El día que me quieras

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Aunque era febrero y hacía frío, le apetecía sentir en la cara el sol invernal. Terminó de afeitarse y masajeó su piel con loción. Echó una última mirada a su aspecto: le puso ojos seductores a su reflejo y esbozó una sonrisa de caballerosa apostura, mientras con una mano alisaba con cuidado los nevados cabellos, perfectamente domados por la gomina. En algún lugar quedaba algo de aquel galán que había sido una vez.

Consultó su reloj: las once. Carlos no tardaría en llegar. Con su habitual prisa, con su habitual ajetreo de vida, empeñado en estar tremendamente ocupado en todo para no ocuparse nunca de lo importante. Cría cuervos…, pensó.

Se puso la chaqueta de lana inglesa que su mujer le había regalado hacía años y se enroscó la bufanda. Con paso lento y elegante salió al jardín de la residencia de ancianos y se sentó en el banco verde de madera. Entretuvo la espera observando los primeros brotes de los rosales; su hijo llegó, escandalizado, al verlo sentado afuera.

-¡Papá! ¿Quieres coger una pulmonía? ¡Por Dios, vamos dentro! ¡Pero qué ocurrencias tienes!- exclamó, levantándolo por el codo.

-No tengo frío- dijo soltándose, sereno -Quiero ir al cementerio, a ver a tu madre.

-¿Ahora mismo? ¿Tiene que ser precisamente ahora?

-Ahora.

-Estás muy raro últimamente, no sé qué te pasa. Hace años que no vamos al cementerio.

-Necesito ir ¿Me llevas o voy solo? Si tienes prisa…

-Bueno… es que… Tienes que avisarme de estas cosas, papá… ¡Yo tengo una vida! Sabes que no puedo disponer así de…

-Vale- se levantó y se acomodó la chaqueta -Voy yo. Gracias por venir a verme.

Carlos miró al cielo, resignado, y echó a andar detrás de su padre.

-¡Espera! Te llevo y… comemos juntos. Yo invito.


Lo dejó en la acera, y el coche arrancó con el escape enfurecido. Sabía que aquella visita a la tumba de su madre y la conversación posterior no le habían gustado, pero él ya era muy mayor para esas tonterías.

Tocó el timbre de la residencia  y desde dentro una voz familiar le contestó. La chicharra sonó al tiempo que se abría la valla. El sol de la tarde bañaba los árboles y el césped, pajizo por las heladas, bordeaba el camino de loseta que lo llevaba hasta su rincón favorito. Alguien -bendito sea- había puesto tangos en la megafonía exterior. Se acercó hasta el templete, que las glicinias perfumaban en verano, y se sentó.

-Feliz San Valentín- le susurró, enseñándole una rosa.

La mujer, con un chal abrigándole las piernas, le dedicó todo el cielo en su mirada. Sonriendo estiró su mano, y azorada, se quedó mirando la flor.

-Siento que ella lo aprueba- dijo aliviado, como si le hubieran concedido permiso para enamorarse de nuevo.

-¿Y tu hijo?

-Está muy ocupado consigo mismo. No necesito su permiso.

Ella se llevó la rosa a la nariz, con dedos temblorosos.

-No quiero separarte de tu única familia, Pedro ¿Estás seguro?

Giró la silla de ruedas hacia él y contempló su bello rostro de terciopelo ajado. Las arrugas no habían mermado ni su encanto ni la luz de su mirada. Las suyas propias se suavizaron al evocar aquella verbena, bajo las lucecitas, donde se miraron a los ojos por primera vez, sesenta años atrás. Él canturreaba en su oído la letra del tango que la orquesta estaba tocando “El día que me quieras, la rosa que engalana, se vestirá de fiesta, con su mejor color…y al viento las campanas dirán que ya eres mía, y locas las fontanas, se contarán su amor…” Sus pasos vacilantes se movían entonces al ritmo de la seducción, y él se enamoró de su sentido del humor cuando le dijo en voz muy baja Cantas mejor que bailas, me estás pisando. Mejor te escucho ahí sentada.

Su mirada regresó al presente para decirle:

-Nunca estuve tan seguro de nada como ahora, que nos hemos vuelto a encontrar. Tú eres mi familia.

Como una profecía, en el jardín, Gardel empezó a cantar “El día que me quieras”. Él le guiñó un ojo, y con sonrisa irresistible, dijo:

-Ves, hasta el destino nos da su aprobación. Es la hora del café. ¿Vamos?

