Te perdono, ladrón

Abrí la habitación 607 de la residencia geriátrica, la que ocupaba Luis. Cogí como siempre mi carro de limpieza y entré. Despreocupada, comencé mi trabajo. Sin querer golpeé un extraño cartel de cartón, depositado con cuidado en una esquina, un letrero rudimentario. Me resultó misterioso aquel objeto en la habitación de un abuelo, y quise saber qué significaba aquello. ‘Es mi trofeo’, me contestó.

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Cuando aún era fácil ver lobos ibéricos en la Sierra de la Culebra, Luis vivía como tantos otros pastores de la zona. Como tantos otros, se ganaba la vida con duro esfuerzo, levantándose aún de noche y acostándose a veces de madrugada, cuando llegaba el tiempo de los partos. Para él no había domingos ni fiestas de guardar. Entre camas de paja y aroma de estiércol pasaba sus noches y sus días acompañado por la única melodía del balido de sus animales.

Cada mañana tenía lugar la misma liturgia. Limpiar el corral, renovar el agua, procurar que la paja estuviera siempre seca y emprender la ruta por el monte para pastar. El sabor de la leche mejoraba mucho y el pastor lo sabía, por eso llevaba al rebaño a sitios umbríos de la sierra, donde la protección de la roca conservaba el frescor verde de la hierba. Apenas despuntaba el alba y Luis ya estaba sentado en una pequeña loma, encima de su abrigo. Podría haber sido astrónomo a juzgar por sus certeros ojos vigilantes, enmarcados por unas enormes gafas de pasta. A través de ellas resaltaba, agigantada por los cristales de aumento, la agudeza de su mirada, oculta por su sombrero Panamá. Completaba el bucólico atuendo su infaltable pajita en la boca, masticada con el mismo lento deleite de quien se fuma un habano. Y con el mismo vicio.

Sin perderlas de vista jamás, a veces ladraba Sulki, la perra. Cuando alguna oveja se despistaba, un ladrido de advertencia corto, casi un bufido, era suficiente. Un rodeo corriendo para cercarlas a todas y el rebaño se mantenía compacto. Luis observaba el operativo casi policial, y cuando la calma regresaba, mataba las horas tocando la armónica, y a veces, escuchando algún partido en la radio. Manjares sencillos eran su merienda; queso, fruta y pan, y un tinto siempre al lado.

La vida de un pastor tiene muchos enemigos. El frío y las heladas, el aplastante calor en verano, las lluvias de la primavera… pero el único capaz de despertar en el hombre un odio visceral irrefrenable, era el ataque del más abominable depredador: el lobo. Por si acaso, llevaba siempre encima la escopeta, engrasada y cargada. En los últimos meses una loba había matado varias cabezas durante la noche. En plena madrugada, se despertaba sobresaltado por los ladridos incesantes de la perra y el alboroto del rebaño asustado, que corría desperdigado por el corral, huyendo del ataque, traidor y alevoso, de una hembra. Saltaba entonces de la cama, salía de la casa descalzo y, escopeta en ristre, disparaba a la oscuridad con tal ímpetu, que acababa con la munición, jadeando sudoroso. Conseguía ahuyentar al animal, pero nunca lograba acabar de una vez con ella.

-¡¡El día que te coja te destrozo!! ¡¡Asesina!! -gritaba al silencio, y acudía presto a comprobar el alcance de los daños. Una y otra vez, lo hundía en la miseria ver los cuerpos destrozados de los corderos y alguna oveja vieja, los más vulnerables. Había perdido muchas ya por culpa de esa maldita alimaña.

En este santuario natural, el último del lobo, la hembra se disputaba con las otras manadas las pocas presas que podía cobrarse. Cada vez era más difícil cazar en el vasto paisaje agreste, pero una madre es capaz de todo cuando sus hijos necesitan comer. Arriesga, si es necesario, su vida.

En aquel anochecer otoñal, los pardos colores de la serranía camuflaban su pelaje de forma casi camaleónica. Cubría las lomas una neblina sutil, apenas una telaraña de humedad resbaladiza. La loba llevaba varios minutos agazapada, protegida por la trinchera de niebla, que ocultaba su presencia. Estaba lo suficientemente cerca como para tener a tiro el rebaño, y lo suficientemente lejos como para no ser olfateada por Sulki. Esperó el momento preciso para atacar. Debía ser paciente. La luz languidecía y no divisaba a la perra. El instinto y su olfato le indicaron que ese era el momento oportuno. Saltó de un brinco y con elásticas zancadas bajó la pendiente que conducía al corral. Las ovejas percibieron el peligro y comenzaron a dar balidos, muy nerviosas.

Justo en el instante en que la hembra se agachaba para atravesar la verja de madera, un estampido metálico hizo crujir el aire de la noche. El aullido gutural de la loba, herida de muerte, cruzó la sierra de norte a sur.

Saliendo del cañón de la escopeta, una pequeña humareda gris ascendió al cielo. Triunfal, Luis llamó a la perra, que salió corriendo hacia el cuerpo tendido en el suelo, dando grandes brincos alrededor de la anhelada presa. Por fin, se dijo.

-¡Por fin!- repitió, sonriendo a Sulki. Se agachó y cogiendo la cabeza inerte del bello animal, le susurró como si pudiera oírlo todavía:

-Asesina… tú has matado a mis ovejas. Ahora estamos en paz.

Llevó el cadáver al establo y allí lo escondió, planeando prolongar esa sensación, esa adrenalina que había sentido matando al repugnante animal. Eran una especie maldita, taimada y dañina, y si de él dependiera, todos los lobos de la comarca estarían muertos.

Quería recordar esa anoche para siempre. Por eso, dedicó varios días a abrir al animal sin dañarlo, curtió la piel entera de la loba y fabricó con ella su particular trofeo. Orgulloso, la extendió sobre una mesa que tenía en un rincón de la sala de la austera casa. Allí la dejó para que terminara de orearse, y así poder colgarla en la pared. Cada noche la contemplaría, para recordarse que era capaz de matar a cualquier otro lobo que osara acercarse a su rebaño.

Pocas semanas más tarde, mientras fumaba satisfecho meciéndose frente al fuego, escuchó un crujido fuera, y oyó ladrar a la perra. Otra vez el balido familiar, otra vez la alarma.

-¡¡Malditos lobos asquerosos!! -exclamó, al mismo tiempo que tomaba la escopeta y salía presuroso de la casa, dando tiros.

