Las tormentas

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Me gustan, me encantan los días de tormenta. Escuchar cómo se va elevando el tono de la música en las hojas, la percusión lejana de los truenos en el fondo del horizonte, el baile del toldo que el viento zarandea en la terraza. Si puedo, me siento a fumar para ver caer las primeras gotas y sentir el frescor del agua en las plantas. El olor a tierra mojada multiplica mi placer hedonista y me abandono dentro de mi pequeño jardín de Epicuro.

El cielo pesa tanto que se derrumba sobre la tierra, me gusta contemplar cómo descarga todo su poder desde el refugio de mi atalaya. Sin radio, sin tele, sin móvil. La tormenta y yo.

Me preparo un té frío y me vuelvo a sentar. En ese lapso el color de las flores ha cambiado, revientan de verdes, malvas y morados. Responden abiertas a la bendición que les viene de lo alto. La lluvia ya cae con fuerza y parece que va a durar, observo los pequeños círculos que hace en el suelo. Pienso en el campo, estarán contentos los agricultores. Bueno, no. Nunca están contentos, siempre es demasiada lluvia o demasiado poca.

Pasa una nube espesa y negra que trae la tempestad en sus entrañas. Los truenos ejecutan violentos su partitura atronadora. La brisa racheada arrastra mis recuerdos y se pierden en una tormenta similar, hace años, en un viaje que hice siendo muy joven. Nos pilló a mis hermanos y a mí con una Cirila Citröen desvencijada, cruzando por caminos de tierra, y no tuvimos mejor idea que intentar armar la tienda de campaña para refugiarnos del huracán. Se nos pegaba la tela al cuerpo, se nos enredaban los vientos y acabamos empapados, mirándonos con las estacas en la mano, muertos de risa y llenos de barro hasta las rodillas. Un fracaso rotundo. Pero no recuerdo haberme divertido tanto en un viaje. La nube pasa y la lluvia flojea un poco.

La brisa levanta mi flequillo y me trae otra vez al presente. Cierro los ojos y me acuerdo, como se acordaba siempre mi madre, de la gente que vive en la calle. “¡Qué linda es la lluvia!- me decía- pero pienso en quien no tiene dónde refugiarse… pobre gente. Por eso dicen que el verano es el poncho de los pobres” La sabiduría y la sensibilidad hecha mujer, mi madre. Y yo acabo siempre compungida como ella, pensando en aquéllos que se empapan, que pasan frío, que solo tienen el calor de unos cartones en invierno y la soledad del rechazo, todo el año.

El agua golpea la baldosa de la terraza y tamborilea creando una armonía musical extraña. Detengo mi mirada en unas hormigas negras que intentan escapar infructuosamente de los pequeños charcos, océanos furiosos para ellas. Mis pensamientos van a la deriva y no sé por qué toman tierra en otras gentes, que miran al mar buscando una esperanza, aspirando algo sencillo: un lugar donde tener la sensación de estar en casa y mirar cómo llueve, cómo juegan los niños, tomando una cerveza fría después de un día de trabajo y calor. Un lugar donde sentarse y donde sentirse libre. El mismo viento que peina mi flequillo es el que azota sus caras en el mar, les da vuelta el bote, masacra sus vidas y a veces, solo a veces, los empuja hacia estas costas donde quizás, con mucha suerte, encuentren quien los rescate. No sé si puede llamarse suerte. Ellos se dejan la vida por tener algo parecido a lo que yo tengo, y yo lo cambiaría todo por tener alguien con quien compartirlo. En qué nos estamos convirtiendo, me pregunto.

Los rayos se van alejando, siguiendo su trayectoria hacia el este. El toldo llora sus últimas lágrimas concentradas en la tela y el aire se calma, pero dentro de mí se levantan otros vientos. Quizás por eso me gusta tanto la compañía de una buena tormenta; el ruido de fuera me hunde en una dulce narcosis que difumina durante un rato mis truenos interiores.  Los nubarrones se alejan y doy una última calada al cigarrillo, se acabó el recreo.

Y me meto de nuevo en casa, en esta vida de una sola silla, de una sola taza, de libro para leer con una sola mano. Me gustan los días de tormenta porque mi soledad parece elegida.

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Laura DÍEZ BILBAO

Un rescate de ida y vuelta

Todo había pasado ya, y sin embargo seguía temblando bajo el consuelo de una manta. Solo cuando notó que aliviaba sus heridas me permitió tocarlo. No era fácil fiarse de unas manos humanas como las que lo golpearon en una jaula sucia. Demasiadas noches viviendo encadenado en la pared de una muerte segura. Devorado por las pulgas del hambre.

Pero una mañana ocurrió. Al oírme entrar a la consulta, enderezó las orejas y en su boca jadeante creí ver una sonrisa; el velo de desconfianza que empañaba su mirada se había disipado y fantaseé con que se alegraba de verme. Temblaba cuando acaricié su restaurado brillo, pero me lamió y se retiró con sumisa prudencia, como temiendo que tal osadía le costase una paliza.

Después de muchos años de llamarlo por su nombre, los carbones de sus ojos se licuaron de pura gratitud. No supe entender que se estaba despidiendo, como tampoco supe explicarle que soy yo quien está en deuda con él. El latigazo cariñoso de su cola –despertándome de las pesadillas recurrentes- y el regalo de su amor perruno, entibiando la soledad que me dejó aquel accidente fatal, me mirará desde las fotos. Como ellos.