-Ya no voy a poder bailar contigo- dijo ella.

-Nunca supe bailar el tango. Mejor me escuchas, ahí sentada.

Se miraron, y de repente comenzaron a reírse, empapados de una sensación de travesura que les trajo de golpe toda la juventud de una época. Él se levantó y empujó la silla.

Siguiendo despacio el camino de loseta hacia el comedor, entrelazaron sus manos clandestinas, sin que nadie los viera. Y así, en secreto, decidieron que seguirían siendo jóvenes el resto de su vejez.

 

LAURA DÍEZ BILBAO

 

 

 

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Decálogo de la buena autoedición

Para que no nos llamemos a engaño… extraordinario artículo de Fernando Gamboa. Tomo nota, gracias Fernando!!

Diez consejos para autopublicarse y no morir en el intento

10 consejos para autopublicarse y no morir en el intento

Como lo prometido es deuda, aquí van unos cuantos consejos para los autores que quieren dar el paso de autopublicarse —sobre todo en lo que se refiere al libro digital— con la idea de hacer de la escritura su profesión. Para quien publicar es un mero hobby o una búsqueda de reconocimiento y palmaditas en la espalda —vanity publishing—, me temo que la mayoría de estos consejos no le servirán de gran cosa y si acaso le escandalicen.

Así mismo, si es usted de los que cree que las editoriales son entidades sagradas destinadas a propagar la literatura entre los mortales, o que un libro que no haga el trayecto editor-distribuidor-librero no merece ser tomado como tal, también le advierto que no le va a gustar este artículo.

Dicho esto y sin más dilación, aquí va mi lista:

1. Escribe. Publica. Repite.

Parece de perogrullo, pero casi todos los autores solemos olvidarnos en algún momento de que nuestro trabajo es escribir, y nos perdemos en campañas de marketing, grupos de Facebook o publicidad más o menos disimulada en Twitter. Buscando la promoción que nadie nos hace y darnos a conocer como sea, corremos el riesgo de dejar de escribir, que en realidad es lo que mejor funciona para ganar lectores. Cuantos más libros publiques, más lectores tendrás y más libros podrás vender en el futuro. Esa es la fórmula y lo demás son pan para hoy y hambre para mañana. Mola mucho tener 100.000 seguidores en twitter, pero eso no quiere decir que tengas 100.000 lectores —yo apenas tengo mil seguidores, sin ir más lejos—. No te obceques con eso. ¿Quieres ser escritor o un puñeteroCommunity Manager?

“¿Quieres ser escritor o un puñetero Community Manager?”

En caso de conflicto, al cuerno con la promoción y las redes sociales, preocúpate solo por escribir una buena historia.

.2. No desesperes.

Muchos autores noveles, o que tras años de recibir cartas de rechazo editorial, descubren el paraíso de la autopublicación, se lanzan a la piscina de Amazon con su mejor bañador y su libro bajo el brazo, haciendo un triple tirabuzón en el aire mientras exclaman en las redes sociales: «¡Eh, miradme! ¡He escrito un libro!», convencidos de que al sacar la cabeza del agua habrá una multitud rugiendo de entusiasmo ante tal hazaña, haciendo cola para que les firme ejemplares. Y claro, cuando descubren que la realidad no es precisamente así, se vienen abajo, queman el libro, y deciden mandarlo todo al garete para ir a pescar cangrejos en la costa de Alaska.

Error.

Hacerse un hueco entre los millones de libros disponibles online –sí, millones—, no es tarea fácil y por lo general cuesta años de escribir, publicar y sumar lectores uno a uno. Sé paciente y sigue escribiendo. Si tus novelas son buenas, tarde o temprano destacarás.

Este trabajo no es para sprinters, es para maratonianos.

3. Reescribe. Recorta. Corrige.

Pues sí, has escrito un libro cojonudo que te ha llevado dos años terminar, y todos tus amigos te dicen que lo vas a petar y que tiemble Stephen King. Imprimes el manuscrito, lo encuadernas y te lo quedas mirando como si fuera un recién nacido, con un orgullo de padre que te estira la sonrisa de oreja a oreja ¿Lo has hecho ya? Muy bien.

Ahora no te cabrees conmigo, pero tengo que decirte que eso es solo la mitad del trabajo.

Puede ser una historia genial y un futuro best seller, pero de momento y mientras sea un primer manuscrito, las probabilidades de que esté listo para publicar son bajísimas.

