El secreto de las rosas chinas

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Las tardes cercanas al verano, en el hemisferio sur, eran cálidas y húmedas. El aire se pegaba a la piel como un parche molesto y el sonido ensordecedor de las chicharras, vibrando en la cúspide de su serenata, me llegaba desde la calle. Mientras la casa entera dormía la siesta, yo solía hacer mis deberes en el salón. Bajaba la persiana para que la sombra me refrescara –dejando apenas la luz suficiente para poder ver mis cuadernos- y me afanaba en completar cuentas y terminar mapas, soplando despacito para que la tinta negra se secara. Al acabar, colocaba mis útiles con pulcritud de secretaria en mi mochila y le daba una última esnifada al olor metálico y penetrante de mi frasquito de tinta china. A las cinco en punto, mamá se levantaba y me preparaba unos mates, dulces y bien calientes. Yo le daba las gracias a mi manera, besándola muy cerquita de la oreja, porque ahí era donde podía aspirar su perfume y su piel suave de pelusita de durazno.

Mi casa, en la calle Charcas, era modesta. Vivíamos en Palermo, un barrio de clase media, que se despertaba temprano con el temblor casi telúrico de los taxis y los colectivos sobre el adoquinado. En verano -sombreadas por arboledas de plátanos- las calles porteñas se impregnaban de un aroma particular de almacén de barrio, mezcla de quesos, galletas y conservas. En otoño, la luz anaranjada era un caleidoscopio de ocres, verdes y amarillos que bañaban el cielo. Una brisa suave iba despeinando las copas de los árboles -que como modelos calvas, desfilaban en la pasarela de mi vereda- y el olor del café recién hecho de las confiterías nos tentaba con su aromática invitación.
Mi colegio estaba cerca, a cinco cuadras, pero yo no era muy feliz allí. Me gustaba más estar en casa. Mi casa era mi castillo. Me sentía a salvo entre sus cuatro paredes blancas. El patio era el pulmón y el santuario de papá.

Cuando yo nací, sembró una rosa china, y un abeto cuando nació mi hermana. Una vez nos contó, entre susurros teatrales, el secreto de las rosas chinas: viven solo un día. Se abren al amanecer y al caer la tarde se cierran formando un cilindro –como un cigarrito vegetal- y desatornillándose, caen al suelo. Eso de color amarillo que sobresale es el pistilo, las vuelve locas a las abejas… si lo chupan sabrán por qué. Y entre risitas cómplices, descubrimos nuestra propia golosina secreta… ¡era dulce!

Papá era el médico de las plantas, un sabio. Les hablaba bajito, aprovechando que el chapoteo lluvioso de la manguera amortiguaba su discurso sanador. Al tacto de su mano, al sonido de su voz -incluso las que habían sido desahuciadas- resucitaban. A todas las curaba, las propias y las ajenas. Y nuestro patio era un vergel, con un trozo privado de noche, en donde me enseñó a encontrar La Cruz del Sur. La noche, como las damas, me decía, es muy coqueta. Le gusta ponerse alhajas, por eso lleva en su garganta esa crucecita luminosa de plata ¿ves?

Pero en ese castillo, mi papá era -sobre todo- el caballero andante que venía a rescatarme de mis penurias infantiles. Todas las tardes llegaba, a eso de las siete, cansado del trabajo. Era la hora exacta que yo esperaba durante todo el día. Se tomaba unos mates y salía a regar el patio. En verano era un ritual, casi purificador: la humedad refrescante del verde nos llegaba hasta dentro de la casa, perfumando el aire de clorofila y de alegría del hogar. Pero lo mejor venía después.
Insaciable egoísmo el mío, que en cuanto lo veía ir al dormitorio –cuya puerta interior daba al patio, recién resucitado por el agua- sacarse los zapatos y tumbarse en la cama a tocar la armónica, me zambullía a su lado para pedirle un cuento. Él soltaba una ligera carcajada, y me miraba de reojo con sus ojitos pícaros y azules, haciéndose de rogar. Dale, papi, contáme un cuento ¿Dale que sí? Era la frase que yo sabía que no podía resistir. Dejaba su cansancio de lado y me dedicaba ese ratito, solo para mí.

Papá era un narrador maravilloso. Cualquier historia, real o inventada, cobraba vida en sus labios. Acurrucada bajo su ala, me leyó cientos de veces a Horacio Quiroga y sus ‘Cuentos de la selva’. Nunca me aburría de escucharlos, de escucharlo a él.
Tapizada con un mural enorme de un bosque otoñal, la pared sobre la que se apoyaba el cabecero de la cama, se convertía en algo vivo. Yo echaba la cabeza hacia atrás… y me dejaba ir por aquel sendero ambarino, tupido de hojas anaranjadas y negras, que se abría a un mundo mágico donde me esperaban venados ciegos, abejitas haraganas o acababa luchando junto a algún surubí, cuando mis pies llegaban al río Paraná. Podía ser pastora en León -su añorada España, siempre presente- curandera de tortugas gigantes o tejedora de medias para los flamencos.

Tumbados y descalzos en aquella cama –que era entonces inmensa como el océano para mí- el pequeño universo de esa habitación se expandía, y al igual que la humedad de las baldosas del patio desaparecía con el sopor de la tarde, mis miedos se evaporaban con el calor de su voz.
Cada tardecita, a esa hora exacta del día, él metía el mundo entero en esos cuatro metros cuadrados, esa cama y ese bosque de papel, con la puerta abierta al patio. Y me hacía -sin saberlo- el regalo más grande, porque yo era su rosa china, que revivía con el agua fresca de sus palabras, y en lugar de desatornillarse y caer, abría sus campanas rojas para escuchar su discurso secreto de jardinero prodigioso.

