Las tormentas

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Me gustan, me encantan los días de tormenta. Escuchar cómo se va elevando el tono de la música en las hojas, la percusión lejana de los truenos en el fondo del horizonte, el baile del toldo que el viento zarandea en la terraza. Si puedo, me siento a fumar para ver caer las primeras gotas y sentir el frescor del agua en las plantas. El olor a tierra mojada multiplica mi placer hedonista y me abandono dentro de mi pequeño jardín de Epicuro.

El cielo pesa tanto que se derrumba sobre la tierra, me gusta contemplar cómo descarga todo su poder desde el refugio de mi atalaya. Sin radio, sin tele, sin móvil. La tormenta y yo.

Me preparo un té frío y me vuelvo a sentar. En ese lapso el color de las flores ha cambiado, revientan de verdes, malvas y morados. Responden abiertas a la bendición que les viene de lo alto. La lluvia ya cae con fuerza y parece que va a durar, observo los pequeños círculos que hace en el suelo. Pienso en el campo, estarán contentos los agricultores. Bueno, no. Nunca están contentos, siempre es demasiada lluvia o demasiado poca.

Pasa una nube espesa y negra que trae la tempestad en sus entrañas. Los truenos ejecutan violentos su partitura atronadora. La brisa racheada arrastra mis recuerdos y se pierden en una tormenta similar, hace años, en un viaje que hice siendo muy joven. Nos pilló a mis hermanos y a mí con una Cirila Citröen desvencijada, cruzando por caminos de tierra, y no tuvimos mejor idea que intentar armar la tienda de campaña para refugiarnos del huracán. Se nos pegaba la tela al cuerpo, se nos enredaban los vientos y acabamos empapados, mirándonos con las estacas en la mano, muertos de risa y llenos de barro hasta las rodillas. Un fracaso rotundo. Pero no recuerdo haberme divertido tanto en un viaje. La nube pasa y la lluvia flojea un poco.

La brisa levanta mi flequillo y me trae otra vez al presente. Cierro los ojos y me acuerdo, como se acordaba siempre mi madre, de la gente que vive en la calle. “¡Qué linda es la lluvia!- me decía- pero pienso en quien no tiene dónde refugiarse… pobre gente. Por eso dicen que el verano es el poncho de los pobres” La sabiduría y la sensibilidad hecha mujer, mi madre. Y yo acabo siempre compungida como ella, pensando en aquéllos que se empapan, que pasan frío, que solo tienen el calor de unos cartones en invierno y la soledad del rechazo, todo el año.

El agua golpea la baldosa de la terraza y tamborilea creando una armonía musical extraña. Detengo mi mirada en unas hormigas negras que intentan escapar infructuosamente de los pequeños charcos, océanos furiosos para ellas. Mis pensamientos van a la deriva y no sé por qué toman tierra en otras gentes, que miran al mar buscando una esperanza, aspirando algo sencillo: un lugar donde tener la sensación de estar en casa y mirar cómo llueve, cómo juegan los niños, tomando una cerveza fría después de un día de trabajo y calor. Un lugar donde sentarse y donde sentirse libre. El mismo viento que peina mi flequillo es el que azota sus caras en el mar, les da vuelta el bote, masacra sus vidas y a veces, solo a veces, los empuja hacia estas costas donde quizás, con mucha suerte, encuentren quien los rescate. No sé si puede llamarse suerte. Ellos se dejan la vida por tener algo parecido a lo que yo tengo, y yo lo cambiaría todo por tener alguien con quien compartirlo. En qué nos estamos convirtiendo, me pregunto.

Los rayos se van alejando, siguiendo su trayectoria hacia el este. El toldo llora sus últimas lágrimas concentradas en la tela y el aire se calma, pero dentro de mí se levantan otros vientos. Quizás por eso me gusta tanto la compañía de una buena tormenta; el ruido de fuera me hunde en una dulce narcosis que difumina durante un rato mis truenos interiores.  Los nubarrones se alejan y doy una última calada al cigarrillo, se acabó el recreo.

Y me meto de nuevo en casa, en esta vida de una sola silla, de una sola taza, de libro para leer con una sola mano. Me gustan los días de tormenta porque mi soledad parece elegida.

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Laura DÍEZ BILBAO

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