Se quedó un buen rato, quieto en la penumbra de la entrada del establo, observando alerta cualquier movimiento extraño. Con el dedo en el gatillo, giraba crispado ante el más mínimo ruido. Cuando la calma volvió y creyó haber espantado al animal o lo que fuese que se hubiera acercado por allí, bajó lentamente el arma y, sin dejar de escudriñar la oscuridad, se acercó a la casa. Echó un último vistazo, y jurando por lo bajo, cerró la puerta.

Su estupor fue total al entrar en la sala y ver que la piel de la loba había desaparecido. Buscó por todas partes, y nada. Era evidente que se la habían llevado, que alguien la había robado. Pero ¿quién? ¿Para qué se llevarían algo así, en mitad de la noche?

Se dijo entonces que no pararía hasta encontrarla. Le había costado mucho tiempo y demasiadas pérdidas para dejar que se quedaran con ella. Preguntó a vecinos y conocidos: no se habían visto furtivos esos días por el monte. Durante días recorrió la sierra, acompañado de su infatigable Sulki, buscando huellas o pistas. Nada.

Una tarde, resignado ya a no encontrar su preciado trofeo, volvía fatigado a casa, con la escopeta al hombro. Parapetado detrás de su sombrero de paja, miraba el suelo, atravesando el monte entre arbustos bajos. Y sin buscarlo, de repente, lo escuchó. Instintivamente cogió sus prismáticos, y escondiéndose rápidamente detrás de un matorral, lo observó. Estaba al pie de una enorme roca, guarecida por un espeso encinar. Lo sorprendió tumbado, con algo atrapado entre sus patas. Era un macho, un ejemplar soberbio. El magnífico animal lamía suavemente un bulto, incansable, y aullaba lastimero. Aullaba, y volvía a lamer, en un ritual funerario que nunca había visto antes. Incapaz de creer lo que estaba viendo, se dio cuenta: aquella noche ese lobo se había arriesgado hasta su finca, había entrado a hurtadillas en su casa y se había llevado la piel de la loba… y todo, para poder tenerla con él. Para sentir que seguía estando a su lado. Aquel lobo lloraba la muerte de su hembra.

La rabia contenida hizo que echara mano del arma, y así acabar con él también. Lo tenía a tiro, el animal no podía verlo, era el momento perfecto. Detrás del matorral se convertía en un enemigo invisible. Cuando el pastor puso el dedo en el gatillo, el lobo volvió a aullar, levantando la testuz hacia el cielo, haciendo su lamento más triste y profundo.

Cargó la escopeta y apuntó. El animal olisqueó el aire, intuyendo el peligro. Levantó las orejas y se incorporó. Cogió la piel entre los dientes y se quedó inmóvil, divisando a posibles enemigos. Luis se dijo ‘Dispara, imbécil’ mientras el lobo, agachando la cabeza se retiraba sigilosamente, llevando a la loba a rastras con él. No dejó de apuntarle mientras se alejaba, pero algo dentro de él lo había conmocionado. ‘¡Dispara, es un asesino!’ se repitió.

Sin embargo, ver aquella escena le hizo dudar. Bajó entonces el cañón, y mientras lo miraba alejarse, contemplando su pena, pensó que quizás él había vivido equivocado todos esos años. Que la naturaleza tenía sus propios códigos, sus misteriosos y secretos equilibrios. Si eran capaces de sufrir así, con tan hondo sentimiento… no podían ser unos asesinos.

Y lo dejó marchar…

Sus ojos grises se llenaron de pasado, y un temblor de emoción le revoloteó en la garganta al recordar aquella redención inesperada.

-Luis… ¿crees que los animales tienen sentimientos? -le pregunté, cuando acabó de contarme su relato.

-Hija, hay historias que podrían ser humanas, pero los animales parecen conocer mejor el vínculo de la fidelidad y el coraje que nace de la auténtica lealtad. Yo no sé contestar a esa pregunta, pero desde entonces entendí que un animal puede tener mucho más de humano que nosotros mismos- dijo suavemente.

Cada vez que entro a limpiar su cuarto, leo la frase escrita debajo de la foto de un lobo, recortada de una revista cualquiera. Escrita con letras rojas, temblorosas y rudimentarias, ponía ‘Te perdono, ladrón’

Laura DÍEZ BILBAO

 

La Mirada Escondida

Ojalá pudiera decir que este cuento estuvo inspirado en la realidad social que existió en mi país. Ojalá pudiera decir que es un mal recuerdo. Sin embargo, las guerras, las injusticias, las miserias y el sufrimiento siguen siendo parte de nuestro presente. La protagonista eligió y cambio su parcela del mundo. Quizás sea la hora de preguntarnos qué hacemos nosotros para cambiar la nuestra.

 

“Caminaba con mi vieja Pentax, atravesando un barrio ciertamente inquietante. Venía de hacer un trabajo magnífico en El Viejo Café, y estaba contenta; podría volver a Madrid antes de lo previsto. Titularía el reportaje con un “Buenos Aires, capital del tango”. A Martín le encantaría.

Pero, a pesar de mi entusiasmo, esa húmeda noche algo me inquietaba. Mi ilusión inicial se fue diluyendo en un creciente temor atávico que mi cabeza no sabía explicar con claridad, pero a medida que mis latidos aumentaban, mis pasos hacían lo propio. El sonido ahuecado de mis propias pisadas reverberaba en la noche, dándoles un eco sordo que acentuaba mi sensación de indefensión y soledad. ¿Dónde me estoy metiendo…? pensé.

Recuerdo a continuación un súbito empujón. Un tirón y el golpe seco de mis huesos contra el suelo. Mi corazón galopaba a cien por hora, y mi vista nublada apenas podía distinguir en la oscuridad. Solo aquella horrible voz aguardentosa me trajo a la realidad como un mazazo.

-No te muevas- y sentí que unas tremendas manos se metían entre mis ropas, hurgando, buscando indecentes cualquier indicio de algo valioso que robar.

Cuando aquel sujeto se aseguró de quedarse con todo aquello que buscaba, sus ojos envenenados de lascivia y la chispa que vi en ellos, me dijeron con la rapidez de una descarga eléctrica que mi terror iría en aumento. Aquello solo era el principio.

Intenté gritar, revolverme… pero su fuerza era descomunal, salvaje. Y de golpe fui consciente que esa sería mi última experiencia.

