El hijo de la portuguesa (a Paco de Lucía)

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Guitarra, te has quedado viuda.

Te han dejado esos dedos

que bailaban entre tus cabellos… creando brisas, tormentas,

aires nuevos, tempestades frías y calientes.

 

En sus manos te hacías mujer.

Gemías, gozabas, vibrabas…

Hoy lloras notas de pena porque te ha dejado sola.

 

Nunca más volverá a acariciarte,

a cerrar los ojos mientras te roza con pasión.

No volverás a sentirte envuelta por su cuerpo,

abrazada por su alma flamenca… para sacarte quejidos de amor andaluz.

 

Tú te has quedado viuda.

Y nosotros nos hemos quedado huérfanos de guitarra.

 

LAURA DÍEZ BILBAO, en el tercer aniversario de la muerte del genial músico.

 

De la tristeza y otros fantasmas

 

De la trilogía “De la tristeza y otros fantasmas”, Eva Escribano, escritora de verbo crudo y pluma ágil, nos sorprende como un trilero, moviendo rápidamente las piezas de un acertijo sentimental y callejero, dejándonos el alma con la boca abierta. Eva, de estilo descarnado, de belleza salvaje…se abre en canal en cada estrofa.

Eva, amiga del alma y poeta en ciernes, gracias por tu talento. Y por compartirlo conmigo.

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IV

Ahora que me estás regalando más sonrisas

de las que caben en mi boca,

no puedo con el miedo que se instala en ella.

No dejo salir las palabras que quisiera,

tendré que intentarlo, algún día.

 

Habrá que arriesgarse, yo lo haré.

No te veo dispuesto a salir de la trinchera y exponerte,

aunque deberías saber que ninguna bala de muerte

te va a llegar desde mi frente. Siempre confiaste en

que si había lucha, sería cuerpo a cuerpo.

No tengo alma de francotirador,

soy más de primera línea suicida.

 

Me serenas, calmas mi agitada sed de guerra contra mí misma.

Y lo que siento. Si es una jugada del destino, acepto,

entendiendo que puedo perder de nuevo.

Porque no me perdonaría abandonar

sabiendo que queda un intento.

 

Y tú,

abre esa boca y dime

que quieres tomar la plaza.

Asédiame, persevera:

estoy preparada, con la bandera blanca bajo el brazo.

 

EVA ESCRIBANO

Oda al gato

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Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.

No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.

 

Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.

Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.

PABLO NERUDA

El día que me quieras

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Aunque era febrero y hacía frío, le apetecía sentir en la cara el sol invernal. Terminó de afeitarse y masajeó su piel con loción. Echó una última mirada a su aspecto: le puso ojos seductores a su reflejo y esbozó una sonrisa de caballerosa apostura, mientras con una mano alisaba con cuidado los nevados cabellos, perfectamente domados por la gomina. En algún lugar quedaba algo de aquel galán que había sido una vez.

Consultó su reloj: las once. Carlos no tardaría en llegar. Con su habitual prisa, con su habitual ajetreo de vida, empeñado en estar tremendamente ocupado en todo para no ocuparse nunca de lo importante. Cría cuervos…, pensó.

Se puso la chaqueta de lana inglesa que su mujer le había regalado hacía años y se enroscó la bufanda. Con paso lento y elegante salió al jardín de la residencia de ancianos y se sentó en el banco verde de madera. Entretuvo la espera observando los primeros brotes de los rosales; su hijo llegó, escandalizado, al verlo sentado afuera.

-¡Papá! ¿Quieres coger una pulmonía? ¡Por Dios, vamos dentro! ¡Pero qué ocurrencias tienes!- exclamó, levantándolo por el codo.

-No tengo frío- dijo soltándose, sereno -Quiero ir al cementerio, a ver a tu madre.

-¿Ahora mismo? ¿Tiene que ser precisamente ahora?

-Ahora.

-Estás muy raro últimamente, no sé qué te pasa. Hace años que no vamos al cementerio.

-Necesito ir ¿Me llevas o voy solo? Si tienes prisa…

-Bueno… es que… Tienes que avisarme de estas cosas, papá… ¡Yo tengo una vida! Sabes que no puedo disponer así de…

-Vale- se levantó y se acomodó la chaqueta -Voy yo. Gracias por venir a verme.

Carlos miró al cielo, resignado, y echó a andar detrás de su padre.

-¡Espera! Te llevo y… comemos juntos. Yo invito.


Lo dejó en la acera, y el coche arrancó con el escape enfurecido. Sabía que aquella visita a la tumba de su madre y la conversación posterior no le habían gustado, pero él ya era muy mayor para esas tonterías.

Tocó el timbre de la residencia  y desde dentro una voz familiar le contestó. La chicharra sonó al tiempo que se abría la valla. El sol de la tarde bañaba los árboles y el césped, pajizo por las heladas, bordeaba el camino de loseta que lo llevaba hasta su rincón favorito. Alguien -bendito sea- había puesto tangos en la megafonía exterior. Se acercó hasta el templete, que las glicinias perfumaban en verano, y se sentó.

-Feliz San Valentín- le susurró, enseñándole una rosa.

La mujer, con un chal abrigándole las piernas, le dedicó todo el cielo en su mirada. Sonriendo estiró su mano, y azorada, se quedó mirando la flor.

-Siento que ella lo aprueba- dijo aliviado, como si le hubieran concedido permiso para enamorarse de nuevo.

-¿Y tu hijo?

-Está muy ocupado consigo mismo. No necesito su permiso.

Ella se llevó la rosa a la nariz, con dedos temblorosos.

-No quiero separarte de tu única familia, Pedro ¿Estás seguro?

Giró la silla de ruedas hacia él y contempló su bello rostro de terciopelo ajado. Las arrugas no habían mermado ni su encanto ni la luz de su mirada. Las suyas propias se suavizaron al evocar aquella verbena, bajo las lucecitas, donde se miraron a los ojos por primera vez, sesenta años atrás. Él canturreaba en su oído la letra del tango que la orquesta estaba tocando “El día que me quieras, la rosa que engalana, se vestirá de fiesta, con su mejor color…y al viento las campanas dirán que ya eres mía, y locas las fontanas, se contarán su amor…” Sus pasos vacilantes se movían entonces al ritmo de la seducción, y él se enamoró de su sentido del humor cuando le dijo en voz muy baja Cantas mejor que bailas, me estás pisando. Mejor te escucho ahí sentada.

Su mirada regresó al presente para decirle:

-Nunca estuve tan seguro de nada como ahora, que nos hemos vuelto a encontrar. Tú eres mi familia.

Como una profecía, en el jardín, Gardel empezó a cantar “El día que me quieras”. Él le guiñó un ojo, y con sonrisa irresistible, dijo:

-Ves, hasta el destino nos da su aprobación. Es la hora del café. ¿Vamos?

-Ya no voy a poder bailar contigo- dijo ella.

-Nunca supe bailar el tango. Mejor me escuchas, ahí sentada.

Se miraron, y de repente comenzaron a reírse, empapados de una sensación de travesura que les trajo de golpe toda la juventud de una época. Él se levantó y empujó la silla.

Siguiendo despacio el camino de loseta hacia el comedor, entrelazaron sus manos clandestinas, sin que nadie los viera. Y así, en secreto, decidieron que seguirían siendo jóvenes el resto de su vejez.

 

LAURA DÍEZ BILBAO