Refugio del amanecer

Zenda Libros (http://www.zendalibros.com/amanecer/) convoca nuevamente un concurso literario; cada uno es una oportunidad para desafiar a mis musas, que no siempre tienen ganas de trabajar, pero aquí dejo mi relato. Esta vez la palabra clave era ‘amanecer’, que a veces no es todo lo romántico o bonito que parece en un principio, depende de dónde amanezcas. Gracias a mi amiga Gisela, por ‘chivarme’ siempre las convocatorias.

“Hace seis semanas, cuando llegué, no lograba comprender cómo se podía resistir esto durante meses, pero lo que dejan atrás les hace pensar que ya nada puede ser peor.

La impotencia me atenaza cada vez que el amanecer ilumina este lugar olvidado. Por la noche, el amparo de las tinieblas anestesia un poco el abandono y la miseria que reinan aquí. Pero el alba me da un bofetón de realidad, y con su pincel de luz lechosa va dibujando sin prisa las siluetas de las precarias tiendas mojadas, perfilando los contornos de la gente, que aquí ha dejado de serlo: parecen desperdicios acumulados en callejas, embarradas e infectas. Madres esperando durante horas -las piernas de sus hijos colgando en el regazo- atención médica o alimentos. Niños descalzos por el suelo, con el sueño tiritando en mantas sucias. Ojos ancianos, mirándose las manos pespunteadas de venas cansadas de latir. Quizás nunca pensaron terminar su vida en este sitio.

A este pudridero de personas llegan, cada día, llagas abiertas por el frío, la falta de sueño, los golpes recibidos, las heridas del hambre y del camino. Hago lo que puedo, pero cauterizar el miedo no es sencillo.

Me dejo el alma en mi trabajo y aun así, hay días en que se me licúa, derramándose y desapareciendo, absorbida por la tierra. La muerte se ensaña con esta gente con la facilidad de un puño que ahoga a una mariposa. Pero el peso insoportable de la humanidad entera me aplasta cuando la mirada profunda de un padre me atraviesa, al devolverle el cuerpo inerte de su niño. No grita, no llora, no me suplica que le devuelva la vida. Me clava la honda resignación de sus ojos negros y todo está dicho.

El amanecer es un momento cruel en un sitio como este. Me obliga a mirar. Y delante solo hay un pedazo de tierra, arada por pies agotados de tristeza. ¿De qué sirve ir de prisa, correr, trabajar sin medios, entre la desolación, la enfermedad y el frío? Detesto el amanecer: siempre me recuerda que lo que he visto el día anterior no ha sido una pesadilla. Pero no puedo cerrar los ojos cuando el corazón me grita la injusticia en las entrañas, no hay escondite posible cuando nos sitia tanto sufrimiento.

La policía secreta vendrá, en cualquier momento, a sacarnos por la fuerza: no quieren cooperantes ni periodistas, y nos atacan a menudo con palos o gases lacrimógenos, como a delincuentes. Hasta hace dos semanas estaba resignado a irme, pero ahora no dejaré que me encuentren, me esconderé si es necesario. Mi saber como médico es todo lo que puedo darles y nadie debería arrebatarnos el derecho de ayudar.

Hace dos semanas, un grito desgajó la noche en dos. Me golpeé la cabeza al levantarme y a pesar del dolor, escuché atento. El grito se repitió, esta vez más ahogado. Al salir, divisé una de las tiendas iluminada y un fragor extraño de gente rondando. Me acerqué: el gemido inconfundible de una mujer con dolores de parto me hizo entrar. Las condiciones de la tienda eran deplorables y el hedor insufrible, pero al examinar a la joven madre fui consciente de que ya no podía moverla; estaba muy dilatada. Tendría que atender el parto allí mismo, sin ningún tipo de higiene. Procuré al menos que tuviera algo de intimidad, mandando que se quedaran dos mujeres y echando al resto fuera. En este campamento, el agua limpia es un tesoro que escasea. Pedirla de madrugada era casi una osadía, pero lo intenté. Alguien -no pude ver quién- me acercó una pequeña palangana para lavarme las manos.

– ¿Cómo te llamas? -intenté hacerme oír entre sus jadeos.

– Aixa -respondió a duras penas, cuando una pausa entre las contracciones se lo permitió.

– Aixa, voy a ayudarte. Soy médico. Tienes que empujar muy fuerte cuando yo te diga, no antes.