 

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Glosario

-Mate: bebida infusión, a base de yerba mate, amarga, muy típica y apreciada en Argentina, Uruguay, Paraguay y sur de Brasil.
-Durazno: melocotón.
-Colectivo: autobús urbano de Buenos Aires.
-Almacén: ultramarinos de barrio.
-Confitería: cafetería- pastelería.
-Cuadra: manzana urbana, de cuatro lados iguales.
-Rosa china: flor de hibisco.
-Cruz del Sur: constelación visible en el hemisferio sur, cuatro estrellas que forman una cruz inclinada hacia abajo.
-Alegría del hogar: planta de pequeñas flores de colores, conocida también como miramelindos, impatiens, balsaminia…
-Surubí: pez fluvial, de gran tamaño, muy apreciado por su piel atigrada, firme, lisa y resistente como el cuero.

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Las tormentas

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Me gustan, me encantan los días de tormenta. Escuchar cómo se va elevando el tono de la música en las hojas, la percusión lejana de los truenos en el fondo del horizonte, el baile del toldo que el viento zarandea en la terraza. Si puedo, me siento a fumar para ver caer las primeras gotas y sentir el frescor del agua en las plantas. El olor a tierra mojada multiplica mi placer hedonista y me abandono dentro de mi pequeño jardín de Epicuro.

El cielo pesa tanto que se derrumba sobre la tierra, me gusta contemplar cómo descarga todo su poder desde el refugio de mi atalaya. Sin radio, sin tele, sin móvil. La tormenta y yo.

Me preparo un té frío y me vuelvo a sentar. En ese lapso el color de las flores ha cambiado, revientan de verdes, malvas y morados. Responden abiertas a la bendición que les viene de lo alto. La lluvia ya cae con fuerza y parece que va a durar, observo los pequeños círculos que hace en el suelo. Pienso en el campo, estarán contentos los agricultores. Bueno, no. Nunca están contentos, siempre es demasiada lluvia o demasiado poca.

Pasa una nube espesa y negra que trae la tempestad en sus entrañas. Los truenos ejecutan violentos su partitura atronadora. La brisa racheada arrastra mis recuerdos y se pierden en una tormenta similar, hace años, en un viaje que hice siendo muy joven. Nos pilló a mis hermanos y a mí con una Cirila Citröen desvencijada, cruzando por caminos de tierra, y no tuvimos mejor idea que intentar armar la tienda de campaña para refugiarnos del huracán. Se nos pegaba la tela al cuerpo, se nos enredaban los vientos y acabamos empapados, mirándonos con las estacas en la mano, muertos de risa y llenos de barro hasta las rodillas. Un fracaso rotundo. Pero no recuerdo haberme divertido tanto en un viaje. La nube pasa y la lluvia flojea un poco.

La brisa levanta mi flequillo y me trae otra vez al presente. Cierro los ojos y me acuerdo, como se acordaba siempre mi madre, de la gente que vive en la calle. “¡Qué linda es la lluvia!- me decía- pero pienso en quien no tiene dónde refugiarse… pobre gente. Por eso dicen que el verano es el poncho de los pobres” La sabiduría y la sensibilidad hecha mujer, mi madre. Y yo acabo siempre compungida como ella, pensando en aquéllos que se empapan, que pasan frío, que solo tienen el calor de unos cartones en invierno y la soledad del rechazo, todo el año.

El agua golpea la baldosa de la terraza y tamborilea creando una armonía musical extraña. Detengo mi mirada en unas hormigas negras que intentan escapar infructuosamente de los pequeños charcos, océanos furiosos para ellas. Mis pensamientos van a la deriva y no sé por qué toman tierra en otras gentes, que miran al mar buscando una esperanza, aspirando algo sencillo: un lugar donde tener la sensación de estar en casa y mirar cómo llueve, cómo juegan los niños, tomando una cerveza fría después de un día de trabajo y calor. Un lugar donde sentarse y donde sentirse libre. El mismo viento que peina mi flequillo es el que azota sus caras en el mar, les da vuelta el bote, masacra sus vidas y a veces, solo a veces, los empuja hacia estas costas donde quizás, con mucha suerte, encuentren quien los rescate. No sé si puede llamarse suerte. Ellos se dejan la vida por tener algo parecido a lo que yo tengo, y yo lo cambiaría todo por tener alguien con quien compartirlo. En qué nos estamos convirtiendo, me pregunto.

Los rayos se van alejando, siguiendo su trayectoria hacia el este. El toldo llora sus últimas lágrimas concentradas en la tela y el aire se calma, pero dentro de mí se levantan otros vientos. Quizás por eso me gusta tanto la compañía de una buena tormenta; el ruido de fuera me hunde en una dulce narcosis que difumina durante un rato mis truenos interiores.  Los nubarrones se alejan y doy una última calada al cigarrillo, se acabó el recreo.

Y me meto de nuevo en casa, en esta vida de una sola silla, de una sola taza, de libro para leer con una sola mano. Me gustan los días de tormenta porque mi soledad parece elegida.

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Laura DÍEZ BILBAO

Un rescate de ida y vuelta

Todo había pasado ya, y sin embargo seguía temblando bajo el consuelo de una manta. Solo cuando notó que aliviaba sus heridas me permitió tocarlo. No era fácil fiarse de unas manos humanas como las que lo golpearon en una jaula sucia. Demasiadas noches viviendo encadenado en la pared de una muerte segura. Devorado por las pulgas del hambre.