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El día que me quieras

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Aunque era febrero y hacía frío, le apetecía sentir en la cara el sol invernal. Terminó de afeitarse y masajeó su piel con loción. Echó una última mirada a su aspecto: le puso ojos seductores a su reflejo y esbozó una sonrisa de caballerosa apostura, mientras con una mano alisaba con cuidado los nevados cabellos, perfectamente domados por la gomina. En algún lugar quedaba algo de aquel galán que había sido una vez.

Consultó su reloj: las once. Carlos no tardaría en llegar. Con su habitual prisa, con su habitual ajetreo de vida, empeñado en estar tremendamente ocupado en todo para no ocuparse nunca de lo importante. Cría cuervos…, pensó.

Se puso la chaqueta de lana inglesa que su mujer le había regalado hacía años y se enroscó la bufanda. Con paso lento y elegante salió al jardín de la residencia de ancianos y se sentó en el banco verde de madera. Entretuvo la espera observando los primeros brotes de los rosales; su hijo llegó, escandalizado, al verlo sentado afuera.

-¡Papá! ¿Quieres coger una pulmonía? ¡Por Dios, vamos dentro! ¡Pero qué ocurrencias tienes!- exclamó, levantándolo por el codo.

-No tengo frío- dijo soltándose, sereno -Quiero ir al cementerio, a ver a tu madre.

-¿Ahora mismo? ¿Tiene que ser precisamente ahora?

-Ahora.

-Estás muy raro últimamente, no sé qué te pasa. Hace años que no vamos al cementerio.

-Necesito ir ¿Me llevas o voy solo? Si tienes prisa…

-Bueno… es que… Tienes que avisarme de estas cosas, papá… ¡Yo tengo una vida! Sabes que no puedo disponer así de…

-Vale- se levantó y se acomodó la chaqueta -Voy yo. Gracias por venir a verme.

Carlos miró al cielo, resignado, y echó a andar detrás de su padre.

-¡Espera! Te llevo y… comemos juntos. Yo invito.


Lo dejó en la acera, y el coche arrancó con el escape enfurecido. Sabía que aquella visita a la tumba de su madre y la conversación posterior no le habían gustado, pero él ya era muy mayor para esas tonterías.

Tocó el timbre de la residencia  y desde dentro una voz familiar le contestó. La chicharra sonó al tiempo que se abría la valla. El sol de la tarde bañaba los árboles y el césped, pajizo por las heladas, bordeaba el camino de loseta que lo llevaba hasta su rincón favorito. Alguien -bendito sea- había puesto tangos en la megafonía exterior. Se acercó hasta el templete, que las glicinias perfumaban en verano, y se sentó.

-Feliz San Valentín- le susurró, enseñándole una rosa.

La mujer, con un chal abrigándole las piernas, le dedicó todo el cielo en su mirada. Sonriendo estiró su mano, y azorada, se quedó mirando la flor.

-Siento que ella lo aprueba- dijo aliviado, como si le hubieran concedido permiso para enamorarse de nuevo.

-¿Y tu hijo?

-Está muy ocupado consigo mismo. No necesito su permiso.

Ella se llevó la rosa a la nariz, con dedos temblorosos.

-No quiero separarte de tu única familia, Pedro ¿Estás seguro?

Giró la silla de ruedas hacia él y contempló su bello rostro de terciopelo ajado. Las arrugas no habían mermado ni su encanto ni la luz de su mirada. Las suyas propias se suavizaron al evocar aquella verbena, bajo las lucecitas, donde se miraron a los ojos por primera vez, sesenta años atrás. Él canturreaba en su oído la letra del tango que la orquesta estaba tocando “El día que me quieras, la rosa que engalana, se vestirá de fiesta, con su mejor color…y al viento las campanas dirán que ya eres mía, y locas las fontanas, se contarán su amor…” Sus pasos vacilantes se movían entonces al ritmo de la seducción, y él se enamoró de su sentido del humor cuando le dijo en voz muy baja Cantas mejor que bailas, me estás pisando. Mejor te escucho ahí sentada.

Su mirada regresó al presente para decirle:

-Nunca estuve tan seguro de nada como ahora, que nos hemos vuelto a encontrar. Tú eres mi familia.

Como una profecía, en el jardín, Gardel empezó a cantar “El día que me quieras”. Él le guiñó un ojo, y con sonrisa irresistible, dijo:

-Ves, hasta el destino nos da su aprobación. Es la hora del café. ¿Vamos?

-Ya no voy a poder bailar contigo- dijo ella.

-Nunca supe bailar el tango. Mejor me escuchas, ahí sentada.

Se miraron, y de repente comenzaron a reírse, empapados de una sensación de travesura que les trajo de golpe toda la juventud de una época. Él se levantó y empujó la silla.

Siguiendo despacio el camino de loseta hacia el comedor, entrelazaron sus manos clandestinas, sin que nadie los viera. Y así, en secreto, decidieron que seguirían siendo jóvenes el resto de su vejez.

 

LAURA DÍEZ BILBAO

 

 

 

Justicia poética

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-No te confundas, lo estoy celebrando- dijo en un susurro. Morena, esbelta y pulcramente vestida, cruzó las manos delante del regazo y miró hacia abajo con desprecio por detrás de las gafas de sol.

