponibles online –sí, millones—, no es tarea fácil y por lo general cuesta años de escribir, publicar y sumar lectores uno a uno. Sé paciente y sigue escribiendo. Si tus novelas son buenas, tarde o temprano destacarás.

Este trabajo no es para sprinters, es para maratonianos.

3. Reescribe. Recorta. Corrige.

Pues sí, has escrito un libro cojonudo que te ha llevado dos años terminar, y todos tus amigos te dicen que lo vas a petar y que tiemble Stephen King. Imprimes el manuscrito, lo encuadernas y te lo quedas mirando como si fuera un recién nacido, con un orgullo de padre que te estira la sonrisa de oreja a oreja ¿Lo has hecho ya? Muy bien.

Ahora no te cabrees conmigo, pero tengo que decirte que eso es solo la mitad del trabajo.

Puede ser una historia genial y un futuro best seller, pero de momento y mientras sea un primer manuscrito, las probabilidades de que esté listo para publicar son bajísimas.

“… luego se lo haces llegar a los amigos más cabrones que tengas para que lo lean”

Guarda el manuscrito en un cajón durante unas semanas y luego vuelve a leerlo con ojos críticos, como si fueras tu peor enemigo. Corta todo lo que no sea necesario, corrige lo que creas mejorable y explica lo que no quede claro. Luego vuelve a guardarlo en el mismo cajón —u otro diferente, no vamos a discutir por eso—, y al cabo de unos meses lo vuelves a releer y repetir la operación. Todo esto, las veces que haga falta. Y luego se lo haces llegar a los amigos más cabrones que tengas para que lo lean y te den su opinión honesta, y encuentren fallos y te señalen cosas que mejorar. Y cuando te devuelvan la copia del manuscrito que les has dado llena de tachones y comentarios en boli rojo, te vuelves a releer el libro y aplicas las correcciones que te parezcan acertadas —ojo, no todas, la decisión final es solo tuya.

Entonces y solo entonces, habrás completado… tres cuartas partes del camino.

Aún te queda un poco más, chaval —o chavala.

4. Contrata a profesionales de la edición.

En este punto, quizá habrás alzado las cejas y pensado «¿Después de todo lo anterior, aún tengo que pagar a alguien para hacer lo mismo?» o «Este tío es gilipollas», o las dos cosas a la vez probablemente. Pero, A: Los profesionales de la edición son imprescindibles en nuestro trabajo y marcan la diferencia entre publicar un buen libro o un pestiño, y B: No lo consideres un gasto, es una muy buena inversión.

El olvidarse de los buenos profesionales de la edición, creyendo que no son necesarios, es uno de los puntos donde los autores autoeditados suelen palmarla con mayor frecuencia. No seas tacaño. Si crees que tu libro es bueno, ellos lo harán todavía mejor.

Puedes escribir un libro cojonudo y reescribirlo hasta el hartazgo, pero si no contratas a un corrector —o correctora, que suele ser lo habitual—, un editor profesional —de los que editan y aconsejan— y un buen diseñador para que te hagan la portada, tu trabajo difícilmente logrará la calidad que un lector espera de cualquier libro que compre.

Al lector le trae al pairo que seas Indie, que vivas bajo un puente o hayas escrito una novela con los pies. El lector —él, yo, tú—, lo que quiere es leer un buen libro, sin faltas y sin errores de ningún tipo, sin excusas, aunque haya pagado 99 céntimos por él. Si no lo haces así, quizá te ganes una reseña negativa y pierdas un lector para toda la vida, y no está el patio como para perder lectores ni reseñas.

Lo de la portada es harina de otro costal, pero casi tan importante como lo anterior. Ningún lector te va a escribir para quejarse de que la portada de tu novela es más fea que un pie cagao, pero una mala portada te hará perder muchísimos lectores, que no se sentirán lo bastante atraídos por tu obra como para aflojar la mosca. Ya sabes, hay millones de libros ahí fuera, y la chica fea se queda sin bailar aunque sea la más lista de la clase.

5. Sé amable y no toques mucho los huevos.

Este apartado se dividiría en dos subapartados de la parte contratante de la segunda parte.