“… luego se lo haces llegar a los amigos más cabrones que tengas para que lo lean”

Guarda el manuscrito en un cajón durante unas semanas y luego vuelve a leerlo con ojos críticos, como si fueras tu peor enemigo. Corta todo lo que no sea necesario, corrige lo que creas mejorable y explica lo que no quede claro. Luego vuelve a guardarlo en el mismo cajón —u otro diferente, no vamos a discutir por eso—, y al cabo de unos meses lo vuelves a releer y repetir la operación. Todo esto, las veces que haga falta. Y luego se lo haces llegar a los amigos más cabrones que tengas para que lo lean y te den su opinión honesta, y encuentren fallos y te señalen cosas que mejorar. Y cuando te devuelvan la copia del manuscrito que les has dado llena de tachones y comentarios en boli rojo, te vuelves a releer el libro y aplicas las correcciones que te parezcan acertadas —ojo, no todas, la decisión final es solo tuya.

Entonces y solo entonces, habrás completado… tres cuartas partes del camino.

Aún te queda un poco más, chaval —o chavala.

4. Contrata a profesionales de la edición.

En este punto, quizá habrás alzado las cejas y pensado «¿Después de todo lo anterior, aún tengo que pagar a alguien para hacer lo mismo?» o «Este tío es gilipollas», o las dos cosas a la vez probablemente. Pero, A: Los profesionales de la edición son imprescindibles en nuestro trabajo y marcan la diferencia entre publicar un buen libro o un pestiño, y B: No lo consideres un gasto, es una muy buena inversión.

El olvidarse de los buenos profesionales de la edición, creyendo que no son necesarios, es uno de los puntos donde los autores autoeditados suelen palmarla con mayor frecuencia. No seas tacaño. Si crees que tu libro es bueno, ellos lo harán todavía mejor.

Puedes escribir un libro cojonudo y reescribirlo hasta el hartazgo, pero si no contratas a un corrector —o correctora, que suele ser lo habitual—, un editor profesional —de los que editan y aconsejan— y un buen diseñador para que te hagan la portada, tu trabajo difícilmente logrará la calidad que un lector espera de cualquier libro que compre.

Al lector le trae al pairo que seas Indie, que vivas bajo un puente o hayas escrito una novela con los pies. El lector —él, yo, tú—, lo que quiere es leer un buen libro, sin faltas y sin errores de ningún tipo, sin excusas, aunque haya pagado 99 céntimos por él. Si no lo haces así, quizá te ganes una reseña negativa y pierdas un lector para toda la vida, y no está el patio como para perder lectores ni reseñas.

Lo de la portada es harina de otro costal, pero casi tan importante como lo anterior. Ningún lector te va a escribir para quejarse de que la portada de tu novela es más fea que un pie cagao, pero una mala portada te hará perder muchísimos lectores, que no se sentirán lo bastante atraídos por tu obra como para aflojar la mosca. Ya sabes, hay millones de libros ahí fuera, y la chica fea se queda sin bailar aunque sea la más lista de la clase.

5. Sé amable y no toques mucho los huevos.

Este apartado se dividiría en dos subapartados de la parte contratante de la segunda parte.

“No eres Cristiano Ronaldo, así que la chulería y la prepotencia guárdatela”

Por un lado, no olvides nunca que los lectores son lo más importante en tu carrera profesional, y que son personas probablemente más listas que tú, así que sé amable, pero también honesto y paciente con ellos. No eres Cristiano Ronaldo, así que la chulería y la prepotencia guárdatela, pero tampoco les hagas la pelota, que resulta cansino. Con suerte y si te portas bien, muchos de esos lectores se convertirán en amigos de por vida —aunque sea a través de las redes sociales— y la base de tu futuro como juntaletras. Cuídales. Trabajas para ellos.

Lo otro, lo de tocar los huevos, en inglés se llama Spam. No te pongas aspamear a todos tus contactos, seguidores y desconocidos que te salgan al paso. No publiques anuncios en muros ajenos sin pedir permiso. No des la brasa, vamos.

A nadie le gusta un tipo que entra en un bar y se pone a gritar a la cara de los clientes que tiene una cosa que vender que va a encantarles. Te odiarán. Yo te odiaré. Te odiarás a ti mismo al cabo de un tiempo. No toques mucho los huevos, por favor.

6. Lee. Lee mucho.

Pues eso. Lee sin parar. Un escritor que no lee es como un futbolista que no entrena. Un día puede meter un golazo por la escuadra, pero es cuestión de tiempo que termine chupando banquillo.