-No me siento culpable, fue una casualidad.

Respiró y cerró los ojos, evocando.

‘Recuerda que tienes que congelarlo al menos dos días antes de consumirlo’ le había dicho la pescadera. Pero lo olvidó.

Cuando empezaron el picor y las náuseas, lo tranquilizó con una manzanilla. Al cabo de un rato la urticaria se convirtió en vómitos, y empezó a respirar con dificultad. El shock anafiláctico no tardó en aparecer. Cuando la ambulancia aparcó en la puerta de su casa, ya no pudieron hacer nada.

-A veces, muy pocas… la vida es justa, y las flores son para los miserables.

La mujer depositó el pequeño ramo en la losa de granito. Había pasado un año, pero sus golpes aún le dolían. Quizás porque los había aguantado demasiado y se le quedaron tatuados en el alma. El anisakis había acabado con él, pero no con su mal recuerdo.

 

Laura Díez Bilbao.

El misterio roto

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He perdido la cuenta de los años que han pasado. Llevo en esta familia desde el siglo XIX, pero pese a mi frágil memoria de viejo, recuerdo que, pocas veces, me han usado para lo que fui concebido. Y cuando lo han hecho, ha sido a solas, apartándome a lugares de silencio. Pero me gustaba lo que sentía cuando me tenían acunado entre las manos, porque durante un tiempo breve me transmitían su tibieza, templando mi cuerpo metálico. La caricia de los dedos, cerrados entorno a mí -el rato que duraba un misterio- calentaba mis doloridas cuentas, adormeciéndome con el íntimo aliento de la oración que salía de sus labios, como un susurro leve de nana. Labios femeninos, porque mis dueñas siempre han sido mujeres. Ellas sabían cómo tocarme, y mis huesos frágiles de plata agradecían el trato delicado de sus gestos.

Sin embargo, solo una vez encontré sentido a mi existencia en esta familia. Aquella vez en que un tirón brutal en mitad de una pelea fracturó los tendones de mis cuentas labradas. El dolor fue grande, tanto el mío como el suyo. Quedé partido en dos, olvidado como un inútil instrumento cuyo poder ya no sirviera para invocar a Dios. Pero así, roto y lisiado de plegarias, fui más útil que entero. La oscuridad de aquél cajón donde ella me guardó, no me impidió escuchar, amortiguados, los gritos y las discusiones, el llanto silencioso que tragaba cada noche. Aunque se confiaba poco a mí, yo conocía su desgracia. Sé que no era feliz con él, que no la quería… ni a ella ni a los hijos que había tenido con ella. Que estando acompañada, cada vez se sentía más sola y desdichada.

Pero una mañana me sacó del cajón y me colocó cuidadosamente en una cajita. Al principio no entendí adónde me llevaba: aquello no era una iglesia, ni una capilla sombría. Era un despacho confortable y luminoso, pero austero, con un escritorio clásico y dos sillas, una frente a otra. Se saludaron, y él la invitó a tomar asiento. Cuando me cogió de su bolso, mi pobre cuerpo mutilado volvió a sonar con la música olvidada de mis cuentas, chocando entre sí. Sentí el temblor de sus manos, pero aquel era distinto. No era un temblor desconfiado de gato huérfano, ni estaba impregnado de miedo como los otros. No… soy viejo pero no soy tonto: era un cataclismo de mujer enamorada.

Me sostuvo en su regazo mientras se confesaba, delante de aquel hombre joven, vestido con sotana. Él la miraba con la azul intensidad de sus ojos limpios. Nerviosa, intentó mantener una conversación simple con él, repasando mis cuentas de una mano a otra. Parecía que sólo estaba allí por el puro placer de ser escuchada, y de encontrar consuelo en su voz dulce y varonil. Pero yo aún no entendía qué hacía allí. Comencé a sentir el calor inmenso que desprendían sus manos, que acabaron mojándome de sudor. De repente, se acordó de mí. Hace tiempo que está roto. Era de mi abuela, luego pasó a mi madre y ahora es mío. Me da pena porque es de plata antigua y está labrado a mano ¿Sabe Ud. de alguien que pueda arreglármelo? El religioso asintió con una sonrisa que la desarmó. Él mismo se encargaría, le dijo. Ella extendió la mano donde me tenía ovillado y durante un instante pude percibir la energía de sus dedos entrecruzándose, rozando imperceptiblemente la piel del otro. El tiempo se detuvo. Y yo me quedé así, suspendido en esa caricia fugaz, entre las cadenas invisibles de sus miradas extasiadas. Le dijo que tendría que volver ella en persona a buscarme, y sola. Si en ese momento no hubiera estado sentada, sé que se habría fundido lentamente, derretida como una vela al sol.

Me dejó en sus manos, que tenían un tacto diferente, delicado pero robusto como su fe. Entonces me di cuenta: yo era la excusa. Ella me dejó allí con él, y por primera vez en más de un siglo, dormí fuera de mi casa. Pero no me importó, porque nunca la había visto tan contenta. Estuve semanas enteras en un cajón, escuchando que no estaba listo aún, que el joyero tenía trabajo, que había ido varias veces a preguntar por mí. Y entonces podía oír la campanilla de su voz, respondiendo que no importaba, que volvería las veces que hiciera falta. No me cuesta nada pasarme por aquí al volver del mercado, dijo, estoy cerca.