-Te voy a matar…- su risa sonaba estrepitosa y gutural -Pero antes, me voy a dar un festín contigo…

Cuando su inmunda y desdentada boca ya rozaba mi cuello en un abrazo agónico y brutal, y el hedor a vino y sudor me cercaban como una manada de lobos hambrientos, oí a sus espaldas un zumbido que crujió encima de mí. Mi espanto no me permitió, en un principio, darme cuenta de que ella estaba ahí para ayudarme. Con el alma crispada, vi en la noche la silueta de mi salvadora. Su aliento era una columna de vapor agitada, recortada en el azul de aquél callejón suburbano.

Amaneció un día más para Marcela. Y gracias a ella, también amaneció para mí.

Desde el pequeño rectángulo de plástico, que obraba de ventana en aquel sucedáneo de casa, donde la chapa -abrasadora en verano, cruelmente fría en invierno- se convertía en el enemigo natural por antonomasia, Marcela contemplaba con frío la jornada que tenía por delante. Era un frío viejo, primitivo, que se había instalado en sus huesos y se resistía a abandonarla, incluso en verano.

Mientras observaba a sus dos pequeños ovillados en la misma camita, ella preparaba el escaso desayuno, compuesto por mate cocido y una rebanada de pan con dulce de membrillo. Me ofreció lo mejor que tenía, demostrando así como cierto el axioma de que los pobres son infinitamente más generosos que nadie. Mientras lo recibía agradecida, mi instinto indagador me empujó a preguntar sobre ella.

-¿Hay algo peor que ser pobre?- pregunté.

-Sí. Ser pobre, estar viuda…y que te olviden…- dijo, dejándome con su respuesta una mirada impregnada de tristeza, que atravesó mi corazón de periodista; acostumbrado a las tragedias espectaculares, pero más alejado de las pequeñas tragedias silenciosas, que yacían olvidadas en el fondo de las ciudades. Apartadas, para que no molestaran nuestra conciencia de cómodos aburguesados.

-¿Qué hacías ahí anoche?- me espetó de golpe, como una madre enfadada con una hija mayor -¿No sabes que no se puede andar por ahí a esas horas?

-¿Y tú?  ¿Qué hacías tú?- inquirí yo a mi vez.

-Soy cartonera…- me respondió con naturalidad -Busco cartones en la basura.

Me quedé muda. Era la primera vez que oía esa palabra.

Buenos Aires era tan hermosa en otoño… Las calles de los enormes barrios elegantes, jalonadas por grandes arboledas, se convertían en una suerte de explosión sosegada de colores, que iban desde el azul intenso del cielo, hasta el amarillo reventón de las hojas caducas. Se mezclaban con el ocre y el verde del fresco césped de los abundantes parques, que decoraban y ofrecían un pulmón permanente a la ciudad. Casi siempre lucía el sol. Templaba el aire de una forma suave y convertía en delicioso cualquier paseo. Las terrazas de las selectas cafeterías seducían a quien pasara por delante con dulces aromas de ron, pasas calientes y bizcochos de miel. Esta visión tan bucólica le estaba vedada a Marcela. Para ella todas las estaciones eran iguales. Ninguna le traía lo que ella necesitaba. Sus días eran hojas de hambre y tristeza que iban cayendo de un calendario.

No quiso recordar conmigo cómo el destino se torció para ellos, convirtiéndolos en lo que eran. Cómo acabaron siendo cartoneros. Hasta la palabra parecía un bofetón en su cara. Pero no hacía falta que me dijera nada. Sólo había que asomarse un domingo a la mañana a cualquier callejón solitario…

Hombres que más bien parecían animales. Familias enteras que, como bandadas de perros, rebuscaban en la basura, intentando ganarse la vida de manera humillante y miserable. Recicladores que una sociedad injusta y desigual empujó a los vertederos, a los basureros, a los callejones malolientes. Su vida estaba expuesta a cortes, infecciones, atropellos…

Sin embargo para Marcela, las heridas más lacerantes venían desde fuera del vertedero: marginación, soledad. Indiferencia de una sociedad que los olvidaba y rechazaba.

Esta joven mujer tenía las manos ajadas, llenas de cortes. Su mirada escondía incontables amarguras. Sus rasgos -envejecidos prematuramente- delataban un alma cansada que, a pesar de todo, tenía la impronta de un espíritu luchador. Su  marido murió a causa de un accidente mientras recogía cartón, de una infección que no pudieron controlar.

Y se quedó sola.

Desde entonces tenía frío siempre. Un frío de desamparo, un frío de soledad.

En jornadas intensas de sol a sol, con sus hijos y un pequeño carro, recorría centenares de calles. Se internaban en lugares insanos, nauseabundos… para rebuscar entre la inmundicia ese trozo de cartón limpio, el único jirón de esperanza. Una pepita de oro entre la arena del río. Un cartón limpio era una oportunidad de seguir comiendo un día más. Era un seguro contra la miseria.

Pero  Marcela tenía una herida más profunda aún. Una que nunca cicatrizaría. Sus hijos. Dos niños que apenas levantaban un palmo del suelo. Verlos trabajando con ella, le hacía trizas el corazón.

-¿Qué futuro les espera? ¿Qué puedo darles yo?- me decía -Nadie nos ayuda, nadie se acuerda de nosotros. Yo sola no puedo afrontar esto, los necesito, y siento que les estoy robando su infancia… Me siento mala madre.

Para ella, ya no existía esperanza ni consuelo. Pero la rabia teñía su voz al decirme que no quería ver a sus hijos crecer entre la basura.

Después del exiguo desayuno, le rogué que me permitiera acompañarla a su trabajo. Siempre desde una distancia prudencial, los contemplaba mientras tomaba fotografías, y voluntariamente decidí sumergirme de nuevo en ese submundo de pena y desechos.

Durante ocho días interminables, padecí con ella el tormento de sentir lo que sufría un cartonero. Cada mañana fui testigo de las miradas de asco y desprecio que la gente les lanzaba. Otros días, eran invisibles. Simplemente no existían para nadie; eran mucho menos que la basura.

Y sentí vergüenza de mí misma. Vergüenza por este castigo. Por esas tiernas manos pequeñas que se habían hecho grandes a fuerza de trabajo. Por esos hermosos ojos grandes que se habían hecho pequeños de ver tanta miseria alrededor. Vergüenza por el flagelo que vivían estas gentes, condenadas a una cadena invisible que ataba sus destinos a una realidad permanente de tristeza y soledad.