“No eres Cristiano Ronaldo, así que la chulería y la prepotencia guárdatela”

Por un lado, no olvides nunca que los lectores son lo más importante en tu carrera profesional, y que son personas probablemente más listas que tú, así que sé amable, pero también honesto y paciente con ellos. No eres Cristiano Ronaldo, así que la chulería y la prepotencia guárdatela, pero tampoco les hagas la pelota, que resulta cansino. Con suerte y si te portas bien, muchos de esos lectores se convertirán en amigos de por vida —aunque sea a través de las redes sociales— y la base de tu futuro como juntaletras. Cuídales. Trabajas para ellos.

Lo otro, lo de tocar los huevos, en inglés se llama Spam. No te pongas aspamear a todos tus contactos, seguidores y desconocidos que te salgan al paso. No publiques anuncios en muros ajenos sin pedir permiso. No des la brasa, vamos.

A nadie le gusta un tipo que entra en un bar y se pone a gritar a la cara de los clientes que tiene una cosa que vender que va a encantarles. Te odiarán. Yo te odiaré. Te odiarás a ti mismo al cabo de un tiempo. No toques mucho los huevos, por favor.

6. Lee. Lee mucho.

Pues eso. Lee sin parar. Un escritor que no lee es como un futbolista que no entrena. Un día puede meter un golazo por la escuadra, pero es cuestión de tiempo que termine chupando banquillo.

En mi caso, suelo leer sobre lo que estoy escribiendo en ese momento, como documentación o para aprender de otros que hacen lo mismo que yo, pero mucho mejor. Pero el caso es leer. Lo que sea y cuando sea. Cuanto más leas mejor escritor serás, y quizá descubras por el camino que lo que realmente te gusta no es la ficción histórica, sino el porno blando o los libros de autoayuda. Nunca se sabe.

7. Profesionalízate.

Si quieres hacer de tu vocación por escribir una profesión, este es el mejor momento para hacerlo, pero has de empezar a pensar y actuar desde este momento como un profesional.

“Has de planificar, marcarte objetivos, horarios, fechas de publicación… organizarte, vaya”

No vale el «es que es mi primer libro» o «yo no sabía que esto era así». Haber preguntado.

Si quieres ser un escritor profesional, tienes todas las herramientas al alcance de tu mano y la mayoría de ellas gratuitas, pero has de planificar, marcarte objetivos, horarios, fechas de publicación… organizarte, vaya. La competencia es dura y cada día se publican chorrocientos libros nuevos —muchos de ellos mejores que el tuyo o el mío—, con sus respectivos autores detrás, haciendo lo imposible para que la gente les descubra y compre su obra. Con esa brutal competencia, o das lo mejor de ti, o ya puedes dedicarte a otra cosa.

8. Pasa de todo.

Como hemos hecho todos al publicar nuestro primer libro en Amazon, tras ponerlo a la venta y anunciarlo a bombo y platillo como si fuera la segunda venida de Cristo, nos sentamos delante del ordenador para ver cuántos ejemplares vendemos y qué reseñas nos dejan los primeros lectores que terminan de leerlo.

Probablemente, gracias a los familiares y amigos que compren el libro de inmediato, los primeros días veas un ascenso meteórico en las ventas que te disparen hasta el Top100, seguido de una caída igual de pronunciada que semanas más tarde deje tu novela en las catacumbas del ranking. Y tres cuartos de lo mismo con las reseñas; que serán estupendas cuando tu pareja, tu madre y el amigo invisible escriban unas opiniones que te dejen a la altura de Cervantes hasta arriba de Prozac. Pero luego, aparecerán las no tan buenas, algunas con muy mala leche y, finalmente, ninguna reseña de ninguna clase.

“Pasa del ranking, de las ventas y de las reseñas”

Cuando ambas cosas suceden y estamos bajos de defensas e inseguros de nuestro talento —algo intrínseco a la mayoría de los autores, aunque lleven cincuenta libros publicados—, corremos el riesgo de venirnos abajo y correr hasta la agencia de viajes más cercana para comprar ese billete de avión a Alaska. Es una putada, pero muy probablemente esto te vaya a pasar tarde o temprano, sobre todo cuando no te conoce ni el tato.