Demasiado cerca, le susurró por fin una tarde que yo creí que nunca llegaría. Esta vez fue él quien tuvo que confesar, vaciarse como nunca en su vida, y pedirle que no volviera. Por qué, le preguntó, deshecha de pena. Porque ella le hacía dudar… porque temblaba solo con oír sus pasos acercándose por el pasillo… porque hacía tambalear los cimientos de una vocación que creía firme… porque jamás había sentido algo tan inmenso por alguien que no fuera Dios. Nunca había rezado antes con tanta fuerza para pedir auxilio. Ella estaba casada, tenía cuatro hijos pequeños. ¿Qué futuro podían tener? ¿Qué podía ofrecerle él? Ella siempre pensó que el amor era ese infierno que vivió durante diecisiete años.  Con él, descubrió que era otra cosa… ahora no podía pedirle que se fuera. Perdóname, le dijo, no sé si sabré besarte bien. Es la primera vez que beso a una mujer.

Recuerdo que sentí mucha pena por ambos, la fuerza de ese sentimiento no era pasajera. Puntual, los miércoles de cada semana, ella llegaba al despacho. No hacían nada especial, sólo cogerse de las manos y llorar, preguntándose qué harían. La coartada que tenían conmigo no sería eterna. Su marido podía sospechar, seguirla y descubrirla. Pero se amaban tanto, que no podían evitar correr ese riesgo. Si alguna vez te sigue, le dijo, dile que has venido a buscar el rosario de plata que me mandaste arreglar. Yo estaba ahí, en el cajón, como la excusa perfecta que explicaba su presencia en el despacho del director del colegio de sus hijos.

Y así me quedé, escondido en la penumbra de aquel escritorio, cómplice y testigo de aquel amor clandestino, hasta que su mano me sacó por fin de mi confinamiento para ser llevado a una joyería. Iban a repararme ¡Qué tarde tan gloriosa!

En la mesa más apartada de un bar, sus manos cálidas y fuertes me pusieron en las de ella, hecho un ovillo de frialdad reluciente. Ya está arreglado, le susurró. El nido familiar de sus manos me envolvió, mientras sonreía triste. Él la miró. Tómate el café, ahora mismo vamos juntos a hablar con tu marido. Nos llevamos a los niños. Ante la verde y atónita mirada femenina, tomó sus manos y aclaró decidido. No voy a seguir escondiéndome, ni tú tampoco. No me avergüenzo de nada. Igual que este rosario que me trajiste, yo me quedaré roto si no estoy contigo.

Y dejaron de esconderme también a mí: llevo años protegiendo orgulloso el coche de la hija que ambos tuvieron, colgado de un espejo. Pero como todas las cosas viejas que guardan algún secreto, estoy acostumbrado a ser discreto, porque esa es mi naturaleza.

Solo diré que, convertido sin quererlo en salvoconducto de un amor que duró hasta más allá de la muerte, nunca estuve tan alejado de mi piadosa tarea. Y sin embargo, no me arrepiento. Ha sido cuando más cerca me he sentido de Dios.

 

Refugio del amanecer

Zenda Libros (http://www.zendalibros.com/amanecer/) convoca nuevamente un concurso literario; cada uno es una oportunidad para desafiar a mis musas, que no siempre tienen ganas de trabajar, pero aquí dejo mi relato. Esta vez la palabra clave era ‘amanecer’, que a veces no es todo lo romántico o bonito que parece en un principio, depende de dónde amanezcas. Gracias a mi amiga Gisela, por ‘chivarme’ siempre las convocatorias.

“Hace seis semanas, cuando llegué, no lograba comprender cómo se podía resistir esto durante meses, pero lo que dejan atrás les hace pensar que ya nada puede ser peor.

La impotencia me atenaza cada vez que el amanecer ilumina este lugar olvidado. Por la noche, el amparo de las tinieblas anestesia un poco el abandono y la miseria que reinan aquí. Pero el alba me da un bofetón de realidad, y con su pincel de luz lechosa va dibujando sin prisa las siluetas de las precarias tiendas mojadas, perfilando los contornos de la gente, que aquí ha dejado de serlo: parecen desperdicios acumulados en callejas, embarradas e infectas. Madres esperando durante horas -las piernas de sus hijos colgando en el regazo- atención médica o alimentos. Niños descalzos por el suelo, con el sueño tiritando en mantas sucias. Ojos ancianos, mirándose las manos pespunteadas de venas cansadas de latir. Quizás nunca pensaron terminar su vida en este sitio.

A este pudridero de personas llegan, cada día, llagas abiertas por el frío, la falta de sueño, los golpes recibidos, las heridas del hambre y del camino. Hago lo que puedo, pero cauterizar el miedo no es sencillo.

Me dejo el alma en mi trabajo y aun así, hay días en que se me licúa, derramándose y desapareciendo, absorbida por la tierra. La muerte se ensaña con esta gente con la facilidad de un puño que ahoga a una mariposa. Pero el peso insoportable de la humanidad entera me aplasta cuando la mirada profunda de un padre me atraviesa, al devolverle el cuerpo inerte de su niño. No grita, no llora, no me suplica que le devuelva la vida. Me clava la honda resignación de sus ojos negros y todo está dicho.