Pero una mañana ocurrió. Al oírme entrar a la consulta, enderezó las orejas y en su boca jadeante creí ver una sonrisa; el velo de desconfianza que empañaba su mirada se había disipado y fantaseé con que se alegraba de verme. Temblaba cuando acaricié su restaurado brillo, pero me lamió y se retiró con sumisa prudencia, como temiendo que tal osadía le costase una paliza.

Después de muchos años de llamarlo por su nombre, los carbones de sus ojos se licuaron de pura gratitud. No supe entender que se estaba despidiendo, como tampoco supe explicarle que soy yo quien está en deuda con él. El latigazo cariñoso de su cola –despertándome de las pesadillas recurrentes- y el regalo de su amor perruno, entibiando la soledad que me dejó aquel accidente fatal, me mirará desde las fotos. Como ellos.

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El hijo de la portuguesa (a Paco de Lucía)

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Guitarra, te has quedado viuda.

Te han dejado esos dedos

que bailaban entre tus cabellos… creando brisas, tormentas,

aires nuevos, tempestades frías y calientes.

 

En sus manos te hacías mujer.

Gemías, gozabas, vibrabas…

Hoy lloras notas de pena porque te ha dejado sola.

 

Nunca más volverá a acariciarte,

a cerrar los ojos mientras te roza con pasión.

No volverás a sentirte envuelta por su cuerpo,

abrazada por su alma flamenca… para sacarte quejidos de amor andaluz.

 

Tú te has quedado viuda.

Y nosotros nos hemos quedado huérfanos de guitarra.

 

LAURA DÍEZ BILBAO, en el tercer aniversario de la muerte del genial músico.

 

De la tristeza y otros fantasmas

 

De la trilogía “De la tristeza y otros fantasmas”, Eva Escribano, escritora de verbo crudo y pluma ágil, nos sorprende como un trilero, moviendo rápidamente las piezas de un acertijo sentimental y callejero, dejándonos el alma con la boca abierta. Eva, de estilo descarnado, de belleza salvaje…se abre en canal en cada estrofa.

Eva, amiga del alma y poeta en ciernes, gracias por tu talento. Y por compartirlo conmigo.

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IV

Ahora que me estás regalando más sonrisas

de las que caben en mi boca,

no puedo con el miedo que se instala en ella.

No dejo salir las palabras que quisiera,

tendré que intentarlo, algún día.

 

Habrá que arriesgarse, yo lo haré.

No te veo dispuesto a salir de la trinchera y exponerte,

aunque deberías saber que ninguna bala de muerte

te va a llegar desde mi frente. Siempre confiaste en

que si había lucha, sería cuerpo a cuerpo.

No tengo alma de francotirador,

soy más de primera línea suicida.

 

Me serenas, calmas mi agitada sed de guerra contra mí misma.

Y lo que siento. Si es una jugada del destino, acepto,

entendiendo que puedo perder de nuevo.

Porque no me perdonaría abandonar

sabiendo que queda un intento.

 

Y tú,

abre esa boca y dime

que quieres tomar la plaza.

Asédiame, persevera:

estoy preparada, con la bandera blanca bajo el brazo.

 

EVA ESCRIBANO

Oda al gato

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Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.

No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.

 

Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.

Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.

PABLO NERUDA

El día que me quieras

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Aunque era febrero y hacía frío, le apetecía sentir en la cara el sol invernal. Terminó de afeitarse y masajeó su piel con loción. Echó una última mirada a su aspecto: le puso ojos seductores a su reflejo y esbozó una sonrisa de caballerosa apostura, mientras con una mano alisaba con cuidado los nevados cabellos, perfectamente domados por la gomina. En algún lugar quedaba algo de aquel galán que había sido una vez.

Consultó su reloj: las once. Carlos no tardaría en llegar. Con su habitual prisa, con su habitual ajetreo de vida, empeñado en estar tremendamente ocupado en todo para no ocuparse nunca de lo importante. Cría cuervos…, pensó.

Se puso la chaqueta de lana inglesa que su mujer le había regalado hacía años y se enroscó la bufanda. Con paso lento y elegante salió al jardín de la residencia de ancianos y se sentó en el banco verde de madera. Entretuvo la espera observando los primeros brotes de los rosales; su hijo llegó, escandalizado, al verlo sentado afuera.

-¡Papá! ¿Quieres coger una pulmonía? ¡Por Dios, vamos dentro! ¡Pero qué ocurrencias tienes!- exclamó, levantándolo por el codo.

-No tengo frío- dijo soltándose, sereno -Quiero ir al cementerio, a ver a tu madre.

-¿Ahora mismo? ¿Tiene que ser precisamente ahora?

-Ahora.

-Estás muy raro últimamente, no sé qué te pasa. Hace años que no vamos al cementerio.

-Necesito ir ¿Me llevas o voy solo? Si tienes prisa…

-Bueno… es que… Tienes que avisarme de estas cosas, papá… ¡Yo tengo una vida! Sabes que no puedo disponer así de…

-Vale- se levantó y se acomodó la chaqueta -Voy yo. Gracias por venir a verme.

Carlos miró al cielo, resignado, y echó a andar detrás de su padre.

-¡Espera! Te llevo y… comemos juntos. Yo invito.


Lo dejó en la acera, y el coche arrancó con el escape enfurecido. Sabía que aquella visita a la tumba de su madre y la conversación posterior no le habían gustado, pero él ya era muy mayor para esas tonterías.