Mientras los veía subirse a montañas de basura, empapados por la tormenta que estaba cayendo, oí a Marcela:

-¡Lo peor es la lluvia! Estropea los cartones, y nos quedamos congelados.

Yo la escuchaba desde la acera de enfrente, y aunque vi lo que iba a suceder, no pude hacer nada. Mientras mi voz y mi cuerpo contemplaban paralizados la escena, un hachazo invisible segó la vida de Marcela. La lluvia era una espesa cortina que llenaba todo de bruma alrededor. Un coche surgió de la nada. Un mortífero gigante de chatarra homicida. Mi grito para alertar a Marcela llegó tarde y todo su cuerpo voló por encima del capó, despidiendo su menudo cuerpo al otro lado de la calle. Y con un estrépito ensordecedor, el coche desapareció acelerando y precipitándose hacia la salida del callejón.

Corrí llena de angustia y me abalancé sobre ella. La cogí en mis brazos, empapadas ambas, por la fría lluvia que caía sobre el asfalto. Su boca no pronunció palabra alguna, pero su mirada era un grito aterrador, una silenciosa súplica que comprendí enseguida.

Allí, de pie en la calzada, dos pares de ojos negros me miraban, confundiéndose en un abrazo de mutuo consuelo. Se habían quedado solos. La sal de sus lágrimas se diluía en el dulzor de aquella lluvia que no cesaba. Y supe por primera vez, hundiendo su cara en mi regazo, lo que era que alguien muriera en mis brazos.

El día antes de volver a España me dije a mí misma que tenía que hacer algo. Ya no podía permanecer indiferente. Había algo en esa mujer, en su despedida con forma de enormes ojos tristes, que me conmovió.

Su muerte no podía quedar así. Mi vida no podía quedar así.

No quería convertirme en cómplice de esa cadena. Con mi silencio contribuía a que nunca pudiera romperse. Tenía que haber una salida. No todo podía ser tan triste.

Me enviaron a Buenos Aires con un encargo muy claro de la sección editorial del periódico para el que trabajaba en Madrid. En el avión que me traía de vuelta a España no pude dormir. En mi cabeza bullían aquellas imágenes de los diez días de otoño austral, en los que fui testigo de primera mano de una realidad tan desconocida para Europa. Y sin saber cómo reaccionaría mi superior, cogí mi dossier, y hoja por hoja, rompí todo lo que había hecho.

“Buenos Aires, la capital del cartón” fue el nuevo título de mi reportaje.

Como única arma, yo contaba entonces con la denuncia. Y le presenté a mi jefe la realidad que había vivido: mi ética me impedía poner por encima de la desesperación, los teatros, las luces, las milongas y el mítico tango argentino. Tenía una deuda con Marcela. Estaba decidida a cambiarlo, a modificar mi reportaje. Pesara a quien pesara.

Pero por aquel entonces, no era consciente de que le había cambiado el título a toda mi vida; que aquella experiencia me había marcado y que ya nunca volvería a ser la misma. Necesitaba que la gente supiera quiénes eran los cartoneros. Ante mi vehemencia y mi irrenunciable posición, me dieron permiso para publicar mi reportaje.

En mi vuelta a la rutina, poco a poco, e incapaz de olvidar ni un solo día lo que había vivido, se fue gestando en mi mente, primero como un punto de luz en la lejanía, y luego como algo cada vez más palpable, una salida. Una idea, que iluminaba todo mi interior, embargándome de una sensación de entusiasmo creciente.

¿Realmente sería posible? ¿Sería acaso una locura? ¿Un proyecto abocado al fracaso antes de empezar siquiera? Estoy convencida de que las cosas no ocurren por casualidad. Todo está conectado.

En un periódico se utiliza papel. Yo misma había utilizado kilos al cabo de un mes. ¿Cuántos cartones había de vender un cartonero para que se fabricara el papel que yo derrochaba? En mi mesa de trabajo, la culpa me asaltaba, martilleándome el alma.

¡Ella me había salvado la vida, y yo no pude hacer nada por salvar la suya! 

Y entonces, palabras aparentemente sueltas, comenzaron a saltar de un lado a otro de mi mente como un puzzle caprichoso que bailaba en mi cabeza. Y abrieron en mi interior una posibilidad de redimir mi impotencia. Cartón… papel… reciclaje. Libros. Cultura. Futuro. 

Con cierto temor, después de ver la buena acogida de mi reportaje, le expuse a mi jefe mi intención de embarcarme en un proyecto, una manera de resucitar el espíritu de Marcela en lo que ella anhelaba para sus hijos: Educación.

Libros hechos con cartón. Una editorial que fabricara libros de cartón reciclado. Todo un símbolo. Un homenaje hacia ella. Serían más que libros. Serían un canal de futuro. Una oportunidad para la gente, un atisbo de luz entre tanta oscuridad.

A los dos meses de estar en Madrid, renuncié a mi puesto, cogí una maleta roja y metí en ella solo las pertenencias imprescindibles para empezar una nueva vida en Buenos Aires. Me despojé de mis prejuicios, de mis antiguas y cómodas convicciones, y decidí que mi aventura tenía que salir bien. Por mí, y por ellos.

Aún me estremece recordar las tibias lágrimas de gratitud callada de Valeria -la hermana de Marcela- la única familia que le quedaba a sus hijos. El brillo de esperanza en sus ojos cuando les conté que yo misma les llevaría a una escuela, fueron como un bálsamo para mí. Aun así, estaba muerta de miedo. No  sabía si la editorial saldría adelante, pero tenía que intentarlo.

Como todos los comienzos, los tiempos fueron duros. Hubo momentos en los que dudé de estar haciendo lo correcto. Mi sentido de la responsabilidad me llevaba a preguntarme si no me habría embarcado con esta gente en una quimera, arrastrándoles conmigo hacia la nada.

Poco a poco conseguí contagiar mi entusiasmo por el proyecto a personas del barrio que se ofrecieron a ayudarme a cambio de un pequeño sueldo. Nadie sobraba. Todos eran útiles. Con mucho esfuerzo y grandes dosis de ilusión, conseguimos alquilar un local y formar una pequeña cooperativa: La Mirada Escondida.

Hoy somos seis personas trabajando en el Taller. Valeria, a la sombra de las parras de uva chinche, y envuelta en la cadencia nostálgica de los tangos de Gardel, aprendió a coser con increíble habilidad el rugoso papel reciclado.