El amanecer es un momento cruel en un sitio como este. Me obliga a mirar. Y delante solo hay un pedazo de tierra, arada por pies agotados de tristeza. ¿De qué sirve ir de prisa, correr, trabajar sin medios, entre la desolación, la enfermedad y el frío? Detesto el amanecer: siempre me recuerda que lo que he visto el día anterior no ha sido una pesadilla. Pero no puedo cerrar los ojos cuando el corazón me grita la injusticia en las entrañas, no hay escondite posible cuando nos sitia tanto sufrimiento.

La policía secreta vendrá, en cualquier momento, a sacarnos por la fuerza: no quieren cooperantes ni periodistas, y nos atacan a menudo con palos o gases lacrimógenos, como a delincuentes. Hasta hace dos semanas estaba resignado a irme, pero ahora no dejaré que me encuentren, me esconderé si es necesario. Mi saber como médico es todo lo que puedo darles y nadie debería arrebatarnos el derecho de ayudar.

Hace dos semanas, un grito desgajó la noche en dos. Me golpeé la cabeza al levantarme y a pesar del dolor, escuché atento. El grito se repitió, esta vez más ahogado. Al salir, divisé una de las tiendas iluminada y un fragor extraño de gente rondando. Me acerqué: el gemido inconfundible de una mujer con dolores de parto me hizo entrar. Las condiciones de la tienda eran deplorables y el hedor insufrible, pero al examinar a la joven madre fui consciente de que ya no podía moverla; estaba muy dilatada. Tendría que atender el parto allí mismo, sin ningún tipo de higiene. Procuré al menos que tuviera algo de intimidad, mandando que se quedaran dos mujeres y echando al resto fuera. En este campamento, el agua limpia es un tesoro que escasea. Pedirla de madrugada era casi una osadía, pero lo intenté. Alguien -no pude ver quién- me acercó una pequeña palangana para lavarme las manos.

– ¿Cómo te llamas? -intenté hacerme oír entre sus jadeos.

– Aixa -respondió a duras penas, cuando una pausa entre las contracciones se lo permitió.

– Aixa, voy a ayudarte. Soy médico. Tienes que empujar muy fuerte cuando yo te diga, no antes.

Durante un breve instante, dudé. Mientras las gotas de sudor caían sobre mis antebrazos, intentando salvar a la criatura, me pregunté si tenía sentido traer otra vida a este infierno. Si se muere, Dios le hará un favor… pero alcé mi mirada y la vi tan joven, tan hermosa… el sudor perlaba su frente como una diadema de esperanza. Cuando la animaba diciéndole que iba bien, sonreía entre rictus de dolor, iluminando la noche de vida. Fue mi primer parto y se me hizo eterno: la muchacha no sabía respirar y el bebé estuvo a punto de morir asfixiado. Por fin, llegando al borde de mi angustia, coronó la entrada y pude sacarlo. Era una niña.

En todo el campamento se escuchó la brevedad de la dicha, cuando atronó su llanto en el interior de la tienda. El padre, un muchacho joven, acudió y se arrodilló al lado de su mujer, abrazándola y dirigiéndome una mirada llena de gratitud. Aixa, serena, recibió a su pequeña de mis manos.

– ¿Qué nombre le pondrás? -le pregunté, conmovido por esta oportunidad de gozo.

– Subhi -contestó, mirándome a los ojos.

– Es bonito -no supe decirle más.

– Significa ‘amanecer’ en nuestra lengua.

Subhi nació cuando el alba despuntaba. Después de todo, el amanecer puede ser distinto en Idomeni.”

Laura DÍEZ BILBAO

Rescatando un recuerdo

Llevo un año yendo y viniendo, recorriendo con mi pequeño turismo los ciento sesenta kilómetros que separan mi casa del trabajo. Aunque me cuesta mucho madrugar, y cada mañana siento que quiero destrozar el despertador con la maza de una deidad nórdica, me gusta conducir. Sobre todo desde que está la nueva autovía. Parece que las ruedas se deslicen por la pista de un circuito lujoso y exclusivo. Hago ese trayecto de noche, de día, con lluvia, incluso con niebla… el más odioso de los fenómenos atmosféricos. Para mí ese recorrido ya no tiene secretos.

 ¿Tiene gasolina tu coche? pregunto a mi marido, y ante su respuesta afirmativa, decido que mañana voy a llevarlo. No sé por qué. Mi coche, que es el que llevo siempre, no es rápido pero sí ligero. Somos cuatro compañeras, y tiene cuatro plazas. Y el depósito está lleno. Pero simplemente decido que voy a llevar el otro porque es más cómodo, más grande y más potente.

Como otras mañanas, como tantas mañanas, me pongo al volante sin que nada me alerte. Nada diferente. No hay señales en el cielo, las estrellas no han cambiado de posición ni mi ángel me habla al oído como otras veces. Nada me previene de que ese día, volveré a nacer.