En mi caso, suelo leer sobre lo que estoy escribiendo en ese momento, como documentación o para aprender de otros que hacen lo mismo que yo, pero mucho mejor. Pero el caso es leer. Lo que sea y cuando sea. Cuanto más leas mejor escritor serás, y quizá descubras por el camino que lo que realmente te gusta no es la ficción histórica, sino el porno blando o los libros de autoayuda. Nunca se sabe.

7. Profesionalízate.

Si quieres hacer de tu vocación por escribir una profesión, este es el mejor momento para hacerlo, pero has de empezar a pensar y actuar desde este momento como un profesional.

“Has de planificar, marcarte objetivos, horarios, fechas de publicación… organizarte, vaya”

No vale el «es que es mi primer libro» o «yo no sabía que esto era así». Haber preguntado.

Si quieres ser un escritor profesional, tienes todas las herramientas al alcance de tu mano y la mayoría de ellas gratuitas, pero has de planificar, marcarte objetivos, horarios, fechas de publicación… organizarte, vaya. La competencia es dura y cada día se publican chorrocientos libros nuevos —muchos de ellos mejores que el tuyo o el mío—, con sus respectivos autores detrás, haciendo lo imposible para que la gente les descubra y compre su obra. Con esa brutal competencia, o das lo mejor de ti, o ya puedes dedicarte a otra cosa.

8. Pasa de todo.

Como hemos hecho todos al publicar nuestro primer libro en Amazon, tras ponerlo a la venta y anunciarlo a bombo y platillo como si fuera la segunda venida de Cristo, nos sentamos delante del ordenador para ver cuántos ejemplares vendemos y qué reseñas nos dejan los primeros lectores que terminan de leerlo.

Probablemente, gracias a los familiares y amigos que compren el libro de inmediato, los primeros días veas un ascenso meteórico en las ventas que te disparen hasta el Top100, seguido de una caída igual de pronunciada que semanas más tarde deje tu novela en las catacumbas del ranking. Y tres cuartos de lo mismo con las reseñas; que serán estupendas cuando tu pareja, tu madre y el amigo invisible escriban unas opiniones que te dejen a la altura de Cervantes hasta arriba de Prozac. Pero luego, aparecerán las no tan buenas, algunas con muy mala leche y, finalmente, ninguna reseña de ninguna clase.

“Pasa del ranking, de las ventas y de las reseñas”

Cuando ambas cosas suceden y estamos bajos de defensas e inseguros de nuestro talento —algo intrínseco a la mayoría de los autores, aunque lleven cincuenta libros publicados—, corremos el riesgo de venirnos abajo y correr hasta la agencia de viajes más cercana para comprar ese billete de avión a Alaska. Es una putada, pero muy probablemente esto te vaya a pasar tarde o temprano, sobre todo cuando no te conoce ni el tato.

La buena noticia, es que hay una solución para ello: Sigue escribiendo y pasa de todo. Pasa del ranking, de las ventas y de las reseñas. Consultarlas cada cinco minutos no va a mejorar tus estadísticas, y te estarás quitando tiempo y ánimos para escribir, que es lo único que importa realmente.

Personalmente, hace cosa de dos años que no miro el ranking, ni las ventas, ni apenas las reseñas de mis novelas, y palabra que soy mucho más feliz. Haz la prueba.

9. Sin estigmas.

La autopublicación en 2016 no tiene nada que ver con lo que era hace diez años. Actualmente, los autores autopublicados son los que más venden y más dinero ganan en las librerías online como Google Books, Apple Store y sobre todo Amazon, donde hoy en día se venden la mayoría de los libros en el mundo. Cada vez hay más autores que rechazan jugosas ofertas de editoriales para seguir siendo indies. Ser autopublicado en estos tiempos no solo ha dejado de ser un estigma, sino que suele ser la decisión más sensata.

“Los royalties serán del 70% en lugar del 10% o el 20% y los derechos de tus obras seguirán siendo tuyos”

Hoy, ser autor independiente significa que no dependes de una editorial; que recibirás tus beneficios cabal y puntualmente a fin de mes, que los royalties serán del 70% en lugar del 10% o el 20% y, sobre todo, que los derechos de tus obras seguirán siendo tuyos mientras todo esto sucede. Ahí es nada.

Aunque, si a pesar de lo dicho, para ti es más importante que tu nombre aparezca bajo el sello de una editorial, ver tu libro en la mesa de novedades del Carrefour junto al último de Belén Esteban, o ser entrevistado en sesudas revistas literarias poniendo cara de intelectual, entonces olvida todo lo anterior. Pero luego no te quejes si no ves ni un duro.