Tocó el timbre de la residencia  y desde dentro una voz familiar le contestó. La chicharra sonó al tiempo que se abría la valla. El sol de la tarde bañaba los árboles y el césped, pajizo por las heladas, bordeaba el camino de loseta que lo llevaba hasta su rincón favorito. Alguien -bendito sea- había puesto tangos en la megafonía exterior. Se acercó hasta el templete, que las glicinias perfumaban en verano, y se sentó.

-Feliz San Valentín- le susurró, enseñándole una rosa.

La mujer, con un chal abrigándole las piernas, le dedicó todo el cielo en su mirada. Sonriendo estiró su mano, y azorada, se quedó mirando la flor.

-Siento que ella lo aprueba- dijo aliviado, como si le hubieran concedido permiso para enamorarse de nuevo.

-¿Y tu hijo?

-Está muy ocupado consigo mismo. No necesito su permiso.

Ella se llevó la rosa a la nariz, con dedos temblorosos.

-No quiero separarte de tu única familia, Pedro ¿Estás seguro?

Giró la silla de ruedas hacia él y contempló su bello rostro de terciopelo ajado. Las arrugas no habían mermado ni su encanto ni la luz de su mirada. Las suyas propias se suavizaron al evocar aquella verbena, bajo las lucecitas, donde se miraron a los ojos por primera vez, sesenta años atrás. Él canturreaba en su oído la letra del tango que la orquesta estaba tocando “El día que me quieras, la rosa que engalana, se vestirá de fiesta, con su mejor color…y al viento las campanas dirán que ya eres mía, y locas las fontanas, se contarán su amor…” Sus pasos vacilantes se movían entonces al ritmo de la seducción, y él se enamoró de su sentido del humor cuando le dijo en voz muy baja Cantas mejor que bailas, me estás pisando. Mejor te escucho ahí sentada.

Su mirada regresó al presente para decirle:

-Nunca estuve tan seguro de nada como ahora, que nos hemos vuelto a encontrar. Tú eres mi familia.

Como una profecía, en el jardín, Gardel empezó a cantar “El día que me quieras”. Él le guiñó un ojo, y con sonrisa irresistible, dijo:

-Ves, hasta el destino nos da su aprobación. Es la hora del café. ¿Vamos?

-Ya no voy a poder bailar contigo- dijo ella.

-Nunca supe bailar el tango. Mejor me escuchas, ahí sentada.

Se miraron, y de repente comenzaron a reírse, empapados de una sensación de travesura que les trajo de golpe toda la juventud de una época. Él se levantó y empujó la silla.

Siguiendo despacio el camino de loseta hacia el comedor, entrelazaron sus manos clandestinas, sin que nadie los viera. Y así, en secreto, decidieron que seguirían siendo jóvenes el resto de su vejez.

 

LAURA DÍEZ BILBAO

 

 

 

Justicia poética

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-No te confundas, lo estoy celebrando- dijo en un susurro. Morena, esbelta y pulcramente vestida, cruzó las manos delante del regazo y miró hacia abajo con desprecio por detrás de las gafas de sol.

-No me siento culpable, fue una casualidad.

Respiró y cerró los ojos, evocando.

‘Recuerda que tienes que congelarlo al menos dos días antes de consumirlo’ le había dicho la pescadera. Pero lo olvidó.

Cuando empezaron el picor y las náuseas, lo tranquilizó con una manzanilla. Al cabo de un rato la urticaria se convirtió en vómitos, y empezó a respirar con dificultad. El shock anafiláctico no tardó en aparecer. Cuando la ambulancia aparcó en la puerta de su casa, ya no pudieron hacer nada.

-A veces, muy pocas… la vida es justa, y las flores son para los miserables.

La mujer depositó el pequeño ramo en la losa de granito. Había pasado un año, pero sus golpes aún le dolían. Quizás porque los había aguantado demasiado y se le quedaron tatuados en el alma. El anisakis había acabado con él, pero no con su mal recuerdo.

 

Laura Díez Bilbao.

Decálogo de la buena autoedición

Para que no nos llamemos a engaño… extraordinario artículo de Fernando Gamboa. Tomo nota, gracias Fernando!!

Diez consejos para autopublicarse y no morir en el intento

10 consejos para autopublicarse y no morir en el intento

Como lo prometido es deuda, aquí van unos cuantos consejos para los autores que quieren dar el paso de autopublicarse —sobre todo en lo que se refiere al libro digital— con la idea de hacer de la escritura su profesión. Para quien publicar es un mero hobby o una búsqueda de reconocimiento y palmaditas en la espalda —vanity publishing—, me temo que la mayoría de estos consejos no le servirán de gran cosa y si acaso le escandalicen.

Así mismo, si es usted de los que cree que las editoriales son entidades sagradas destinadas a propagar la literatura entre los mortales, o que un libro que no haga el trayecto editor-distribuidor-librero no merece ser tomado como tal, también le advierto que no le va a gustar este artículo.

Dicho esto y sin más dilación, aquí va mi lista:

1. Escribe. Publica. Repite.

Parece de perogrullo, pero casi todos los autores solemos olvidarnos en algún momento de que nuestro trabajo es escribir, y nos perdemos en campañas de marketing, grupos de Facebook o publicidad más o menos disimulada en Twitter. Buscando la promoción que nadie nos hace y darnos a conocer como sea, corremos el riesgo de dejar de escribir, que en realidad es lo que mejor funciona para ganar lectores. Cuantos más libros publiques, más lectores tendrás y más libros podrás vender en el futuro. Esa es la fórmula y lo demás son pan para hoy y hambre para mañana. Mola mucho tener 100.000 seguidores en twitter, pero eso no quiere decir que tengas 100.000 lectores —yo apenas tengo mil seguidores, sin ir más lejos—. No te obceques con eso. ¿Quieres ser escritor o un puñeteroCommunity Manager?