La bóveda del cielo, negra a esas horas todavía, se extiende delante de mí, confundiéndose con la negrura del asfalto nuevo. Confiada, charlo animadamente con mis compañeras de los avatares que nos esperan esa mañana en el trabajo. Riendo incluso. Voy a la velocidad máxima que el tramo me permite, ciento veinte kilómetros por hora. La carretera está despejada, casi no hay coches, tenemos la autovía para nosotras solas. Algún turismo a veces aparece a lo lejos y tengo que poner las luces de cruce. Súbitamente siento que una mano me agarra el brazo derecho, acompañada de un grito. Soy yo la que grita ahora y simultáneamente, veo un bulto enorme en el carril por el que voy. Lo tengo encima, voy demasiado deprisa. Aunque piso el freno a fondo, con todas mis fuerzas, con toda mi alma, sé que voy a atropellarlo. No puedo distinguir si es cosa, animal o persona; pero en ese microsegundo sé que voy a matar a alguien y que no puedo evitarlo. En ese microsegundo compruebo que el tiempo es elástico, porque sé que es sábado, que ese borracho lleva tal cogorza que se ha metido en la autovía y no lo sabe. Viene de una juerga en el pueblo y va muy abrigado, con un chaquetón de pelo. Camina hacia delante y me da la espalda. ‘Lo siento, Dios mío, no puedo esquivarlo’. Cierro los ojos y pido perdón. Y entonces sentimos en nuestro cuerpo, en nuestros oídos, en la boca del alma el tremendo golpe. Y ese ruido. Ese ruido seco, de vida desgajada de un tajo, empotrada contra el cristal. Ese ruido que escucharé siempre, que llevo dentro de mi cabeza desde entonces. Es un jabalí, un jabalí inmenso. La tremenda mole de su cuerpo vuela hacia la luna del coche y veo los colmillos que salen de sus fauces, el espanto en sus ojos diminutos. Y cae.

Después, aunque no he dejado de escucharlos, me van llegando los gritos. Gritos que me llaman por mi nombre y que se extienden más allá del segundo del impacto. Intento mantener el control, no salirme del carril. Veo horrorizada que me he quedado sin motor en mitad de la autovía, a oscuras, y sé que detrás de mí vienen más compañeros en otros coches. A pesar del miedo que siento no puedo permitirme el lujo del pánico y procuro aprovechar la inercia que llevo para retirarme al arcén. El coche se detiene solo y busco entonces a tientas las manos de mis compañeras. Nos tocamos: estamos muy asustadas, pero a salvo.

Mirando el amasijo de hierros y metal de mi coche devastado, me doy cuenta de la gravedad del accidente. Sólo quiero que nos socorran y salir de allí cuanto antes. Una compañera se acerca y me dice: -Bendita sea la hora en que trajiste este coche- Es verdad: si hubiera llevado el mío, a esa hora probablemente, las consecuencias hubieran sido otras. Entonces vuelvo a mirar el coche y mi entereza flaquea. Una desazón con sabor agridulce de destino me sube del estómago a la garganta, y me la inflama. Los ojos me arden. La tensión acumulada rompe el dique de mis lágrimas, y yo, que siempre he sido creyente, doy gracias en silencio.

Llego a casa y abrazo llorando a mis hijos. Nunca los he abrazado con tanta necesidad de sentirlos, de tocarlos para comprobar que yo seguía siendo yo, y ellos seguían teniendo una madre. En ese instante en que noto el temblor del abrazo inseguro, del contacto íntimo con los míos como un regalo envuelto en papel nuevo, percibo que ya nada es igual a mi alrededor. Veo lo frágiles que somos, y que un solo segundo vale para desmoronarlo todo. Sin embargo, alguien ha decidido que mi misión no ha terminado, y me da otra oportunidad de seguir aquí, de seguir siendo madre, amiga, esposa. O de serlo mejor. Y aprender que un solo instante puede ser crucial, puede marcar la diferencia. Que el tiempo no me pertenece y que mañana, luego, después, más tarde… son tretas, pequeñas muertes, atajos para aplazar aquellas cosas que quiero hacer, pero me da miedo afrontar.  Lo único que tengo es el aquí y el ahora, y este minuto de existencia. Da igual si los cristales no relucen. Si el polvo se acumula. Si la plancha espera. Si no está todo colocado y perfecto. Ahora estoy muy ocupada en lo importante. Porque es ahora o nunca. Porque la felicidad no es un plan establecido donde todo tiene que encajar para que nada falle y porque los planes fallan, ya no hago planes.

Mi madre siempre decía ‘Nadie se muere la víspera’ y tenía razón. Pero es curioso cómo una sencilla pregunta, una pequeña decisión sin importancia aparente, puede ser trascendental, puede cambiarnos la vida. Más que la vida en sí, puede cambiar nuestra manera de mirarla. Yo podría haber viajado en otro coche y sólo esa decisión, me hubiera colocado en otro lugar. O quizás no. Nunca lo sabré. Pero sí he aprendido una lección: ya no espero el momento propicio para ser feliz. Voy siendo feliz sobre la marcha.

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?

Zenda e Iberdrola convocan un concurso para dar respuesta a esta original pregunta, cuatrocientos años después de la muerte del genio universal, Miguel de Cervantes. La consigna es osada, y por eso, como buenos Quijotes, nos aventuramos en esta empresa de imaginar qué haría hoy, en 2016, el caballero de la triste figura ante un molino. Esta es la propuesta con la que me presento a este certamen literario.

 

                                       Don Quijote y Sancho Pan… sin gluten

-Don Alonso… -intervino el médico- lamento informarle que es usted celíaco. A eso se debe su inapetencia, su delgadez y cansancio.

-¿Celi… qué? -repuso el hidalgo- ¡Vive Dios que usáis palabrejas extrañas! Explicadme qué diantres es eso… ¿una maldición gitana? ¿Mal de ojo, quizás? ¿Hallaré remedio con el bálsamo de Fierabrás? ¿O será menester una sangría? Ah, y Don Quijote es mi gracia.