La buena noticia, es que hay una solución para ello: Sigue escribiendo y pasa de todo. Pasa del ranking, de las ventas y de las reseñas. Consultarlas cada cinco minutos no va a mejorar tus estadísticas, y te estarás quitando tiempo y ánimos para escribir, que es lo único que importa realmente.

Personalmente, hace cosa de dos años que no miro el ranking, ni las ventas, ni apenas las reseñas de mis novelas, y palabra que soy mucho más feliz. Haz la prueba.

9. Sin estigmas.

La autopublicación en 2016 no tiene nada que ver con lo que era hace diez años. Actualmente, los autores autopublicados son los que más venden y más dinero ganan en las librerías online como Google Books, Apple Store y sobre todo Amazon, donde hoy en día se venden la mayoría de los libros en el mundo. Cada vez hay más autores que rechazan jugosas ofertas de editoriales para seguir siendo indies. Ser autopublicado en estos tiempos no solo ha dejado de ser un estigma, sino que suele ser la decisión más sensata.

“Los royalties serán del 70% en lugar del 10% o el 20% y los derechos de tus obras seguirán siendo tuyos”

Hoy, ser autor independiente significa que no dependes de una editorial; que recibirás tus beneficios cabal y puntualmente a fin de mes, que los royalties serán del 70% en lugar del 10% o el 20% y, sobre todo, que los derechos de tus obras seguirán siendo tuyos mientras todo esto sucede. Ahí es nada.

Aunque, si a pesar de lo dicho, para ti es más importante que tu nombre aparezca bajo el sello de una editorial, ver tu libro en la mesa de novedades del Carrefour junto al último de Belén Esteban, o ser entrevistado en sesudas revistas literarias poniendo cara de intelectual, entonces olvida todo lo anterior. Pero luego no te quejes si no ves ni un duro.

Esta última opción, la de firmar con una editorial, a día de hoy solo tiene sentido si puedes quedarte con los derechos digitales de tu obra. No incluyas jamás en un acuerdo editorial, bajo ningún concepto, los derechos digitales de tu novela. Ellos los usarán para liarse un bocata y poco más, pero si te los quedas, será lo que te de de comer durante el tiempo que dure el contrato y quizá, el único dinero que termines viendo.

Repito: NUNCA ENTREGUES LOS DERECHOS DIGITALES A UNA EDITORIAL.

Si no te queda claro, puedo hacerte un dibujo.

10. Disfruta

Disfruta de la vida y de escribir en particular. Un autor —o autora, por supuesto— infeliz, suele escribir libros infelices. Que igual tiene su público, pero no sé yo si compensa. Cuanto mejor sea tu vida, mejores serán tus obras; y tus lectores, amigos, vecinos y familiares te lo agradecerán.

“Escribe con el alma porque es ahí donde reside el arte”

Escribir es secundario, que no se te olvide. Primero vive intensamente, como si te quedaran seis meses de vida. Ama, ríe, jode y persigue tus sueños por absurdos que sean. No lo dejes para mañana, que igual para entonces ya no estás por el barrio. Luego, escribe. Con las tripas, el corazón y los genitales, deja la cabeza para las correcciones. Escribe con el alma porque es ahí donde reside el arte, no en los manuales sobre cómo escribir un Best Seller. Déjate llevar y escribe hasta que te duelan los dedos y confundas la realidad con tu ficción, hasta que te despiertes a media noche creyendo que estás en la cubierta delPequod o donde narices te lleve la historia que tienes en la cabeza. No dejes que nadie te diga que no puedes y no dejes de intentarlo una y otra vez, hasta que te mueras. No tires la toalla ni dejes pasar el tren, porque a veces pasa solo una vez y a toda leche.

Así que levanta tu culo de la silla, sal corriendo por la puerta y súbete a ese puto helicóptero pilotado por un borracho que te dejará caer en un mar infestado de tiburones, si es que es esa la jodida emoción que quieres hacer vivir a tus lectores.

Disfruta de tu vida, en fin, porque no tendrás otra.

Y luego vuelve para contarla.