“¿Quieres ser escritor o un puñetero Community Manager?”

En caso de conflicto, al cuerno con la promoción y las redes sociales, preocúpate solo por escribir una buena historia.

.2. No desesperes.

Muchos autores noveles, o que tras años de recibir cartas de rechazo editorial, descubren el paraíso de la autopublicación, se lanzan a la piscina de Amazon con su mejor bañador y su libro bajo el brazo, haciendo un triple tirabuzón en el aire mientras exclaman en las redes sociales: «¡Eh, miradme! ¡He escrito un libro!», convencidos de que al sacar la cabeza del agua habrá una multitud rugiendo de entusiasmo ante tal hazaña, haciendo cola para que les firme ejemplares. Y claro, cuando descubren que la realidad no es precisamente así, se vienen abajo, queman el libro, y deciden mandarlo todo al garete para ir a pescar cangrejos en la costa de Alaska.

Error.

Hacerse un hueco entre los millones de libros disponibles online –sí, millones—, no es tarea fácil y por lo general cuesta años de escribir, publicar y sumar lectores uno a uno. Sé paciente y sigue escribiendo. Si tus novelas son buenas, tarde o temprano destacarás.

Este trabajo no es para sprinters, es para maratonianos.

3. Reescribe. Recorta. Corrige.

Pues sí, has escrito un libro cojonudo que te ha llevado dos años terminar, y todos tus amigos te dicen que lo vas a petar y que tiemble Stephen King. Imprimes el manuscrito, lo encuadernas y te lo quedas mirando como si fuera un recién nacido, con un orgullo de padre que te estira la sonrisa de oreja a oreja ¿Lo has hecho ya? Muy bien.

Ahora no te cabrees conmigo, pero tengo que decirte que eso es solo la mitad del trabajo.

Puede ser una historia genial y un futuro best seller, pero de momento y mientras sea un primer manuscrito, las probabilidades de que esté listo para publicar son bajísimas.

“… luego se lo haces llegar a los amigos más cabrones que tengas para que lo lean”

Guarda el manuscrito en un cajón durante unas semanas y luego vuelve a leerlo con ojos críticos, como si fueras tu peor enemigo. Corta todo lo que no sea necesario, corrige lo que creas mejorable y explica lo que no quede claro. Luego vuelve a guardarlo en el mismo cajón —u otro diferente, no vamos a discutir por eso—, y al cabo de unos meses lo vuelves a releer y repetir la operación. Todo esto, las veces que haga falta. Y luego se lo haces llegar a los amigos más cabrones que tengas para que lo lean y te den su opinión honesta, y encuentren fallos y te señalen cosas que mejorar. Y cuando te devuelvan la copia del manuscrito que les has dado llena de tachones y comentarios en boli rojo, te vuelves a releer el libro y aplicas las correcciones que te parezcan acertadas —ojo, no todas, la decisión final es solo tuya.

Entonces y solo entonces, habrás completado… tres cuartas partes del camino.

Aún te queda un poco más, chaval —o chavala.

4. Contrata a profesionales de la edición.

En este punto, quizá habrás alzado las cejas y pensado «¿Después de todo lo anterior, aún tengo que pagar a alguien para hacer lo mismo?» o «Este tío es gilipollas», o las dos cosas a la vez probablemente. Pero, A: Los profesionales de la edición son imprescindibles en nuestro trabajo y marcan la diferencia entre publicar un buen libro o un pestiño, y B: No lo consideres un gasto, es una muy buena inversión.

El olvidarse de los buenos profesionales de la edición, creyendo que no son necesarios, es uno de los puntos donde los autores autoeditados suelen palmarla con mayor frecuencia. No seas tacaño. Si crees que tu libro es bueno, ellos lo harán todavía mejor.

Puedes escribir un libro cojonudo y reescribirlo hasta el hartazgo, pero si no contratas a un corrector —o correctora, que suele ser lo habitual—, un editor profesional —de los que editan y aconsejan— y un buen diseñador para que te hagan la portada, tu trabajo difícilmente logrará la calidad que un lector espera de cualquier libro que compre.

Al lector le trae al pairo que seas Indie, que vivas bajo un puente o hayas escrito una novela con los pies. El lector —él, yo, tú—, lo que quiere es leer un buen libro, sin faltas y sin errores de ningún tipo, sin excusas, aunque haya pagado 99 céntimos por él. Si no lo haces así, quizá te ganes una reseña negativa y pierdas un lector para toda la vida, y no está el patio como para perder lectores ni reseñas.

Lo de la portada es harina de otro costal, pero casi tan importante como lo anterior. Ningún lector te va a escribir para quejarse de que la portada de tu novela es más fea que un pie cagao, pero una mala portada te hará perder muchísimos lectores, que no se sentirán lo bastante atraídos por tu obra como para aflojar la mosca. Ya sabes, hay millones de libros ahí fuera, y la chica fea se queda sin bailar aunque sea la más lista de la clase.

5. Sé amable y no toques mucho los huevos.

Este apartado se dividiría en dos subapartados de la parte contratante de la segunda parte.