Durante un breve instante, dudé. Mientras las gotas de sudor caían sobre mis antebrazos, intentando salvar a la criatura, me pregunté si tenía sentido traer otra vida a este infierno. Si se muere, Dios le hará un favor… pero alcé mi mirada y la vi tan joven, tan hermosa… el sudor perlaba su frente como una diadema de esperanza. Cuando la animaba diciéndole que iba bien, sonreía entre rictus de dolor, iluminando la noche de vida. Fue mi primer parto y se me hizo eterno: la muchacha no sabía respirar y el bebé estuvo a punto de morir asfixiado. Por fin, llegando al borde de mi angustia, coronó la entrada y pude sacarlo. Era una niña.

En todo el campamento se escuchó la brevedad de la dicha, cuando atronó su llanto en el interior de la tienda. El padre, un muchacho joven, acudió y se arrodilló al lado de su mujer, abrazándola y dirigiéndome una mirada llena de gratitud. Aixa, serena, recibió a su pequeña de mis manos.

– ¿Qué nombre le pondrás? -le pregunté, conmovido por esta oportunidad de gozo.

– Subhi -contestó, mirándome a los ojos.

– Es bonito -no supe decirle más.

– Significa ‘amanecer’ en nuestra lengua.

Subhi nació cuando el alba despuntaba. Después de todo, el amanecer puede ser distinto en Idomeni.”

Laura DÍEZ BILBAO

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Rescatando un recuerdo

Llevo un año yendo y viniendo, recorriendo con mi pequeño turismo los ciento sesenta kilómetros que separan mi casa del trabajo. Aunque me cuesta mucho madrugar, y cada mañana siento que quiero destrozar el despertador con la maza de una deidad nórdica, me gusta conducir. Sobre todo desde que está la nueva autovía. Parece que las ruedas se deslicen por la pista de un circuito lujoso y exclusivo. Hago ese trayecto de noche, de día, con lluvia, incluso con niebla… el más odioso de los fenómenos atmosféricos. Para mí ese recorrido ya no tiene secretos.

 ¿Tiene gasolina tu coche? pregunto a mi marido, y ante su respuesta afirmativa, decido que mañana voy a llevarlo. No sé por qué. Mi coche, que es el que llevo siempre, no es rápido pero sí ligero. Somos cuatro compañeras, y tiene cuatro plazas. Y el depósito está lleno. Pero simplemente decido que voy a llevar el otro porque es más cómodo, más grande y más potente.

Como otras mañanas, como tantas mañanas, me pongo al volante sin que nada me alerte. Nada diferente. No hay señales en el cielo, las estrellas no han cambiado de posición ni mi ángel me habla al oído como otras veces. Nada me previene de que ese día, volveré a nacer.

La bóveda del cielo, negra a esas horas todavía, se extiende delante de mí, confundiéndose con la negrura del asfalto nuevo. Confiada, charlo animadamente con mis compañeras de los avatares que nos esperan esa mañana en el trabajo. Riendo incluso. Voy a la velocidad máxima que el tramo me permite, ciento veinte kilómetros por hora. La carretera está despejada, casi no hay coches, tenemos la autovía para nosotras solas. Algún turismo a veces aparece a lo lejos y tengo que poner las luces de cruce. Súbitamente siento que una mano me agarra el brazo derecho, acompañada de un grito. Soy yo la que grita ahora y simultáneamente, veo un bulto enorme en el carril por el que voy. Lo tengo encima, voy demasiado deprisa. Aunque piso el freno a fondo, con todas mis fuerzas, con toda mi alma, sé que voy a atropellarlo. No puedo distinguir si es cosa, animal o persona; pero en ese microsegundo sé que voy a matar a alguien y que no puedo evitarlo. En ese microsegundo compruebo que el tiempo es elástico, porque sé que es sábado, que ese borracho lleva tal cogorza que se ha metido en la autovía y no lo sabe. Viene de una juerga en el pueblo y va muy abrigado, con un chaquetón de pelo. Camina hacia delante y me da la espalda. ‘Lo siento, Dios mío, no puedo esquivarlo’. Cierro los ojos y pido perdón. Y entonces sentimos en nuestro cuerpo, en nuestros oídos, en la boca del alma el tremendo golpe. Y ese ruido. Ese ruido seco, de vida desgajada de un tajo, empotrada contra el cristal. Ese ruido que escucharé siempre, que llevo dentro de mi cabeza desde entonces. Es un jabalí, un jabalí inmenso. La tremenda mole de su cuerpo vuela hacia la luna del coche y veo los colmillos que salen de sus fauces, el espanto en sus ojos diminutos. Y cae.