Esta última opción, la de firmar con una editorial, a día de hoy solo tiene sentido si puedes quedarte con los derechos digitales de tu obra. No incluyas jamás en un acuerdo editorial, bajo ningún concepto, los derechos digitales de tu novela. Ellos los usarán para liarse un bocata y poco más, pero si te los quedas, será lo que te de de comer durante el tiempo que dure el contrato y quizá, el único dinero que termines viendo.

Repito: NUNCA ENTREGUES LOS DERECHOS DIGITALES A UNA EDITORIAL.

Si no te queda claro, puedo hacerte un dibujo.

10. Disfruta

Disfruta de la vida y de escribir en particular. Un autor —o autora, por supuesto— infeliz, suele escribir libros infelices. Que igual tiene su público, pero no sé yo si compensa. Cuanto mejor sea tu vida, mejores serán tus obras; y tus lectores, amigos, vecinos y familiares te lo agradecerán.

“Escribe con el alma porque es ahí donde reside el arte”

Escribir es secundario, que no se te olvide. Primero vive intensamente, como si te quedaran seis meses de vida. Ama, ríe, jode y persigue tus sueños por absurdos que sean. No lo dejes para mañana, que igual para entonces ya no estás por el barrio. Luego, escribe. Con las tripas, el corazón y los genitales, deja la cabeza para las correcciones. Escribe con el alma porque es ahí donde reside el arte, no en los manuales sobre cómo escribir un Best Seller. Déjate llevar y escribe hasta que te duelan los dedos y confundas la realidad con tu ficción, hasta que te despiertes a media noche creyendo que estás en la cubierta delPequod o donde narices te lleve la historia que tienes en la cabeza. No dejes que nadie te diga que no puedes y no dejes de intentarlo una y otra vez, hasta que te mueras. No tires la toalla ni dejes pasar el tren, porque a veces pasa solo una vez y a toda leche.

Así que levanta tu culo de la silla, sal corriendo por la puerta y súbete a ese puto helicóptero pilotado por un borracho que te dejará caer en un mar infestado de tiburones, si es que es esa la jodida emoción que quieres hacer vivir a tus lectores.

Disfruta de tu vida, en fin, porque no tendrás otra.

Y luego vuelve para contarla.

***

Hasta aquí mi breve decálogo sobre la autoedición y sus dolores de cabeza. Esta lista de consejos (sugerencias, tonterías, meadas fuera de tiesto) está basada en experiencias propias y ajenas, así como una serie de opiniones tendenciosas que no tienen por qué ser compartidas ni total ni parcialmente. No es mi intención polemizar ni crear frentes entre autores autopublicados y editoriales. Hay sitio para todos en las estanterías, y cada cual es muy libre de equivocarse a su manera.

Por último, quiero señalar que seguro que me dejo mil cosas en el tintero en lo que autopublicación independiente se refiere, pero si le interesa de verdad el tema hay libros estupendos —sobre todo de autores norteamericanos—, que tratan el asunto con mayor profundidad —y atino— que un servidor.

Un fuerte abrazo y que las musas le acompañen.

Fernando Gamboa

 

 

Amiga, no te mueras

En un bonito e insólito experimento de regalar poesía a amigos y desconocidos a través del correo electrónico, me llegó este regalo. Un maravilloso poema del Neruda de los años mozos, que junto a otras creaciones, había olvidado de publicar, por considerar que estaban llenas de altivez verbal y de excesiva vehemencia juvenil.

Por suerte, años más tarde, permitió que se publicaran, y que llegaran hasta nosotros, joyas como ésta. Gracias, amiga Mari Carmen, por tu regalo.

“Amiga, no te mueras.
Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,
y que nadie diría si yo no las dijera.

Amiga, no te mueras.

Yo soy el que te espera en la estrellada noche.
El que bajo el sangriento sol poniente te espera.

Miro caer los frutos en la tierra sombría.
Miro bailar las gotas del rocío en las hierbas.

En la noche al espeso perfume de las rosas,
cuando danza la ronda de las sombras inmensas.

Bajo el cielo del Sur, el que te espera cuando
el aire de la tarde como una boca besa.

Amiga, no te mueras.

Yo soy el que cortó las guirnaldas rebeldes
para el lecho selvático fragante a sol y a selva.
El que trajo en los brazos jacintos amarillos.
Y rosas desgarradas. Y amapolas sangrientas.

