Justicia poética

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-No te confundas, lo estoy celebrando- dijo en un susurro. Morena, esbelta y pulcramente vestida, cruzó las manos delante del regazo y miró hacia abajo con desprecio por detrás de las gafas de sol.

-No me siento culpable, fue una casualidad.

Respiró y cerró los ojos, evocando.

‘Recuerda que tienes que congelarlo al menos dos días antes de consumirlo’ le había dicho la pescadera. Pero lo olvidó.

Cuando empezaron el picor y las náuseas, lo tranquilizó con una manzanilla. Al cabo de un rato la urticaria se convirtió en vómitos, y empezó a respirar con dificultad. El shock anafiláctico no tardó en aparecer. Cuando la ambulancia aparcó en la puerta de su casa, ya no pudieron hacer nada.

-A veces, muy pocas… la vida es justa, y las flores son para los miserables.

La mujer depositó el pequeño ramo en la losa de granito. Había pasado un año, pero sus golpes aún le dolían. Quizás porque los había aguantado demasiado y se le quedaron tatuados en el alma. El anisakis había acabado con él, pero no con su mal recuerdo.

 

Laura Díez Bilbao.