Después, aunque no he dejado de escucharlos, me van llegando los gritos. Gritos que me llaman por mi nombre y que se extienden más allá del segundo del impacto. Intento mantener el control, no salirme del carril. Veo horrorizada que me he quedado sin motor en mitad de la autovía, a oscuras, y sé que detrás de mí vienen más compañeros en otros coches. A pesar del miedo que siento no puedo permitirme el lujo del pánico y procuro aprovechar la inercia que llevo para retirarme al arcén. El coche se detiene solo y busco entonces a tientas las manos de mis compañeras. Nos tocamos: estamos muy asustadas, pero a salvo.

Mirando el amasijo de hierros y metal de mi coche devastado, me doy cuenta de la gravedad del accidente. Sólo quiero que nos socorran y salir de allí cuanto antes. Una compañera se acerca y me dice: -Bendita sea la hora en que trajiste este coche- Es verdad: si hubiera llevado el mío, a esa hora probablemente, las consecuencias hubieran sido otras. Entonces vuelvo a mirar el coche y mi entereza flaquea. Una desazón con sabor agridulce de destino me sube del estómago a la garganta, y me la inflama. Los ojos me arden. La tensión acumulada rompe el dique de mis lágrimas, y yo, que siempre he sido creyente, doy gracias en silencio.

Llego a casa y abrazo llorando a mis hijos. Nunca los he abrazado con tanta necesidad de sentirlos, de tocarlos para comprobar que yo seguía siendo yo, y ellos seguían teniendo una madre. En ese instante en que noto el temblor del abrazo inseguro, del contacto íntimo con los míos como un regalo envuelto en papel nuevo, percibo que ya nada es igual a mi alrededor. Veo lo frágiles que somos, y que un solo segundo vale para desmoronarlo todo. Sin embargo, alguien ha decidido que mi misión no ha terminado, y me da otra oportunidad de seguir aquí, de seguir siendo madre, amiga, esposa. O de serlo mejor. Y aprender que un solo instante puede ser crucial, puede marcar la diferencia. Que el tiempo no me pertenece y que mañana, luego, después, más tarde… son tretas, pequeñas muertes, atajos para aplazar aquellas cosas que quiero hacer, pero me da miedo afrontar.  Lo único que tengo es el aquí y el ahora, y este minuto de existencia. Da igual si los cristales no relucen. Si el polvo se acumula. Si la plancha espera. Si no está todo colocado y perfecto. Ahora estoy muy ocupada en lo importante. Porque es ahora o nunca. Porque la felicidad no es un plan establecido donde todo tiene que encajar para que nada falle y porque los planes fallan, ya no hago planes.

Mi madre siempre decía ‘Nadie se muere la víspera’ y tenía razón. Pero es curioso cómo una sencilla pregunta, una pequeña decisión sin importancia aparente, puede ser trascendental, puede cambiarnos la vida. Más que la vida en sí, puede cambiar nuestra manera de mirarla. Yo podría haber viajado en otro coche y sólo esa decisión, me hubiera colocado en otro lugar. O quizás no. Nunca lo sabré. Pero sí he aprendido una lección: ya no espero el momento propicio para ser feliz. Voy siendo feliz sobre la marcha.

Te perdono, ladrón

Abrí la habitación 607 de la residencia geriátrica, la que ocupaba Luis. Cogí como siempre mi carro de limpieza y entré. Despreocupada, comencé mi trabajo. Sin querer golpeé un extraño cartel de cartón, depositado con cuidado en una esquina, un letrero rudimentario. Me resultó misterioso aquel objeto en la habitación de un abuelo, y quise saber qué significaba aquello. ‘Es mi trofeo’, me contestó.

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Cuando aún era fácil ver lobos ibéricos en la Sierra de la Culebra, Luis vivía como tantos otros pastores de la zona. Como tantos otros, se ganaba la vida con duro esfuerzo, levantándose aún de noche y acostándose a veces de madrugada, cuando llegaba el tiempo de los partos. Para él no había domingos ni fiestas de guardar. Entre camas de paja y aroma de estiércol pasaba sus noches y sus días acompañado por la única melodía del balido de sus animales.