El que cruzó los brazos por esperarte, ahora.
El que quebró sus arcos. El que dobló sus flechas.

Yo soy el que en los labios guarda sabor de uvas.
Racimos refregados. Mordeduras bermejas.

El que te llama desde las llanuras brotadas.
Yo soy el que en la hora del amor te desea.

El aire de la tarde cimbra las ramas altas.
Ebrio, mi corazón. bajo Dios, tambalea.

El río desatado rompe a llorar y a veces
se adelgaza su voz y se hace pura y trémula.

Retumba, atardecida, la queja azul del agua.
Amiga, no te mueras!

Yo soy el que te espera en la estrellada noche,
sobre las playas áureas, sobre las rubias eras.

El que cortó jacintos para tu lecho, y rosas.
Tendido entre las hierbas yo soy el que te espera!”

Pablo NERUDA

¿Cuándo empieza uno a ser escritor?

El título es sólo un pensamiento, una pregunta escrita en voz alta. Yo no tengo la respuesta. Solo mi forma de entenderlo. Yo he empezado a repetirme que “Soy escritora” todos los días frente al espejo. No significa que sea buena o mala, solo quiere decir eso, que soy escritora.

Siendo muy niña, empezó a gestarse dentro de mí una necesidad, fuerte, impetuosa, que me impulsaba a volcar en papel todo aquello que mi fantasiosa mente imaginaba. Esa necesidad no ha dejado de acompañarme nunca, y con el paso de los años, se ha hecho fuerte en la plaza de mi alma.

Y ahora pienso que quizás, sólo quizás, el acto de escribir, se lleva dentro desde que nacemos. Cuando eres niño, lo haces por puro placer hedonista. Cuando maduras, escribes porque tienes algo que contar, mostrar algo tuyo, pero al mismo tiempo, necesitas salir de tu propio centro. No se trata solo de compartir: quieres comulgar con el que te lee, saber qué siente, qué piensa, qué le sugiere lo que ha leído. Te alimentas de lo que sale de ti y de lo que luego retorna en forma de críticas o alabanzas. Cuando esas críticas o alabanzas no te ciegan, ya eres escritor. Cuando eres capaz de seguir creando, cuando disfrutas haciéndolo -intentando superar tus errores, miedos e inseguridades- cuando asumes una corrección bien hecha como una oportunidad para aprender, y aceptas con naturalidad y regocijo un halago, ya eres escritor.

Pero aprender a escribir bien, lleva toda una vida. ¿Cómo se aprende? Escribiendo. No hay fórmulas mágicas. Me lo dijo Carmen, mi profesora, y sé que es cierto. Observando. Un escritor tiene que ver más allá, fijarse en las pequeñas cosas, llenarse de experiencias. Leyendo. Todo lo que se pueda, ficción, ensayo, novela negra, drama, comedia, revistas. Visitando museos, viajando. Jugando. Pero tomándoselo en serio, con la misma seriedad de un niño cuando juega.

Vivamos, crezcamos como personas y creceremos como escritores.

En mi caso, he necesitado años para creérmelo. Cuando alguien muy querido me dijo “Esto es lo tuyo, hermana” supe que quería ser escritora para siempre. Entre otras cosas, para que un día mis hijos tengan algo mío, que me trascienda y sea parte de ellos también. Algo que los haga sentirse orgullosos de su madre.

 

Amor secreto

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Jamás tuvo valor para decirle cuánto la amaba. Él, un vulgar dependiente de la gran librería; ella, una clienta distinguida. Meses estuvo adorando en secreto su belleza, llena de enigmas y promesas.

-Puedo conseguirle esa novela de amor que anda buscando- le dijo una tarde, arrepintiéndose al instante de su osadía. Las largas pestañas revolotearon por encima del libro que estaba hojeando, etéreas y coquetas, como mariposas negras.

-No busco una novela…- le contestó, dándole el ejemplar, mientras lo atravesaba con la miel líquida de su mirada.  Él lo abrió, ruborizado, y vio escrita para él, una nota al margen. Una dirección, un teléfono.

Tiempo después, cuando se sintió capaz, se arrodilló delante de ella para pronunciar por fin las palabras que nunca pudo.

-Ya sé que es tarde. Pero necesito decírtelo. Aunque no me creas, te amo, siempre te he amado…

Y levantándose, retiró las hojas secas que cubrían la losa fría de la tumba.