“No eres Cristiano Ronaldo, así que la chulería y la prepotencia guárdatela”

Por un lado, no olvides nunca que los lectores son lo más importante en tu carrera profesional, y que son personas probablemente más listas que tú, así que sé amable, pero también honesto y paciente con ellos. No eres Cristiano Ronaldo, así que la chulería y la prepotencia guárdatela, pero tampoco les hagas la pelota, que resulta cansino. Con suerte y si te portas bien, muchos de esos lectores se convertirán en amigos de por vida —aunque sea a través de las redes sociales— y la base de tu futuro como juntaletras. Cuídales. Trabajas para ellos.

Lo otro, lo de tocar los huevos, en inglés se llama Spam. No te pongas aspamear a todos tus contactos, seguidores y desconocidos que te salgan al paso. No publiques anuncios en muros ajenos sin pedir permiso. No des la brasa, vamos.

A nadie le gusta un tipo que entra en un bar y se pone a gritar a la cara de los clientes que tiene una cosa que vender que va a encantarles. Te odiarán. Yo te odiaré. Te odiarás a ti mismo al cabo de un tiempo. No toques mucho los huevos, por favor.

6. Lee. Lee mucho.

Pues eso. Lee sin parar. Un escritor que no lee es como un futbolista que no entrena. Un día puede meter un golazo por la escuadra, pero es cuestión de tiempo que termine chupando banquillo.

En mi caso, suelo leer sobre lo que estoy escribiendo en ese momento, como documentación o para aprender de otros que hacen lo mismo que yo, pero mucho mejor. Pero el caso es leer. Lo que sea y cuando sea. Cuanto más leas mejor escritor serás, y quizá descubras por el camino que lo que realmente te gusta no es la ficción histórica, sino el porno blando o los libros de autoayuda. Nunca se sabe.

7. Profesionalízate.

Si quieres hacer de tu vocación por escribir una profesión, este es el mejor momento para hacerlo, pero has de empezar a pensar y actuar desde este momento como un profesional.

“Has de planificar, marcarte objetivos, horarios, fechas de publicación… organizarte, vaya”

No vale el «es que es mi primer libro» o «yo no sabía que esto era así». Haber preguntado.

Si quieres ser un escritor profesional, tienes todas las herramientas al alcance de tu mano y la mayoría de ellas gratuitas, pero has de planificar, marcarte objetivos, horarios, fechas de publicación… organizarte, vaya. La competencia es dura y cada día se publican chorrocientos libros nuevos —muchos de ellos mejores que el tuyo o el mío—, con sus respectivos autores detrás, haciendo lo imposible para que la gente les descubra y compre su obra. Con esa brutal competencia, o das lo mejor de ti, o ya puedes dedicarte a otra cosa.

8. Pasa de todo.

Como hemos hecho todos al publicar nuestro primer libro en Amazon, tras ponerlo a la venta y anunciarlo a bombo y platillo como si fuera la segunda venida de Cristo, nos sentamos delante del ordenador para ver cuántos ejemplares vendemos y qué reseñas nos dejan los primeros lectores que terminan de leerlo.

Probablemente, gracias a los familiares y amigos que compren el libro de inmediato, los primeros días veas un ascenso meteórico en las ventas que te disparen hasta el Top100, seguido de una caída igual de pronunciada que semanas más tarde deje tu novela en las catacumbas del ranking. Y tres cuartos de lo mismo con las reseñas; que serán estupendas cuando tu pareja, tu madre y el amigo invisible escriban unas opiniones que te dejen a la altura de Cervantes hasta arriba de Prozac. Pero luego, aparecerán las no tan buenas, algunas con muy mala leche y, finalmente, ninguna reseña de ninguna clase.

“Pasa del ranking, de las ventas y de las reseñas”

Cuando ambas cosas suceden y estamos bajos de defensas e inseguros de nuestro talento —algo intrínseco a la mayoría de los autores, aunque lleven cincuenta libros publicados—, corremos el riesgo de venirnos abajo y correr hasta la agencia de viajes más cercana para comprar ese billete de avión a Alaska. Es una putada, pero muy probablemente esto te vaya a pasar tarde o temprano, sobre todo cuando no te conoce ni el tato.

La buena noticia, es que hay una solución para ello: Sigue escribiendo y pasa de todo. Pasa del ranking, de las ventas y de las reseñas. Consultarlas cada cinco minutos no va a mejorar tus estadísticas, y te estarás quitando tiempo y ánimos para escribir, que es lo único que importa realmente.

Personalmente, hace cosa de dos años que no miro el ranking, ni las ventas, ni apenas las reseñas de mis novelas, y palabra que soy mucho más feliz. Haz la prueba.

9. Sin estigmas.

La autopublicación en 2016 no tiene nada que ver con lo que era hace diez años. Actualmente, los autores autopublicados son los que más venden y más dinero ganan en las librerías online como Google Books, Apple Store y sobre todo Amazon, donde hoy en día se venden la mayoría de los libros en el mundo. Cada vez hay más autores que rechazan jugosas ofertas de editoriales para seguir siendo indies. Ser autopublicado en estos tiempos no solo ha dejado de ser un estigma, sino que suele ser la decisión más sensata.

“Los royalties serán del 70% en lugar del 10% o el 20% y los derechos de tus obras seguirán siendo tuyos”

Hoy, ser autor independiente significa que no dependes de una editorial; que recibirás tus beneficios cabal y puntualmente a fin de mes, que los royalties serán del 70% en lugar del 10% o el 20% y, sobre todo, que los derechos de tus obras seguirán siendo tuyos mientras todo esto sucede. Ahí es nada.