Cada mañana tenía lugar la misma liturgia. Limpiar el corral, renovar el agua, procurar que la paja estuviera siempre seca y emprender la ruta por el monte para pastar. El sabor de la leche mejoraba mucho y el pastor lo sabía, por eso llevaba al rebaño a sitios umbríos de la sierra, donde la protección de la roca conservaba el frescor verde de la hierba. Apenas despuntaba el alba y Luis ya estaba sentado en una pequeña loma, encima de su abrigo. Podría haber sido astrónomo a juzgar por sus certeros ojos vigilantes, enmarcados por unas enormes gafas de pasta. A través de ellas resaltaba, agigantada por los cristales de aumento, la agudeza de su mirada, oculta por su sombrero Panamá. Completaba el bucólico atuendo su infaltable pajita en la boca, masticada con el mismo lento deleite de quien se fuma un habano. Y con el mismo vicio.

Sin perderlas de vista jamás, a veces ladraba Sulki, la perra. Cuando alguna oveja se despistaba, un ladrido de advertencia corto, casi un bufido, era suficiente. Un rodeo corriendo para cercarlas a todas y el rebaño se mantenía compacto. Luis observaba el operativo casi policial, y cuando la calma regresaba, mataba las horas tocando la armónica, y a veces, escuchando algún partido en la radio. Manjares sencillos eran su merienda; queso, fruta y pan, y un tinto siempre al lado.

La vida de un pastor tiene muchos enemigos. El frío y las heladas, el aplastante calor en verano, las lluvias de la primavera… pero el único capaz de despertar en el hombre un odio visceral irrefrenable, era el ataque del más abominable depredador: el lobo. Por si acaso, llevaba siempre encima la escopeta, engrasada y cargada. En los últimos meses una loba había matado varias cabezas durante la noche. En plena madrugada, se despertaba sobresaltado por los ladridos incesantes de la perra y el alboroto del rebaño asustado, que corría desperdigado por el corral, huyendo del ataque, traidor y alevoso, de una hembra. Saltaba entonces de la cama, salía de la casa descalzo y, escopeta en ristre, disparaba a la oscuridad con tal ímpetu, que acababa con la munición, jadeando sudoroso. Conseguía ahuyentar al animal, pero nunca lograba acabar de una vez con ella.

-¡¡El día que te coja te destrozo!! ¡¡Asesina!! -gritaba al silencio, y acudía presto a comprobar el alcance de los daños. Una y otra vez, lo hundía en la miseria ver los cuerpos destrozados de los corderos y alguna oveja vieja, los más vulnerables. Había perdido muchas ya por culpa de esa maldita alimaña.

En este santuario natural, el último del lobo, la hembra se disputaba con las otras manadas las pocas presas que podía cobrarse. Cada vez era más difícil cazar en el vasto paisaje agreste, pero una madre es capaz de todo cuando sus hijos necesitan comer. Arriesga, si es necesario, su vida.

En aquel anochecer otoñal, los pardos colores de la serranía camuflaban su pelaje de forma casi camaleónica. Cubría las lomas una neblina sutil, apenas una telaraña de humedad resbaladiza. La loba llevaba varios minutos agazapada, protegida por la trinchera de niebla, que ocultaba su presencia. Estaba lo suficientemente cerca como para tener a tiro el rebaño, y lo suficientemente lejos como para no ser olfateada por Sulki. Esperó el momento preciso para atacar. Debía ser paciente. La luz languidecía y no divisaba a la perra. El instinto y su olfato le indicaron que ese era el momento oportuno. Saltó de un brinco y con elásticas zancadas bajó la pendiente que conducía al corral. Las ovejas percibieron el peligro y comenzaron a dar balidos, muy nerviosas.

Justo en el instante en que la hembra se agachaba para atravesar la verja de madera, un estampido metálico hizo crujir el aire de la noche. El aullido gutural de la loba, herida de muerte, cruzó la sierra de norte a sur.

Saliendo del cañón de la escopeta, una pequeña humareda gris ascendió al cielo. Triunfal, Luis llamó a la perra, que salió corriendo hacia el cuerpo tendido en el suelo, dando grandes brincos alrededor de la anhelada presa. Por fin, se dijo.

-¡Por fin!- repitió, sonriendo a Sulki. Se agachó y cogiendo la cabeza inerte del bello animal, le susurró como si pudiera oírlo todavía:

-Asesina… tú has matado a mis ovejas. Ahora estamos en paz.

Llevó el cadáver al establo y allí lo escondió, planeando prolongar esa sensación, esa adrenalina que había sentido matando al repugnante animal. Eran una especie maldita, taimada y dañina, y si de él dependiera, todos los lobos de la comarca estarían muertos.

Quería recordar esa anoche para siempre. Por eso, dedicó varios días a abrir al animal sin dañarlo, curtió la piel entera de la loba y fabricó con ella su particular trofeo. Orgulloso, la extendió sobre una mesa que tenía en un rincón de la sala de la austera casa. Allí la dejó para que terminara de orearse, y así poder colgarla en la pared. Cada noche la contemplaría, para recordarse que era capaz de matar a cualquier otro lobo que osara acercarse a su rebaño.