Ahora, bajo la penumbra de una lámpara, escribo en mi mesa del taller. Me acompaña el canto nocturno de los grillos, me arropa la tibieza del aire de verano, y solo rompe el silencio de la noche el rasgueo lejano de una guitarra. Muchas tardes noto que en el aire dulzón del patio, Marcela me mira desde algún lugar etéreo, y entre hoja y hoja encuadernada, me cuenta que ya no tiene frío. Que descansa tranquila porque sus  hijos están donde deben estar: manchándose las manos con tinta, no con desperdicios.

No sé qué extraña brújula trajo mis pasos hasta aquí. Creo que hay una fuerza que nos empuja a transitar caminos escondidos que nos llevan, sin darnos cuenta, a la consecución de nuestras metas.

Hasta entonces, hasta que encontré la mirada escondida de Marcela, mi vida había estado hueca, repleta de prisas y de cosas materiales, acumuladas sin orden ni sentido. Habrá quien pueda pensar que sacar a seis personas del vertedero no es gran cosa, que esto no va a salvar al mundo, que las cosas seguirán siendo igual. Pero cuando veo que hay un futuro posible, que vuelven a tener dignidad, siento paz. Siento que he pagado mi deuda. Porque aquí, cada libro se transforma en una oportunidad que cambia la vida de muchas personas. Nuestro trabajo, silencioso y modesto, llega a escuelas rurales, ferias. Pero, antes que nuestro trabajo, yo necesitaba que llegara nuestro mensaje.

Cada libro de cartón es un pequeño milagro. Es como sacar vida de los escombros. Es el embrión de una nueva vida, que surge con fuerza de la semilla que Marcela sembró en mí. Estoy viviendo no sólo acorde a mi conciencia, sino buscando hacerle un hueco a la justicia. En un mundo donde nos importe el sufrimiento de los demás. Donde nadie nos resulte indiferente. Donde seamos incapaces de ser felices si no logramos que lo sean los demás.

Por eso, una paz tibia y envolvente me trae el recuerdo de mi amiga, cuando me siento una tarde al mes, a la vera del lugar donde descansa. Y hablo con ella de la vida, de sus hijos, de las cosas que nos pasan, de sus libros…

Y en la sencilla tumba donde hice enterrar sus restos, cada tarde al mes -quizás con la secreta intención de que su muerte tenga un significado-  leo este último mensaje que le arranqué a la piedra de su lápida.

“Gracias Marcela. No pude evitar tu muerte, pero con ella encontré el sentido de mi vida”

 

El color de las almas

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Aquella tarde plomiza en un café, lo cambió todo.

Aunque yo ya tenía treinta y seis años, temblaba como un niño de ocho. La misma edad que tenía cuando te conocí de verdad.  Cuando nuestros destinos, disfrazados de juegos infantiles, rotularon dos líneas paralelas, que nunca se juntarían. O al menos eso pensé durante muchos años.

Removía mi café, tintineando la cuchara contra la taza, mirando hacia uno y otro lado de la calle, para ver si te veía antes que tú a mí y comprobar si te reconocería después de tantos años.

Cuando entraste, el cascabel de la puerta sonó con su campanilleo alegre y metálico. Tus ojos azules me miraron directamente, y una sonrisa espontánea se dibujó en tu rostro. Yo creía que mi corazón daría un salto mortal dentro de mi pecho. Todo mi pasado y toda la felicidad que me robaron, se agolparon en mi alma durante esos instantes en que nos miramos, reconociendo nuestros antiguos rostros en la madurez de los actuales.

Tu carta era escueta e intensa. “Necesito volver a verte, tenemos que hablar”.

No recuerdo haberte preguntado cómo conseguiste mis señas, cómo diste conmigo después de tanto tiempo. Estaba tan emocionado que no reparé en aquel detalle. Lo importante es que eras tú, que me habías encontrado, y que volvería a verte. Lo demás carecía de interés para mí.

-Me alegro tanto de verte de nuevo…- fueron tus sencillas pero sinceras palabras.

-Yo también… – atiné a decirte mientras nos abrazábamos, para preguntarte después cómo estabas, qué había sido de tu vida, en dónde habías estado todos esos años. Eras abogado en un bufete de Argüelles y tu vida había sido convencional y cómoda; la mía había sido mucho más difícil. Mis padres, mis queridos padres… Murieron fusilados como delincuentes en la guerra, y ni siquiera me dejaron una tumba donde poder llorarles. No pude despedirme de nadie en el pueblo, ni siquiera de ti. Solo y sin rumbo, me convertí de la noche a la mañana en huérfano de guerra, que se vio cogido de los hombros por manos desconocidas en una fría sala de hospicio, mirando desconcertado y con el corazón helado, lo que sería su vida de ese día en adelante. Solo llevaba conmigo una raída maleta de cartón, con mi escasa ropa y mi piedra azul.

Al día siguiente de cumplir los dieciocho, después de años sin poder acostumbrarme a la soledad, el orfanato dejó de ser un lugar para mí. Tenía que irme, madurar y encontrar un trabajo. Y otra vez me sentí abandonado, terriblemente solo y sin nadie a quien recurrir. Ese lugar era espantoso, pero era lo único que conocía; lo más familiar que tenía a mi alcance. Me dieron algo de dinero para arreglarme los primeros meses. Puedo decir que tuve suerte, porque encontré a un buen hombre -Marcial, dueño de un taller mecánico- que me tomó como ayudante. Con él trabajaba a cambio de una cama y dos comidas calientes al día. Creo que le di una pena inmensa. Su mujer era amable y guisaba muy bien. No tenían hijos, creo que por eso se apiadaron de mí, al verme tan flaco y  desaliñado. Poco a poco fui aprendiendo y me convertí en un buen mecánico; entre los dos llevábamos el taller y empecé a tener mis primeros ahorros. Se puede decir que con ellos establecí un vínculo que nunca fue de amor filial, pero les guardo una enorme gratitud. Gracias a ellos aprendí un oficio, y pude vivir dignamente. A su lado, sin ser demasiado demostrativos conmigo, me sentí persona de nuevo.

Hace unos años pensé en irme de la casa, tomar las riendas de mi destino y empezar de cero, pero la vida tenía otros planes para mí. Por entonces, Marcial sufrió un derrame cerebral. Impedido y en una silla de ruedas, veía pasar la vida por una ventana del salón. Su mujer le cuidó día y noche, y yo no fui capaz de dejarlos así. Seguí encargándome del taller, pero me busqué un piso de alquiler, necesitaba tener mi propio espacio.