-Bien, perdone usted, Don Quijote -se aclaró la garganta- No… su organismo no tolera el gluten, una proteína de los cereales de secano. Un mal bastante común en nuestra época. Y es una pena, créame, porque está usted en tierra de buen pan y mejor vino.

Sancho, que aún no había abierto la boca, habló.

-Bien sabido es que mi señor, seco en carnes, es poco comedor porque le aquejan penas de amores que le quitan la gana. Tantos libros y lentejas le han nublado el ánimo y la cordura. Más eso ocurre porque no ha llegado su huella hasta la bien cercada: famosas son sus reposterías, y con los condumios que traigo en las alforjas, le prometo a usted que lo pongo más robusto que a mi buena Teresa. Nos han informado que Zamora, besando el Duero en su paso hacia la mar, tiene tres molinos de piedra como tres centinelas ¿es cierto eso?

-Sí, las aceñas de Olivares. Pero son molinos de agua. Estáis cerca… unos treinta kilómetros.

-Y eso… ¿cuántas jornadas son a paso de rocín cansado? El vigor de mi rucio no cuenta; va siempre a la par de Rocinante.

-Calculo que no más de un día.

-Acerquémonos, mi señor. Allí compraremos un cuartillo de flor de harina, y con agua del molino, a fe mía que jamás probaréis mejor pan que el que yo os haga. Con eso y media docena de becadas asadas, encetando un buen queso y dos libras de uvas…

-No, no -repuso el médico- Don Alonso no debe probar el pan normal. Mejor sin gluten. Es caro, creo que vale nueve euros el kilo. Además, allí ya no fabrican harina… Hasta el siglo XIX funcionaron, pero después cayeron en desuso.

-Cuántos reales son nueve… ¿euros decís? -dijo el criado, buscando entre sus ropas- Sin una soldada diaria, tengo tan flaca la faltriquera como la suerte. O nos agenciamos nosotros ese pan sin…

-… gluten -apuntó el médico.

-Eso, gluten… o mal me veo, sin amo y sin promesa de mejor fortuna.

                                                                                     ***

Atravesando los verdes campos, avistaron a lo lejos unos extraños gigantes blancos. Poniendo su bacina a modo de visera, el caballero los contempló maravillado, y admirado por su altura, se preguntó qué empresas tendrían encomendadas. Al ver un tractor en una finca cercana, mandó a Sancho a preguntar qué clase de artilugios eran esos, tan altos y majestuosos. Y para qué servían.

-¿No ha visto nunca un aerogenerador? ¿De qué planeta viene usted?- dijo el agricultor, que al ver la estupefacción del escudero, remarcó- ¡Molinos, hombre! Molinos de viento.

-Eso… ¿un molino? Pero… ¿y dónde guardáis el grano? ¿Y dónde los sacos de harina?

El hombre alzó los ojos al cielo, se encogió de hombros y siguió su camino. De chalados estaba lleno el mundo. Sancho llegó, casi sin resuello, hasta donde se hallaba su señor.

-Mi señor Don Quijote… dice aquel hombre que estos que veis aquí… son molinos de viento. Vos diréis que si me lo ha dicho así será, pero ¿acaso un palo encalado de blanco puede moler algo? ¡Que me aspen si entiendo nada en esta España endiablada! Acerquémonos a la ciudad, quizás allí encontremos los molinos de los que nos hablaron, que estos no son; en llegando, al saber sus fuerzas vivas que hidalgo tan ilustre como Vos ha puesto los pies en ella, a buen seguro nos darán reposo y refrigerio.

                                                                                    ***

-Míralos, Sancho: La Primera, La Manca y La Rubisca ¡Con los pies en el agua si es menester, como los buenos jornaleros! Ahora que tenemos las llaves de este Señorío, dispongámonos a tomar posesión de estas aceñas. Aquí haremos buena harina y mejor pan… ¡Y sin gluten, Vive Dios! Hoy comienza nuestra cruzada contra la maligna proteína, ese cemento maldito que impide comer pan como Dios manda a los pobres celqui… celico… celoqui…

-Celíacos, mi señor. Como Vos.

-¡Eso mismo iba a decir! -sentenció, apeando su herrumbrosa indumentaria del caballo, mientras el criado abría el portón del segundo molino.

-Pero… mi señor… estos ingenios han perdido su uso molinero. No se han usado en más de un siglo…

-¡Y por qué crees, gaznápiro, que me llaman el Ingenioso Hidalgo! Soy capaz de poner en marcha estos ingenios y otros muchos. Tengo el permiso del Alcalde, las llaves y la bendición de Dios Nuestro Señor ¿Acaso hay razón más justa y más humana, que hacer llegar buen pan que no envenene, a quien no tiene medios para procurárselo? ¿Acaso solo los ricos pueden conservarse sanos? ¡No, mientras Don Quijote pueda evitar tamaña injusticia alimentaria! -bramaba enfervorizado, apuntando ojos y lanza al Cielo, haciendo causa común con sus nuevos hermanos en la celiaquía- Haz bondad y empieza por adecentar todo esto; habrá que buscar quien engrase palancas, ruedas y engranajes. Algún descendiente ha de haber de Maese Cantero Villamil, el joven y osado ingeniero, con el que yo pueda parlamentar sobre la puesta en marcha de esta noble embajada…

Mientras barría el suelo, Sancho rezongaba para sus adentros.