Pocas semanas más tarde, mientras fumaba satisfecho meciéndose frente al fuego, escuchó un crujido fuera, y oyó ladrar a la perra. Otra vez el balido familiar, otra vez la alarma.

-¡¡Malditos lobos asquerosos!! -exclamó, al mismo tiempo que tomaba la escopeta y salía presuroso de la casa, dando tiros.

Se quedó un buen rato, quieto en la penumbra de la entrada del establo, observando alerta cualquier movimiento extraño. Con el dedo en el gatillo, giraba crispado ante el más mínimo ruido. Cuando la calma volvió y creyó haber espantado al animal o lo que fuese que se hubiera acercado por allí, bajó lentamente el arma y, sin dejar de escudriñar la oscuridad, se acercó a la casa. Echó un último vistazo, y jurando por lo bajo, cerró la puerta.

Su estupor fue total al entrar en la sala y ver que la piel de la loba había desaparecido. Buscó por todas partes, y nada. Era evidente que se la habían llevado, que alguien la había robado. Pero ¿quién? ¿Para qué se llevarían algo así, en mitad de la noche?

Se dijo entonces que no pararía hasta encontrarla. Le había costado mucho tiempo y demasiadas pérdidas para dejar que se quedaran con ella. Preguntó a vecinos y conocidos: no se habían visto furtivos esos días por el monte. Durante días recorrió la sierra, acompañado de su infatigable Sulki, buscando huellas o pistas. Nada.

Una tarde, resignado ya a no encontrar su preciado trofeo, volvía fatigado a casa, con la escopeta al hombro. Parapetado detrás de su sombrero de paja, miraba el suelo, atravesando el monte entre arbustos bajos. Y sin buscarlo, de repente, lo escuchó. Instintivamente cogió sus prismáticos, y escondiéndose rápidamente detrás de un matorral, lo observó. Estaba al pie de una enorme roca, guarecida por un espeso encinar. Lo sorprendió tumbado, con algo atrapado entre sus patas. Era un macho, un ejemplar soberbio. El magnífico animal lamía suavemente un bulto, incansable, y aullaba lastimero. Aullaba, y volvía a lamer, en un ritual funerario que nunca había visto antes. Incapaz de creer lo que estaba viendo, se dio cuenta: aquella noche ese lobo se había arriesgado hasta su finca, había entrado a hurtadillas en su casa y se había llevado la piel de la loba… y todo, para poder tenerla con él. Para sentir que seguía estando a su lado. Aquel lobo lloraba la muerte de su hembra.

La rabia contenida hizo que echara mano del arma, y así acabar con él también. Lo tenía a tiro, el animal no podía verlo, era el momento perfecto. Detrás del matorral se convertía en un enemigo invisible. Cuando el pastor puso el dedo en el gatillo, el lobo volvió a aullar, levantando la testuz hacia el cielo, haciendo su lamento más triste y profundo.

Cargó la escopeta y apuntó. El animal olisqueó el aire, intuyendo el peligro. Levantó las orejas y se incorporó. Cogió la piel entre los dientes y se quedó inmóvil, divisando a posibles enemigos. Luis se dijo ‘Dispara, imbécil’ mientras el lobo, agachando la cabeza se retiraba sigilosamente, llevando a la loba a rastras con él. No dejó de apuntarle mientras se alejaba, pero algo dentro de él lo había conmocionado. ‘¡Dispara, es un asesino!’ se repitió.

Sin embargo, ver aquella escena le hizo dudar. Bajó entonces el cañón, y mientras lo miraba alejarse, contemplando su pena, pensó que quizás él había vivido equivocado todos esos años. Que la naturaleza tenía sus propios códigos, sus misteriosos y secretos equilibrios. Si eran capaces de sufrir así, con tan hondo sentimiento… no podían ser unos asesinos.

Y lo dejó marchar…

Sus ojos grises se llenaron de pasado, y un temblor de emoción le revoloteó en la garganta al recordar aquella redención inesperada.

-Luis… ¿crees que los animales tienen sentimientos? -le pregunté, cuando acabó de contarme su relato.

-Hija, hay historias que podrían ser humanas, pero los animales parecen conocer mejor el vínculo de la fidelidad y el coraje que nace de la auténtica lealtad. Yo no sé contestar a esa pregunta, pero desde entonces entendí que un animal puede tener mucho más de humano que nosotros mismos- dijo suavemente.

