Un rescate de ida y vuelta

Todo había pasado ya, y sin embargo seguía temblando bajo el consuelo de una manta. Solo cuando notó que aliviaba sus heridas me permitió tocarlo. No era fácil fiarse de unas manos humanas como las que lo golpearon en una jaula sucia. Demasiadas noches viviendo encadenado en la pared de una muerte segura. Devorado por las pulgas del hambre.

Pero una mañana ocurrió. Al oírme entrar a la consulta, enderezó las orejas y en su boca jadeante creí ver una sonrisa; el velo de desconfianza que empañaba su mirada se había disipado y fantaseé con que se alegraba de verme. Temblaba cuando acaricié su restaurado brillo, pero me lamió y se retiró con sumisa prudencia, como temiendo que tal osadía le costase una paliza.

Después de muchos años de llamarlo por su nombre, los carbones de sus ojos se licuaron de pura gratitud. No supe entender que se estaba despidiendo, como tampoco supe explicarle que soy yo quien está en deuda con él. El latigazo cariñoso de su cola –despertándome de las pesadillas recurrentes- y el regalo de su amor perruno, entibiando la soledad que me dejó aquel accidente fatal, me mirará desde las fotos. Como ellos.

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