Sin embargo, seguía estando solo, nadie me quería y yo no lograba querer a nadie. Estaba hueco por dentro. Mi alma vivía atormentada por ese vacío que me asfixiaba, materializándose en pesadillas cada vez más frecuentes. Mi niñez estuvo repleta de amor, de felicidad, de instantes mágicos ¿Qué había pasado?¿Quién me quitó todo de golpe? me preguntaba, cuando la soledad me desgarraba el alma, y el miedo la hacía girones. Solo entonces, cuando llegaba a esas encrucijadas y los fantasmas me despertaban, conseguía nombrar a mis padres y llorar. Llorar desconsoladamente hasta dormirme de nuevo.

-Emilio…- tus manos se deslizaron por encima de la mesa, buscando las mías, en un gesto entre la compasión y el amor. Al percibir tu calor, sentí como si todo el sufrimiento que había aplastado mi alma durante años, se levantara como la niebla espesa que se esfuma al contacto con el sol. Yo te quería, siempre fuiste mi amigo. Y desde que me arrancaron de los brazos de mis padres, y de tu lado, vivía de tu recuerdo. Aunque era consciente de que nunca volvería a verte, me negaba a olvidarte. Como un penitente que se niega a abandonar su condena.

-¿La traes contigo, aún la conservas?- me preguntaste sorprendido, como si no te creyeras que todavía la llevara encima.

-¿Te acuerdas…?- te dije con una sonrisa cómplice, mientras extraía de mi bolsillo la piedra azul de nuestra infancia -Ya ves, está gastada, la pintura se ha ido quitando con el roce- te miré intensamente -Pero siempre la llevo conmigo.

Mis ojos empezaron a buscar, interrogantes, en tu ropa, en tu maletín.

-¿Y la tuya?- pregunté ilusionado, convencido de que jugabas a esconderla para hacerme rabiar, como cuando éramos críos.

-No la traje- contestaste con pena en tu voz, y algo de culpa en la mirada -La perdí hace años, en una mudanza.

-Ahh… vaya- musité decepcionado. Tú viste la desilusión en mi gesto, y reaccionaste rápidamente.

-¡Pero era tan bonita! Todavía estaba roja cuando se me extravió. Yo la cuidaba mucho Emilio, la tenía siempre en un lugar visible. Era lo único que me quedaba de ti. No te enfades conmigo… – de repente el tono de tu voz cambió y se volvió alegre, evocador -¿Te acuerdas…? ¡Qué amigos éramos… y contra todo pronóstico!- te sonreí melancólico -¡Inseparables!

Empezaste a recordar entonces la tarde en que germinó nuestra amistad -en plena guerra civil, como una semilla de vida- entre tanta muerte y penurias. Las adversidades forjan amigos de verdad, de los que son para toda la vida. Habíamos tenido la desgracia de nacer en familias de un mismo pueblo, pero de distintos bandos. Mis padres eran republicanos convencidos, y era algo público y notorio para todos; mi padre no se significaba mucho, pero no se escondía. Decía que él no tenía que avergonzarse de sus convicciones, y me educó para que yo tampoco lo hiciera. De tal suerte que yo era Emilio, el hijo del Rojas. Y tú, Fernando, eras de esos niños con una cierta posición, de los que merendaban pan con chocolate, iban a escuela de curas y gastaban apellido, nunca mote. Aunque entre los críos te llamábamos Fernandito El Comandante, por eso de que tu padre era militar, aunque nunca supimos bien qué rango tenía. Cosas de críos.

Lo cierto es que unos y otros niños nunca jugábamos juntos, y tú me resultabas especialmente repelente. Creído, soberbio y mandón. Cada vez que coincidíamos me mirabas con cara de asco, y yo hacía lo propio, regalándote a tu paso -siempre sin que me vieras- un escupitajo, para rubricar mi rechazo por los chavales como tú. Si alguien me hubiera pedido por juramento saber si algún día me jugaría el pellejo por ti, hubiera jurado a gusto que nunca jamás.

Una tarde en que volvía a casa, con media luz -casi anocheciendo ya- vi un grupo de chavales que tiraban piedras corriendo detrás de una diana móvil, que escapaba del asedio tapándose la cabeza con los brazos. Eché a correr y cuando reconocí al Comandante mi primer impulso fue unirme al batallón y ayudarles en su cometido. Pero cuando te vi caer, después de recibir un impacto fortísimo en la frente, me detuve y grité a los otros:

-¡Ya vale! ¡Le habéis dado, hombre!! ¡Le habéis dado en la cabeza, bestias!- y la chavalería, al verse comprometida, salió disparada en dirección al pueblo, sin detenerse ni mirar atrás.

Te miré, no sabía si te habían matado. Me agaché a tu lado y vi que un reguerillo de sangre salía de la brecha, de un enorme huevo que tenías en la frente. Y en el suelo, a tu lado, el proyectil: una piedra manchada de rojo. Me la guardé en el bolsillo.

No sabía qué hacer. Si acudía en busca de alguien te dejaba allí solo, casi de noche, en mitad del campo. Si no avisaba, no podrían socorrerte ni llevarte con tus padres. Intenté despertarte, dándote palmadas en las mejillas “Fernando… ¡Fernando despierta!” y tus ojos se abrieron en una mirada turbia. Al cabo de un rato, parecías más consciente y me sonreíste al reconocer una cara familiar. Entre los dos, casi cargándote a mi espalda, conseguimos llegar al pueblo. Don Servando, el médico, me dijo luego que despertarte fue lo mejor que pude hacer, que había sido muy valiente y me regaló una chocolatina.

A partir de aquel día firmamos un pacto tácito de no agresión, y nuestras mutuas resistencias de antaño, se fueron rompiendo. Un día me invitaste a cazar ranas, y yo acepté muy complacido. No eras tan antipático como yo había pensado. ¡Cuántas tardes de caza desde entonces! Ratones de campo, escarabajos, ranas, arañas… éramos el terror de todo bicho que se movía. Compartíamos partidos de fútbol, con tu pelota, por supuesto. Hacíamos carreras de caracoles, concursos en el terraplén de la Reguera para ver quién echaba la meada más larga… Levantábamos las faldas a las chicas, tocábamos la puerta de las casas y salíamos corriendo… ¡cuánta diversión despreocupada y sana!