Aunque, si a pesar de lo dicho, para ti es más importante que tu nombre aparezca bajo el sello de una editorial, ver tu libro en la mesa de novedades del Carrefour junto al último de Belén Esteban, o ser entrevistado en sesudas revistas literarias poniendo cara de intelectual, entonces olvida todo lo anterior. Pero luego no te quejes si no ves ni un duro.

Esta última opción, la de firmar con una editorial, a día de hoy solo tiene sentido si puedes quedarte con los derechos digitales de tu obra. No incluyas jamás en un acuerdo editorial, bajo ningún concepto, los derechos digitales de tu novela. Ellos los usarán para liarse un bocata y poco más, pero si te los quedas, será lo que te de de comer durante el tiempo que dure el contrato y quizá, el único dinero que termines viendo.

Repito: NUNCA ENTREGUES LOS DERECHOS DIGITALES A UNA EDITORIAL.

Si no te queda claro, puedo hacerte un dibujo.

10. Disfruta

Disfruta de la vida y de escribir en particular. Un autor —o autora, por supuesto— infeliz, suele escribir libros infelices. Que igual tiene su público, pero no sé yo si compensa. Cuanto mejor sea tu vida, mejores serán tus obras; y tus lectores, amigos, vecinos y familiares te lo agradecerán.

“Escribe con el alma porque es ahí donde reside el arte”

Escribir es secundario, que no se te olvide. Primero vive intensamente, como si te quedaran seis meses de vida. Ama, ríe, jode y persigue tus sueños por absurdos que sean. No lo dejes para mañana, que igual para entonces ya no estás por el barrio. Luego, escribe. Con las tripas, el corazón y los genitales, deja la cabeza para las correcciones. Escribe con el alma porque es ahí donde reside el arte, no en los manuales sobre cómo escribir un Best Seller. Déjate llevar y escribe hasta que te duelan los dedos y confundas la realidad con tu ficción, hasta que te despiertes a media noche creyendo que estás en la cubierta delPequod o donde narices te lleve la historia que tienes en la cabeza. No dejes que nadie te diga que no puedes y no dejes de intentarlo una y otra vez, hasta que te mueras. No tires la toalla ni dejes pasar el tren, porque a veces pasa solo una vez y a toda leche.

Así que levanta tu culo de la silla, sal corriendo por la puerta y súbete a ese puto helicóptero pilotado por un borracho que te dejará caer en un mar infestado de tiburones, si es que es esa la jodida emoción que quieres hacer vivir a tus lectores.

Disfruta de tu vida, en fin, porque no tendrás otra.

Y luego vuelve para contarla.

***

Hasta aquí mi breve decálogo sobre la autoedición y sus dolores de cabeza. Esta lista de consejos (sugerencias, tonterías, meadas fuera de tiesto) está basada en experiencias propias y ajenas, así como una serie de opiniones tendenciosas que no tienen por qué ser compartidas ni total ni parcialmente. No es mi intención polemizar ni crear frentes entre autores autopublicados y editoriales. Hay sitio para todos en las estanterías, y cada cual es muy libre de equivocarse a su manera.

Por último, quiero señalar que seguro que me dejo mil cosas en el tintero en lo que autopublicación independiente se refiere, pero si le interesa de verdad el tema hay libros estupendos —sobre todo de autores norteamericanos—, que tratan el asunto con mayor profundidad —y atino— que un servidor.

Un fuerte abrazo y que las musas le acompañen.

Fernando Gamboa

 

 

El misterio roto

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He perdido la cuenta de los años que han pasado. Llevo en esta familia desde el siglo XIX, pero pese a mi frágil memoria de viejo, recuerdo que, pocas veces, me han usado para lo que fui concebido. Y cuando lo han hecho, ha sido a solas, apartándome a lugares de silencio. Pero me gustaba lo que sentía cuando me tenían acunado entre las manos, porque durante un tiempo breve me transmitían su tibieza, templando mi cuerpo metálico. La caricia de los dedos, cerrados entorno a mí -el rato que duraba un misterio- calentaba mis doloridas cuentas, adormeciéndome con el íntimo aliento de la oración que salía de sus labios, como un susurro leve de nana. Labios femeninos, porque mis dueñas siempre han sido mujeres. Ellas sabían cómo tocarme, y mis huesos frágiles de plata agradecían el trato delicado de sus gestos.

Sin embargo, solo una vez encontré sentido a mi existencia en esta familia. Aquella vez en que un tirón brutal en mitad de una pelea fracturó los tendones de mis cuentas labradas. El dolor fue grande, tanto el mío como el suyo. Quedé partido en dos, olvidado como un inútil instrumento cuyo poder ya no sirviera para invocar a Dios. Pero así, roto y lisiado de plegarias, fui más útil que entero. La oscuridad de aquél cajón donde ella me guardó, no me impidió escuchar, amortiguados, los gritos y las discusiones, el llanto silencioso que tragaba cada noche. Aunque se confiaba poco a mí, yo conocía su desgracia. Sé que no era feliz con él, que no la quería… ni a ella ni a los hijos que había tenido con ella. Que estando acompañada, cada vez se sentía más sola y desdichada.