Cada vez que entro a limpiar su cuarto, leo la frase escrita debajo de la foto de un lobo, recortada de una revista cualquiera. Escrita con letras rojas, temblorosas y rudimentarias, ponía ‘Te perdono, ladrón’

Laura DÍEZ BILBAO

 

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?

Zenda e Iberdrola convocan un concurso para dar respuesta a esta original pregunta, cuatrocientos años después de la muerte del genio universal, Miguel de Cervantes. La consigna es osada, y por eso, como buenos Quijotes, nos aventuramos en esta empresa de imaginar qué haría hoy, en 2016, el caballero de la triste figura ante un molino. Esta es la propuesta con la que me presento a este certamen literario.

 

                                       Don Quijote y Sancho Pan… sin gluten

-Don Alonso… -intervino el médico- lamento informarle que es usted celíaco. A eso se debe su inapetencia, su delgadez y cansancio.

-¿Celi… qué? -repuso el hidalgo- ¡Vive Dios que usáis palabrejas extrañas! Explicadme qué diantres es eso… ¿una maldición gitana? ¿Mal de ojo, quizás? ¿Hallaré remedio con el bálsamo de Fierabrás? ¿O será menester una sangría? Ah, y Don Quijote es mi gracia.

-Bien, perdone usted, Don Quijote -se aclaró la garganta- No… su organismo no tolera el gluten, una proteína de los cereales de secano. Un mal bastante común en nuestra época. Y es una pena, créame, porque está usted en tierra de buen pan y mejor vino.

Sancho, que aún no había abierto la boca, habló.

-Bien sabido es que mi señor, seco en carnes, es poco comedor porque le aquejan penas de amores que le quitan la gana. Tantos libros y lentejas le han nublado el ánimo y la cordura. Más eso ocurre porque no ha llegado su huella hasta la bien cercada: famosas son sus reposterías, y con los condumios que traigo en las alforjas, le prometo a usted que lo pongo más robusto que a mi buena Teresa. Nos han informado que Zamora, besando el Duero en su paso hacia la mar, tiene tres molinos de piedra como tres centinelas ¿es cierto eso?

-Sí, las aceñas de Olivares. Pero son molinos de agua. Estáis cerca… unos treinta kilómetros.

-Y eso… ¿cuántas jornadas son a paso de rocín cansado? El vigor de mi rucio no cuenta; va siempre a la par de Rocinante.

-Calculo que no más de un día.

-Acerquémonos, mi señor. Allí compraremos un cuartillo de flor de harina, y con agua del molino, a fe mía que jamás probaréis mejor pan que el que yo os haga. Con eso y media docena de becadas asadas, encetando un buen queso y dos libras de uvas…

-No, no -repuso el médico- Don Alonso no debe probar el pan normal. Mejor sin gluten. Es caro, creo que vale nueve euros el kilo. Además, allí ya no fabrican harina… Hasta el siglo XIX funcionaron, pero después cayeron en desuso.

-Cuántos reales son nueve… ¿euros decís? -dijo el criado, buscando entre sus ropas- Sin una soldada diaria, tengo tan flaca la faltriquera como la suerte. O nos agenciamos nosotros ese pan sin…

-… gluten -apuntó el médico.

-Eso, gluten… o mal me veo, sin amo y sin promesa de mejor fortuna.

                                                                                     ***

Atravesando los verdes campos, avistaron a lo lejos unos extraños gigantes blancos. Poniendo su bacina a modo de visera, el caballero los contempló maravillado, y admirado por su altura, se preguntó qué empresas tendrían encomendadas. Al ver un tractor en una finca cercana, mandó a Sancho a preguntar qué clase de artilugios eran esos, tan altos y majestuosos. Y para qué servían.

-¿No ha visto nunca un aerogenerador? ¿De qué planeta viene usted?- dijo el agricultor, que al ver la estupefacción del escudero, remarcó- ¡Molinos, hombre! Molinos de viento.

-Eso… ¿un molino? Pero… ¿y dónde guardáis el grano? ¿Y dónde los sacos de harina?

El hombre alzó los ojos al cielo, se encogió de hombros y siguió su camino. De chalados estaba lleno el mundo. Sancho llegó, casi sin resuello, hasta donde se hallaba su señor.