Pero el día que te ganaste mi corazón fue cuando me dijiste que  fuera a buscarte a casa, que tenías dos bicicletas. Esa tarde iríamos a dar una vuelta por ahí. No me lo podía creer… ¡una bicicleta! Era lo más deseado por un niño, el juguete máximo. No había nada que yo pudiera desear más que dar una vuelta en bici contigo, mi buen amigo Fernando. Pero la vida siempre nos reserva sorpresas, y aunque yo me lo temía, no dejó de ser amarga.

Tus padres ya habían sido avisados de que te veían frecuentar al hijo del Rojas, gente muy poco recomendable. Por lo visto ya te habían prohibido en numerosas ocasiones mezclarte con muertos de hambre. Te habían prohibido jugar conmigo y que me acercara a la puerta de tu casa, faltaba más. Pero tú hiciste caso omiso y saliste a buscarme. Esa noche dormiste con el trasero caliente. Yo por mi parte, tenía expresamente vedado verme contigo. Mis padres me decían que eligiera bien mis amistades, que los de tu calaña erais unos traidores.

A partir de aquel día fuimos amigos entrañables, a pesar del evidente rechazo de nuestros padres. Al intentar separarnos y ser objeto de constantes castigos y regañinas por seguir viéndonos a escondidas, consiguieron que nuestra amistad se hiciera más fuerte y echara raíces profundas, empujada por la fuerza de la prohibición. Supongo que una de esas veces en que te riñeron por desobedecer, me propusiste firmar un “pacto de sangre” muy peculiar.

Yo guardaba la piedra con la que te habían herido aquellos niños, y tú cogiste otra.

-Tú me ayudaste una vez, y esta piedra es la prueba. Yo he encontrado esta otra ¿A que es bonita?- yo asentí.

-En el pueblo hay gente que os llama “Rojos” a los que son como tú y tu familia. Pero también hay gente que a nosotros nos llama “Azules”. Así que he pensado que vamos a pintar estas dos piedras, una de rojo y otra de azul. Tú lleva siempre encima la piedra azul, que soy yo,  y yo llevaré siempre la roja, que eres tú. Así siempre estaremos juntos, digan lo que digan nuestros padres. Y tenemos que prometer cuidarlas siempre y no perderlas jamás, porque son como nuestra amistad. Fuerte, dura, irrompible ¿De acuerdo?

Yo asentí sin dudarlo ni un instante. Trajiste pinceles y pinturas al óleo de tu madre. “Si se entera, me mata” fueron tus palabras, y riendo pintamos, alborozados y cómplices, nuestros símbolos.

Pudimos seguir viéndonos así, casi a escondidas, mucho tiempo, ya no lo recuerdo; cuando somos niños el tiempo es subjetivo, quizás fueron meses y a mí me parecen años. Pero una noche, todo cambió.

Llamaron a la puerta unos hombres, luego supe que había sido la Guardia Civil. Nunca olvidaré esa noche. Preguntaron por mis padres, y al escuchar que los reclamaban, salieron a ver qué pasaba. Sin mediar palabras ni explicaciones, los cogieron violentamente y los arrastraron a un furgón. Y a mí, entre gritos y llantos, me metieron en un coche negro, donde otros dos hombres esperaban. Nunca podré olvidar las súplicas de mi madre, que estiraba los brazos hacia mí, rogando que no nos separaran. Todo fue tan repentino, tan violento… tan horrible. La negra noche engulló  el amor de mi familia, mi seguridad, mi casa, mi pueblo, la inocencia de mi niñez, a mis amigos, a ti… Ni a mi peor enemigo le deseo algo así.

Desde entonces he sobrevivido, pero nunca he vuelto a ser feliz. Hasta esa tarde, en que volvimos a encontrarnos. Sólo estar contigo sentado en ese café, recordando momentos hermosos y desahogando mi amargura, proporcionó a mi alma un bálsamo curativo, tan poderoso como necesario.

-Emilio, de eso quería hablarte…- dijiste con la voz rota -Llevo con este peso mucho tiempo, demasiado, y no puedo más. Yo siempre te admiré y te quise sinceramente. Fuiste un amigo como pocos, y aunque a partir de hoy me odies y reniegues de mí, mereces saber la verdad.

-No entiendo- te dije abrumado, con un miedo atávico y premonitorio que me subía desde el estómago y de repente, ahogaba mi garganta -¿De qué estás hablando?

-Fue mi padre- bajaste los ojos -Él fue quien denunció a tus padres…

Tu mirada volvió a mí pidiendo comprensión, pero yo me levanté de la silla, incrédulo y furioso, partido por un hachazo de confusión y dolor. Cogiste mi brazo para que me sentara de nuevo, pero te aparté con una sacudida feroz.

-¡Por favor, siéntate y escúchame! Tienes que oírlo todo hasta el final… Yo me enteré de esto cuando mi padre murió y me lo contó… yo no sabía…- mis ojos estaban anegados de lágrimas, y la decepción me atravesó el pecho con un dolor tan lacerante como nunca antes había sentido. Estaba ofuscado y no quería oír más.

-¡¡DÉJAME!!- te grité, y toda la gente que estaba en la cafetería se dio la vuelta. Bajé la voz- Déjame… o monto un espectáculo aquí mismo si no me sueltas…

Tus ojos me suplicaban que te escuchara, que te diera esa última oportunidad. Pero todo el cariño que sentía por ti se convirtió en odio, por esa rara alquimia que la verdad a veces opera en las emociones.

-Emilio, por favor, perdóname…- me suplicaste -Yo sé que es difícil después de todo lo que has sufrido, enterarte de que esa desdicha tiene nombre y que es el de mi familia. Te juro que daría la mitad de mi vida por ahorrarte este sufrimiento, por haber nacido en otra parte. Yo era y sigo siendo tu amigo, pero tú sabes que ellos se odiaban, que no me dejaban estar contigo, y la mejor manera que encontraron de separarnos fue…

-¡¡Basta, no quiero escucharte, no quiero saber más!! No quiero volver a verte… ¡¡NUNCA MÁS!!

Estaba demasiado herido como para razonar contigo en ese momento. Lo último que hubiera imaginado es que toda aquella tragedia te la debiera a ti, querido Fernando. Saqué de nuevo del bolsillo mi piedrita azul, y tirándola encima de la mesa, hice lo que creí que podría hacerte más daño, porque eso era lo que quería: hacerte pagar y que sufrieras mi desprecio.