***

Hasta aquí mi breve decálogo sobre la autoedición y sus dolores de cabeza. Esta lista de consejos (sugerencias, tonterías, meadas fuera de tiesto) está basada en experiencias propias y ajenas, así como una serie de opiniones tendenciosas que no tienen por qué ser compartidas ni total ni parcialmente. No es mi intención polemizar ni crear frentes entre autores autopublicados y editoriales. Hay sitio para todos en las estanterías, y cada cual es muy libre de equivocarse a su manera.

Por último, quiero señalar que seguro que me dejo mil cosas en el tintero en lo que autopublicación independiente se refiere, pero si le interesa de verdad el tema hay libros estupendos —sobre todo de autores norteamericanos—, que tratan el asunto con mayor profundidad —y atino— que un servidor.

Un fuerte abrazo y que las musas le acompañen.

Fernando Gamboa

 

 

El misterio roto

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He perdido la cuenta de los años que han pasado. Llevo en esta familia desde el siglo XIX, pero pese a mi frágil memoria de viejo, recuerdo que, pocas veces, me han usado para lo que fui concebido. Y cuando lo han hecho, ha sido a solas, apartándome a lugares de silencio. Pero me gustaba lo que sentía cuando me tenían acunado entre las manos, porque durante un tiempo breve me transmitían su tibieza, templando mi cuerpo metálico. La caricia de los dedos, cerrados entorno a mí -el rato que duraba un misterio- calentaba mis doloridas cuentas, adormeciéndome con el íntimo aliento de la oración que salía de sus labios, como un susurro leve de nana. Labios femeninos, porque mis dueñas siempre han sido mujeres. Ellas sabían cómo tocarme, y mis huesos frágiles de plata agradecían el trato delicado de sus gestos.

Sin embargo, solo una vez encontré sentido a mi existencia en esta familia. Aquella vez en que un tirón brutal en mitad de una pelea fracturó los tendones de mis cuentas labradas. El dolor fue grande, tanto el mío como el suyo. Quedé partido en dos, olvidado como un inútil instrumento cuyo poder ya no sirviera para invocar a Dios. Pero así, roto y lisiado de plegarias, fui más útil que entero. La oscuridad de aquél cajón donde ella me guardó, no me impidió escuchar, amortiguados, los gritos y las discusiones, el llanto silencioso que tragaba cada noche. Aunque se confiaba poco a mí, yo conocía su desgracia. Sé que no era feliz con él, que no la quería… ni a ella ni a los hijos que había tenido con ella. Que estando acompañada, cada vez se sentía más sola y desdichada.

Pero una mañana me sacó del cajón y me colocó cuidadosamente en una cajita. Al principio no entendí adónde me llevaba: aquello no era una iglesia, ni una capilla sombría. Era un despacho confortable y luminoso, pero austero, con un escritorio clásico y dos sillas, una frente a otra. Se saludaron, y él la invitó a tomar asiento. Cuando me cogió de su bolso, mi pobre cuerpo mutilado volvió a sonar con la música olvidada de mis cuentas, chocando entre sí. Sentí el temblor de sus manos, pero aquel era distinto. No era un temblor desconfiado de gato huérfano, ni estaba impregnado de miedo como los otros. No… soy viejo pero no soy tonto: era un cataclismo de mujer enamorada.

Me sostuvo en su regazo mientras se confesaba, delante de aquel hombre joven, vestido con sotana. Él la miraba con la azul intensidad de sus ojos limpios. Nerviosa, intentó mantener una conversación simple con él, repasando mis cuentas de una mano a otra. Parecía que sólo estaba allí por el puro placer de ser escuchada, y de encontrar consuelo en su voz dulce y varonil. Pero yo aún no entendía qué hacía allí. Comencé a sentir el calor inmenso que desprendían sus manos, que acabaron mojándome de sudor. De repente, se acordó de mí. Hace tiempo que está roto. Era de mi abuela, luego pasó a mi madre y ahora es mío. Me da pena porque es de plata antigua y está labrado a mano ¿Sabe Ud. de alguien que pueda arreglármelo? El religioso asintió con una sonrisa que la desarmó. Él mismo se encargaría, le dijo. Ella extendió la mano donde me tenía ovillado y durante un instante pude percibir la energía de sus dedos entrecruzándose, rozando imperceptiblemente la piel del otro. El tiempo se detuvo. Y yo me quedé así, suspendido en esa caricia fugaz, entre las cadenas invisibles de sus miradas extasiadas. Le dijo que tendría que volver ella en persona a buscarme, y sola. Si en ese momento no hubiera estado sentada, sé que se habría fundido lentamente, derretida como una vela al sol.