Más vale buena esperanza que ruin posesión, dijisteis del dinero ¡A ver de dónde lo saco para esta aventura! Claro, como sois hidalgo y caballero, no contamináis vuestras manos. Ingenieros a mí… ¡si el que se las tiene que ingeniar soy yo! Mucho molino y pan moderno, pero esta España es la de siempre: para unos las glorias… los aperos e intendencias para un servidor. Ya siento adelgazar hasta mi apellido: de Panza pasaré a Pan a secas ¡y encima ahora sin gluten! ¡Que los celíacos os lo agradezcan, que yo no lo haré!

Laura Díez Bilbao

Las_Aceñas_01

Las Aceñas de Olivares- siglo XI  (Zamora)

 

Madre e hija

madre e hija

Te oigo llamarme desde el otro cuarto. Desde que estás en casa, no duermo una noche completa, pero ¡cuánto me gusta darte un beso y arroparte! Te acaricio el pelo y te cuento cosas, hasta que te quedas dormida otra vez. El sonido de mi voz te calma, y la noche pasa. Que sueñes con los angelitos…te digo, y me vuelvo a la cama.

 Casi siempre te despiertas antes que yo, y me llamas de nuevo. Con cuidado te aseo, te perfumo, te cambio el pañal y luego te pongo guapa. Me gusta ver tu expresión cuando te digo que nos vamos  a la calle. Tu mirada cambia y tu sonrisa se dibuja como un arco iris panza arriba.

Bandido, el perro de todos y de nadie, se acerca cuando pasamos por el parque. Lo acaricias, y él llena de besos caninos tus manos. Yo os dejo hacer porque te veo tan feliz en esos momentos…

Te gusta mirarme mientras cocino. Te cuento cómo preparo cada plato, porque tus ojos curiosos quieren saber qué le echo a cada cosa. ¡Y sin embargo comes tan mal! Sólo puedo engañarte cuando pongo la tele, y te quedas embobada viendo las imágenes. Te acabas el plato casi sin darte cuenta. Algunos días, haces como que coses, cogiendo una servilleta y un boli. Dibujas rayitas en la tela como si fuera un hilván. ¿Te gusta? me preguntas, y me gustaría poder decirte que serás una gran modista.

Al atardecer, pongo música y regamos juntas las plantas. Te ayudo a sostener la regadera -pesa demasiado para ti- y al momento te sientas, cansada. Por un instante veo en tus ojos dulces y vivaces, una luz que cruza fugaz tu mirada. Mamá… me dices con tu voz entrañable. No. Soy Dora, mami ¿no te acuerdas de mí?

Cerrando triste los ojos, te doy un beso en la frente. Y la ilusión de creer que me reconoces, se desvanece con la bruma del anochecer.

Hoja, copa y árbol

La hoja 

Ella no quiere caerse todavía. Sabe ya que es una hoja caduca y que tarde o temprano ha de desprenderse de la rama. Pero quiere soltarse sola, sin que ninguna fuerza violenta la separe de su nudo, de la frondosa seguridad del árbol que aún la cobija. La enfermedad se ha hecho esqueje en su cuerpo… la siente latiendo en sus nervaduras. Nota que se apodera de ella, que la vuelve frágil, transparente, y sin embargo de la misma forma que la vulnera, la hace fuerte. Está en la cama, encadenada a los goteros, que se prenden a sus venas como ríos de savia redentora. Fluyen por su cuerpo pequeños ejércitos, que libran cíclicas batallas para detener el avance de ese cruel enemigo, implacable y traicionero. Está enferma pero lucha, porque sabe que es útil todavía, que aún puede dar sombra.

La copa 

La hoja está enferma, pero no está sola. Flotan a su lado otras hojas, que saben que padece, que se está marchitando. Profundos surcos se hunden en sus ojos, proyectando el cansancio de una mirada perdida, a la que le cuesta encontrar la alegría que una vez brilló dentro de ella. Pero sigue buscando en su raíz… y descubre que no sufre sola. Un vínculo secreto y natural la une a pequeños brotes, diminutas flores, que han crecido a su amparo y que ahora se vuelcan hacia ella. Descubre que una tierra cálida y segura la sustenta, que late con fuerza desde abajo para hacerle llegar imperceptibles hálitos de vida, que la empujan de nuevo hacia el sol, hacia el cielo… buscando la luz, que convierta su tenue palidez en clorofila.

El árbol 

Cada ciclo que pasa es como un vendaval de agresiones y paradojas que la dejan exhausta. Es como luchar contra el viento: cuando sopla con violencia, si el nudo no es fuerte, puede desprenderse del árbol. Pero el viento también cumple su misión y la hoja aún tiene la suya, por eso se aferra a la rama. ¡Porque aún le quedan estaciones que gozar desde la atalaya de su copa! Cuando su savia se seque y su color se apague, entonces sabrá que el ciclo natural ha dictado su sentencia: se desprenderá, en un hermoso acto de generosidad, intuyendo que otros brotes que empujan desde lo hondo cubrirán de belleza la rama, llenando el espacio que ella ocupó. Y se irá con la calma de saber que abona con su muerte, el mismo ciclo de la vida. 

(Dedicado a todos aquellos que luchan contra el cáncer. Lo venzan o no. Mi admiración y respeto para todos ellos)