-Tómala… ahí la tienes, no la quiero. Ya no necesito llevar conmigo el sucio recuerdo de un traidor. Mi padre tenía razón: los de tu calaña no sois más que traidores, lobos disfrazados de corderos.

Y me marché, asqueado contigo y conmigo mismo.

Los años han pasado inexorables desde aquella tarde en que me juré no confiar nunca más en nadie. Me encerré en mí mismo, en mis recuerdos, rumiando mi rencor y desperdiciando mi energía en odiarte ¡Si tú supieras lo que me costaba hacerlo! Tenía que esforzarme para renegar de todo lo que habías significado para mí. Me costaba comprender por qué habías callado tanto tiempo, por qué no me habías buscado antes.

Y en el ocaso de mi vida, me pregunto por qué fui tan necio, porqué intenté justificar mi desprecio escondiéndome tras la trinchera de mi tragedia personal. Sólo hizo falta una llamada telefónica para trastocar mis planes.

-¿Señor Emilio Castaño?- le confirmé que, efectivamente, era yo-  Lo llamo porque Ud. es el único familiar del que nos ha dado referencia el señor Delgado.

Mi alma dio un respingo.

-¿Fernando? ¿Qué le pasa?- le exigí a la voz femenina que estaba detrás del teléfono -Ha sufrido un accidente de tráfico, está ingresado en La Paz. No puedo darle detalles por teléfono, pero sería conveniente que viniera- corté el auricular y salí corriendo hacia el hospital.

Seis meses en coma. Seis meses sentado a tu lado, cada día, en la UVI. Es cierto que nadie venía a verte; me pregunté muchas veces qué había pasado con tu familia, con tu hermana. Por dentro, me dije que estabas pagando, pero ¿es que había algo que pagar?

Me sentía mal, culpable. Te condené y nunca te di otra oportunidad de explicarte. Tú no eras tu padre. No eras responsable de aquel acto cobarde y ruin que me arrebató la posibilidad de una vida normal. Te condené porque necesitaba tener un causante de esa pena, alguien en quien descargar toda la ira que llevaba dentro, enquistada en mi alma. Pero al verte así, desvalido y solo, me sentí un verdadero miserable.

Una mañana despertaste, así… sin más. Al principio me alegré al ver que habías vuelto, ahora podríamos hablar, explicarnos cosas… con calma.

-No podrá volver a caminar, probablemente tampoco podrá hablar- sentenció el médico en su informe -Su avanzada edad, y la parálisis que sufre, hacen que requiera de una atención constante y especializada. No puede vivir solo.

-No lo hará, no se preocupe. Vivirá conmigo, yo lo cuidaré- lo dije sinceramente, me salió del alma. Pero el médico no parecía conforme, yo también soy mayor, y no podía atender a un enfermo así yo solo -Tendrá una enfermera las veinticuatro horas en mi casa, no se preocupe, doctor, sólo deme el tiempo necesario para recoger sus cosas en el piso.

Saqué ropa y calzado de tu armario, algunos libros, unos discos de jazz y tango y los puse en la maleta. Repasé la casa y tu cuarto con la mirada, por si pudiera olvidarme de algo. La mesilla… me dije, quizás tenga medicamentos. Al abrir el cajón vi una cajita de cartón gris que llamó mi atención, parecía vieja. No quise husmear, me parecía algo incorrecto. Pero no sé por qué, había algo en ella que me llamaba, que me pedía abrirla. Al retirar lentamente la tapa, creí que mi corazón se desbordaba de ternura: allí estaban juntas las dos piedras, una azul y otra roja.

Sentí tanto alivio al ver que no me habías olvidado, al comprobar que mi recuerdo te había acompañado siempre… que el perdón brotó dentro de mí, ahora sí, sincero y fácil. No te llevaba a casa conmigo por pena, por humanidad. Te llevaba porque quería, porque eras mi amigo y no era justo que te dejara solo. Quería juntar nuestras soledades, como esas dos piedras que descansaban en una cajita. Así tenía que ser.

Y aquí estamos, amigo. Ya estás en mi casa, en tu casa. Tu desconcierto es evidente, aunque no puedas hablar. Sé que no entiendes cómo alguien que te odia, que te despreció hace años, puede ofrecerte todo de repente. Por eso esta tarde he querido explicártelo, y después de la merienda, cuando te acomodaron en tu cama, me senté a tu lado.

Me miraste con desconfianza, como si no te fiaras de mi repentina compasión, y creyeras por un instante que urdía un plan para rematarte a solas. Te tranquilicé con una sonrisa; cogí con cuidado tu mano buena y mirándote a los ojos, sin decir nada más, la abrí y deposité con suavidad las dos piedritas en tu palma. Tu boca no podía articular palabra pero tu mente estaba lúcida, y  entendió el mensaje. Tus ojos empezaron a nublarse por las lágrimas, que rodaron mejillas abajo, y lanzaste tu mirada hacia mí, intentando hablar.

-Shhh, no te preocupes. Está todo hablado. Ahí estamos, Fernando. Ahí estamos tú y yo. Como siempre debimos haber estado: dos piedras, dos almas que nunca debieron separarse. Entiendo por qué me mentiste cuando me dijiste que ya no tenías mi piedra roja; comprendo tu vergüenza y la culpa que sentiste cuando supiste lo que hizo tu padre. Fui un necio, un estúpido. Ahora soy yo el que necesita que lo perdones… ¿Lo intentarás al menos?

Quisiste hablar, pero no podías. Solo balbuceabas cosas ininteligibles. Mi corazón se desbordaba de emoción al notar que querías decirme cuánto me habías echado de menos. ¡Cuántas cosas nos habíamos perdido! Extendiste tu mano abierta, que aún sostenía las dos piedras, pidiendo mi perdón, que estaba deseando darte, y mi amistad, que estaba deseando devolverte.

-El alma no tiene color, Fernando. No somos ni rojos ni azules, somos simplemente amigos. Nunca hemos dejado de serlo. Déjame cuidarte, hasta que Dios quiera que nos separemos.

Cubrí tu  mano con la mía, y ambos apretamos fuertemente aquellas piedrecitas. Así estrechamos entre nuestras arrugadas pieles, el espíritu joven de un cariño fraternal que -a pesar de todo y de todos- nunca se había apagado dentro de nosotros.