-Mi señor Don Quijote… dice aquel hombre que estos que veis aquí… son molinos de viento. Vos diréis que si me lo ha dicho así será, pero ¿acaso un palo encalado de blanco puede moler algo? ¡Que me aspen si entiendo nada en esta España endiablada! Acerquémonos a la ciudad, quizás allí encontremos los molinos de los que nos hablaron, que estos no son; en llegando, al saber sus fuerzas vivas que hidalgo tan ilustre como Vos ha puesto los pies en ella, a buen seguro nos darán reposo y refrigerio.

                                                                                    ***

-Míralos, Sancho: La Primera, La Manca y La Rubisca ¡Con los pies en el agua si es menester, como los buenos jornaleros! Ahora que tenemos las llaves de este Señorío, dispongámonos a tomar posesión de estas aceñas. Aquí haremos buena harina y mejor pan… ¡Y sin gluten, Vive Dios! Hoy comienza nuestra cruzada contra la maligna proteína, ese cemento maldito que impide comer pan como Dios manda a los pobres celqui… celico… celoqui…

-Celíacos, mi señor. Como Vos.

-¡Eso mismo iba a decir! -sentenció, apeando su herrumbrosa indumentaria del caballo, mientras el criado abría el portón del segundo molino.

-Pero… mi señor… estos ingenios han perdido su uso molinero. No se han usado en más de un siglo…

-¡Y por qué crees, gaznápiro, que me llaman el Ingenioso Hidalgo! Soy capaz de poner en marcha estos ingenios y otros muchos. Tengo el permiso del Alcalde, las llaves y la bendición de Dios Nuestro Señor ¿Acaso hay razón más justa y más humana, que hacer llegar buen pan que no envenene, a quien no tiene medios para procurárselo? ¿Acaso solo los ricos pueden conservarse sanos? ¡No, mientras Don Quijote pueda evitar tamaña injusticia alimentaria! -bramaba enfervorizado, apuntando ojos y lanza al Cielo, haciendo causa común con sus nuevos hermanos en la celiaquía- Haz bondad y empieza por adecentar todo esto; habrá que buscar quien engrase palancas, ruedas y engranajes. Algún descendiente ha de haber de Maese Cantero Villamil, el joven y osado ingeniero, con el que yo pueda parlamentar sobre la puesta en marcha de esta noble embajada…

Mientras barría el suelo, Sancho rezongaba para sus adentros.

Más vale buena esperanza que ruin posesión, dijisteis del dinero ¡A ver de dónde lo saco para esta aventura! Claro, como sois hidalgo y caballero, no contamináis vuestras manos. Ingenieros a mí… ¡si el que se las tiene que ingeniar soy yo! Mucho molino y pan moderno, pero esta España es la de siempre: para unos las glorias… los aperos e intendencias para un servidor. Ya siento adelgazar hasta mi apellido: de Panza pasaré a Pan a secas ¡y encima ahora sin gluten! ¡Que los celíacos os lo agradezcan, que yo no lo haré!

Laura Díez Bilbao

Las_Aceñas_01

Las Aceñas de Olivares- siglo XI  (Zamora)

 

La Mirada Escondida

Ojalá pudiera decir que este cuento estuvo inspirado en la realidad social que existió en mi país. Ojalá pudiera decir que es un mal recuerdo. Sin embargo, las guerras, las injusticias, las miserias y el sufrimiento siguen siendo parte de nuestro presente. La protagonista eligió y cambio su parcela del mundo. Quizás sea la hora de preguntarnos qué hacemos nosotros para cambiar la nuestra.

 

“Caminaba con mi vieja Pentax, atravesando un barrio ciertamente inquietante. Venía de hacer un trabajo magnífico en El Viejo Café, y estaba contenta; podría volver a Madrid antes de lo previsto. Titularía el reportaje con un “Buenos Aires, capital del tango”. A Martín le encantaría.

Pero, a pesar de mi entusiasmo, esa húmeda noche algo me inquietaba. Mi ilusión inicial se fue diluyendo en un creciente temor atávico que mi cabeza no sabía explicar con claridad, pero a medida que mis latidos aumentaban, mis pasos hacían lo propio. El sonido ahuecado de mis propias pisadas reverberaba en la noche, dándoles un eco sordo que acentuaba mi sensación de indefensión y soledad. ¿Dónde me estoy metiendo…? pensé.

Recuerdo a continuación un súbito empujón. Un tirón y el golpe seco de mis huesos contra el suelo. Mi corazón galopaba a cien por hora, y mi vista nublada apenas podía distinguir en la oscuridad. Solo aquella horrible voz aguardentosa me trajo a la realidad como un mazazo.

-No te muevas- y sentí que unas tremendas manos se metían entre mis ropas, hurgando, buscando indecentes cualquier indicio de algo valioso que robar.