Me dejó en sus manos, que tenían un tacto diferente, delicado pero robusto como su fe. Entonces me di cuenta: yo era la excusa. Ella me dejó allí con él, y por primera vez en más de un siglo, dormí fuera de mi casa. Pero no me importó, porque nunca la había visto tan contenta. Estuve semanas enteras en un cajón, escuchando que no estaba listo aún, que el joyero tenía trabajo, que había ido varias veces a preguntar por mí. Y entonces podía oír la campanilla de su voz, respondiendo que no importaba, que volvería las veces que hiciera falta. No me cuesta nada pasarme por aquí al volver del mercado, dijo, estoy cerca.

Demasiado cerca, le susurró por fin una tarde que yo creí que nunca llegaría. Esta vez fue él quien tuvo que confesar, vaciarse como nunca en su vida, y pedirle que no volviera. Por qué, le preguntó, deshecha de pena. Porque ella le hacía dudar… porque temblaba solo con oír sus pasos acercándose por el pasillo… porque hacía tambalear los cimientos de una vocación que creía firme… porque jamás había sentido algo tan inmenso por alguien que no fuera Dios. Nunca había rezado antes con tanta fuerza para pedir auxilio. Ella estaba casada, tenía cuatro hijos pequeños. ¿Qué futuro podían tener? ¿Qué podía ofrecerle él? Ella siempre pensó que el amor era ese infierno que vivió durante diecisiete años.  Con él, descubrió que era otra cosa… ahora no podía pedirle que se fuera. Perdóname, le dijo, no sé si sabré besarte bien. Es la primera vez que beso a una mujer.

Recuerdo que sentí mucha pena por ambos, la fuerza de ese sentimiento no era pasajera. Puntual, los miércoles de cada semana, ella llegaba al despacho. No hacían nada especial, sólo cogerse de las manos y llorar, preguntándose qué harían. La coartada que tenían conmigo no sería eterna. Su marido podía sospechar, seguirla y descubrirla. Pero se amaban tanto, que no podían evitar correr ese riesgo. Si alguna vez te sigue, le dijo, dile que has venido a buscar el rosario de plata que me mandaste arreglar. Yo estaba ahí, en el cajón, como la excusa perfecta que explicaba su presencia en el despacho del director del colegio de sus hijos.

Y así me quedé, escondido en la penumbra de aquel escritorio, cómplice y testigo de aquel amor clandestino, hasta que su mano me sacó por fin de mi confinamiento para ser llevado a una joyería. Iban a repararme ¡Qué tarde tan gloriosa!

En la mesa más apartada de un bar, sus manos cálidas y fuertes me pusieron en las de ella, hecho un ovillo de frialdad reluciente. Ya está arreglado, le susurró. El nido familiar de sus manos me envolvió, mientras sonreía triste. Él la miró. Tómate el café, ahora mismo vamos juntos a hablar con tu marido. Nos llevamos a los niños. Ante la verde y atónita mirada femenina, tomó sus manos y aclaró decidido. No voy a seguir escondiéndome, ni tú tampoco. No me avergüenzo de nada. Igual que este rosario que me trajiste, yo me quedaré roto si no estoy contigo.

Y dejaron de esconderme también a mí: llevo años protegiendo orgulloso el coche de la hija que ambos tuvieron, colgado de un espejo. Pero como todas las cosas viejas que guardan algún secreto, estoy acostumbrado a ser discreto, porque esa es mi naturaleza.

Solo diré que, convertido sin quererlo en salvoconducto de un amor que duró hasta más allá de la muerte, nunca estuve tan alejado de mi piadosa tarea. Y sin embargo, no me arrepiento. Ha sido cuando más cerca me he sentido de Dios.