Pero una mañana me sacó del cajón y me colocó cuidadosamente en una cajita. Al principio no entendí adónde me llevaba: aquello no era una iglesia, ni una capilla sombría. Era un despacho confortable y luminoso, pero austero, con un escritorio clásico y dos sillas, una frente a otra. Se saludaron, y él la invitó a tomar asiento. Cuando me cogió de su bolso, mi pobre cuerpo mutilado volvió a sonar con la música olvidada de mis cuentas, chocando entre sí. Sentí el temblor de sus manos, pero aquel era distinto. No era un temblor desconfiado de gato huérfano, ni estaba impregnado de miedo como los otros. No… soy viejo pero no soy tonto: era un cataclismo de mujer enamorada.

Me sostuvo en su regazo mientras se confesaba, delante de aquel hombre joven, vestido con sotana. Él la miraba con la azul intensidad de sus ojos limpios. Nerviosa, intentó mantener una conversación simple con él, repasando mis cuentas de una mano a otra. Parecía que sólo estaba allí por el puro placer de ser escuchada, y de encontrar consuelo en su voz dulce y varonil. Pero yo aún no entendía qué hacía allí. Comencé a sentir el calor inmenso que desprendían sus manos, que acabaron mojándome de sudor. De repente, se acordó de mí. Hace tiempo que está roto. Era de mi abuela, luego pasó a mi madre y ahora es mío. Me da pena porque es de plata antigua y está labrado a mano ¿Sabe Ud. de alguien que pueda arreglármelo? El religioso asintió con una sonrisa que la desarmó. Él mismo se encargaría, le dijo. Ella extendió la mano donde me tenía ovillado y durante un instante pude percibir la energía de sus dedos entrecruzándose, rozando imperceptiblemente la piel del otro. El tiempo se detuvo. Y yo me quedé así, suspendido en esa caricia fugaz, entre las cadenas invisibles de sus miradas extasiadas. Le dijo que tendría que volver ella en persona a buscarme, y sola. Si en ese momento no hubiera estado sentada, sé que se habría fundido lentamente, derretida como una vela al sol.

Me dejó en sus manos, que tenían un tacto diferente, delicado pero robusto como su fe. Entonces me di cuenta: yo era la excusa. Ella me dejó allí con él, y por primera vez en más de un siglo, dormí fuera de mi casa. Pero no me importó, porque nunca la había visto tan contenta. Estuve semanas enteras en un cajón, escuchando que no estaba listo aún, que el joyero tenía trabajo, que había ido varias veces a preguntar por mí. Y entonces podía oír la campanilla de su voz, respondiendo que no importaba, que volvería las veces que hiciera falta. No me cuesta nada pasarme por aquí al volver del mercado, dijo, estoy cerca.

Demasiado cerca, le susurró por fin una tarde que yo creí que nunca llegaría. Esta vez fue él quien tuvo que confesar, vaciarse como nunca en su vida, y pedirle que no volviera. Por qué, le preguntó, deshecha de pena. Porque ella le hacía dudar… porque temblaba solo con oír sus pasos acercándose por el pasillo… porque hacía tambalear los cimientos de una vocación que creía firme… porque jamás había sentido algo tan inmenso por alguien que no fuera Dios. Nunca había rezado antes con tanta fuerza para pedir auxilio. Ella estaba casada, tenía cuatro hijos pequeños. ¿Qué futuro podían tener? ¿Qué podía ofrecerle él? Ella siempre pensó que el amor era ese infierno que vivió durante diecisiete años.  Con él, descubrió que era otra cosa… ahora no podía pedirle que se fuera. Perdóname, le dijo, no sé si sabré besarte bien. Es la primera vez que beso a una mujer.

Recuerdo que sentí mucha pena por ambos, la fuerza de ese sentimiento no era pasajera. Puntual, los miércoles de cada semana, ella llegaba al despacho. No hacían nada especial, sólo cogerse de las manos y llorar, preguntándose qué harían. La coartada que tenían conmigo no sería eterna. Su marido podía sospechar, seguirla y descubrirla. Pero se amaban tanto, que no podían evitar correr ese riesgo. Si alguna vez te sigue, le dijo, dile que has venido a buscar el rosario de plata que me mandaste arreglar. Yo estaba ahí, en el cajón, como la excusa perfecta que explicaba su presencia en el despacho del director del colegio de sus hijos.

Y así me quedé, escondido en la penumbra de aquel escritorio, cómplice y testigo de aquel amor clandestino, hasta que su mano me sacó por fin de mi confinamiento para ser llevado a una joyería. Iban a repararme ¡Qué tarde tan gloriosa!

En la mesa más apartada de un bar, sus manos cálidas y fuertes me pusieron en las de ella, hecho un ovillo de frialdad reluciente. Ya está arreglado, le susurró. El nido familiar de sus manos me envolvió, mientras sonreía triste. Él la miró. Tómate el café, ahora mismo vamos juntos a hablar con tu marido. Nos llevamos a los niños. Ante la verde y atónita mirada femenina, tomó sus manos y aclaró decidido. No voy a seguir escondiéndome, ni tú tampoco. No me avergüenzo de nada. Igual que este rosario que me trajiste, yo me quedaré roto si no estoy contigo.

Y dejaron de esconderme también a mí: llevo años protegiendo orgulloso el coche de la hija que ambos tuvieron, colgado de un espejo. Pero como todas las cosas viejas que guardan algún secreto, estoy acostumbrado a ser discreto, porque esa es mi naturaleza.

Solo diré que, convertido sin quererlo en salvoconducto de un amor que duró hasta más allá de la muerte, nunca estuve tan alejado de mi piadosa tarea. Y sin embargo, no me arrepiento. Ha sido cuando más cerca me he sentido de Dios.