El día que me quieras

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Aunque era febrero y hacía frío, le apetecía sentir en la cara el sol invernal. Terminó de afeitarse y masajeó su piel con loción. Echó una última mirada a su aspecto: le puso ojos seductores a su reflejo y esbozó una sonrisa de caballerosa apostura, mientras con una mano alisaba con cuidado los nevados cabellos, perfectamente domados por la gomina. En algún lugar quedaba algo de aquel galán que había sido una vez.

Consultó su reloj: las once. Carlos no tardaría en llegar. Con su habitual prisa, con su habitual ajetreo de vida, empeñado en estar tremendamente ocupado en todo para no ocuparse nunca de lo importante. Cría cuervos…, pensó.

Se puso la chaqueta de lana inglesa que su mujer le había regalado hacía años y se enroscó la bufanda. Con paso lento y elegante salió al jardín de la residencia de ancianos y se sentó en el banco verde de madera. Entretuvo la espera observando los primeros brotes de los rosales; su hijo llegó, escandalizado, al verlo sentado afuera.

-¡Papá! ¿Quieres coger una pulmonía? ¡Por Dios, vamos dentro! ¡Pero qué ocurrencias tienes!- exclamó, levantándolo por el codo.

-No tengo frío- dijo soltándose, sereno -Quiero ir al cementerio, a ver a tu madre.

-¿Ahora mismo? ¿Tiene que ser precisamente ahora?

-Ahora.

-Estás muy raro últimamente, no sé qué te pasa. Hace años que no vamos al cementerio.

-Necesito ir ¿Me llevas o voy solo? Si tienes prisa…

-Bueno… es que… Tienes que avisarme de estas cosas, papá… ¡Yo tengo una vida! Sabes que no puedo disponer así de…

-Vale- se levantó y se acomodó la chaqueta -Voy yo. Gracias por venir a verme.

Carlos miró al cielo, resignado, y echó a andar detrás de su padre.

-¡Espera! Te llevo y… comemos juntos. Yo invito.


Lo dejó en la acera, y el coche arrancó con el escape enfurecido. Sabía que aquella visita a la tumba de su madre y la conversación posterior no le habían gustado, pero él ya era muy mayor para esas tonterías.

Tocó el timbre de la residencia  y desde dentro una voz familiar le contestó. La chicharra sonó al tiempo que se abría la valla. El sol de la tarde bañaba los árboles y el césped, pajizo por las heladas, bordeaba el camino de loseta que lo llevaba hasta su rincón favorito. Alguien -bendito sea- había puesto tangos en la megafonía exterior. Se acercó hasta el templete, que las glicinias perfumaban en verano, y se sentó.

-Feliz San Valentín- le susurró, enseñándole una rosa.

La mujer, con un chal abrigándole las piernas, le dedicó todo el cielo en su mirada. Sonriendo estiró su mano, y azorada, se quedó mirando la flor.

-Siento que ella lo aprueba- dijo aliviado, como si le hubieran concedido permiso para enamorarse de nuevo.

-¿Y tu hijo?

-Está muy ocupado consigo mismo. No necesito su permiso.

Ella se llevó la rosa a la nariz, con dedos temblorosos.

-No quiero separarte de tu única familia, Pedro ¿Estás seguro?

Giró la silla de ruedas hacia él y contempló su bello rostro de terciopelo ajado. Las arrugas no habían mermado ni su encanto ni la luz de su mirada. Las suyas propias se suavizaron al evocar aquella verbena, bajo las lucecitas, donde se miraron a los ojos por primera vez, sesenta años atrás. Él canturreaba en su oído la letra del tango que la orquesta estaba tocando “El día que me quieras, la rosa que engalana, se vestirá de fiesta, con su mejor color…y al viento las campanas dirán que ya eres mía, y locas las fontanas, se contarán su amor…” Sus pasos vacilantes se movían entonces al ritmo de la seducción, y él se enamoró de su sentido del humor cuando le dijo en voz muy baja Cantas mejor que bailas, me estás pisando. Mejor te escucho ahí sentada.

Su mirada regresó al presente para decirle:

-Nunca estuve tan seguro de nada como ahora, que nos hemos vuelto a encontrar. Tú eres mi familia.

Como una profecía, en el jardín, Gardel empezó a cantar “El día que me quieras”. Él le guiñó un ojo, y con sonrisa irresistible, dijo:

-Ves, hasta el destino nos da su aprobación. Es la hora del café. ¿Vamos?

-Ya no voy a poder bailar contigo- dijo ella.

-Nunca supe bailar el tango. Mejor me escuchas, ahí sentada.

Se miraron, y de repente comenzaron a reírse, empapados de una sensación de travesura que les trajo de golpe toda la juventud de una época. Él se levantó y empujó la silla.

Siguiendo despacio el camino de loseta hacia el comedor, entrelazaron sus manos clandestinas, sin que nadie los viera. Y así, en secreto, decidieron que seguirían siendo jóvenes el resto de su vejez.

 

LAURA DÍEZ BILBAO

 

 

 

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2 comentarios en “El día que me quieras

  1. Ay, ¡qué bonito, qué bonito! Por casualidad, ayer vi un trozo de “El amor en los tiempos del cólera”. Ahí también dos ancianos (lo ideal hubiese sido que dos personas mayores hubiesen interpretado esas escenas, no gente tan joven con un maquillaje tan exagerado, en fin) se conceden otra oportunidad, poniéndose el mundo por montera. ¡Muchas gracias por este relato!

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