Cuando aquel sujeto se aseguró de quedarse con todo aquello que buscaba, sus ojos envenenados de lascivia y la chispa que vi en ellos, me dijeron con la rapidez de una descarga eléctrica que mi terror iría en aumento. Aquello solo era el principio.

Intenté gritar, revolverme… pero su fuerza era descomunal, salvaje. Y de golpe fui consciente que esa sería mi última experiencia.

-Te voy a matar…- su risa sonaba estrepitosa y gutural -Pero antes, me voy a dar un festín contigo…

Cuando su inmunda y desdentada boca ya rozaba mi cuello en un abrazo agónico y brutal, y el hedor a vino y sudor me cercaban como una manada de lobos hambrientos, oí a sus espaldas un zumbido que crujió encima de mí. Mi espanto no me permitió, en un principio, darme cuenta de que ella estaba ahí para ayudarme. Con el alma crispada, vi en la noche la silueta de mi salvadora. Su aliento era una columna de vapor agitada, recortada en el azul de aquél callejón suburbano.

Amaneció un día más para Marcela. Y gracias a ella, también amaneció para mí.

Desde el pequeño rectángulo de plástico, que obraba de ventana en aquel sucedáneo de casa, donde la chapa -abrasadora en verano, cruelmente fría en invierno- se convertía en el enemigo natural por antonomasia, Marcela contemplaba con frío la jornada que tenía por delante. Era un frío viejo, primitivo, que se había instalado en sus huesos y se resistía a abandonarla, incluso en verano.

Mientras observaba a sus dos pequeños ovillados en la misma camita, ella preparaba el escaso desayuno, compuesto por mate cocido y una rebanada de pan con dulce de membrillo. Me ofreció lo mejor que tenía, demostrando así como cierto el axioma de que los pobres son infinitamente más generosos que nadie. Mientras lo recibía agradecida, mi instinto indagador me empujó a preguntar sobre ella.

-¿Hay algo peor que ser pobre?- pregunté.

-Sí. Ser pobre, estar viuda…y que te olviden…- dijo, dejándome con su respuesta una mirada impregnada de tristeza, que atravesó mi corazón de periodista; acostumbrado a las tragedias espectaculares, pero más alejado de las pequeñas tragedias silenciosas, que yacían olvidadas en el fondo de las ciudades. Apartadas, para que no molestaran nuestra conciencia de cómodos aburguesados.

-¿Qué hacías ahí anoche?- me espetó de golpe, como una madre enfadada con una hija mayor -¿No sabes que no se puede andar por ahí a esas horas?

-¿Y tú?  ¿Qué hacías tú?- inquirí yo a mi vez.

-Soy cartonera…- me respondió con naturalidad -Busco cartones en la basura.

Me quedé muda. Era la primera vez que oía esa palabra.

Buenos Aires era tan hermosa en otoño… Las calles de los enormes barrios elegantes, jalonadas por grandes arboledas, se convertían en una suerte de explosión sosegada de colores, que iban desde el azul intenso del cielo, hasta el amarillo reventón de las hojas caducas. Se mezclaban con el ocre y el verde del fresco césped de los abundantes parques, que decoraban y ofrecían un pulmón permanente a la ciudad. Casi siempre lucía el sol. Templaba el aire de una forma suave y convertía en delicioso cualquier paseo. Las terrazas de las selectas cafeterías seducían a quien pasara por delante con dulces aromas de ron, pasas calientes y bizcochos de miel. Esta visión tan bucólica le estaba vedada a Marcela. Para ella todas las estaciones eran iguales. Ninguna le traía lo que ella necesitaba. Sus días eran hojas de hambre y tristeza que iban cayendo de un calendario.

No quiso recordar conmigo cómo el destino se torció para ellos, convirtiéndolos en lo que eran. Cómo acabaron siendo cartoneros. Hasta la palabra parecía un bofetón en su cara. Pero no hacía falta que me dijera nada. Sólo había que asomarse un domingo a la mañana a cualquier callejón solitario…

Hombres que más bien parecían animales. Familias enteras que, como bandadas de perros, rebuscaban en la basura, intentando ganarse la vida de manera humillante y miserable. Recicladores que una sociedad injusta y desigual empujó a los vertederos, a los basureros, a los callejones malolientes. Su vida estaba expuesta a cortes, infecciones, atropellos…

Sin embargo para Marcela, las heridas más lacerantes venían desde fuera del vertedero: marginación, soledad. Indiferencia de una sociedad que los olvidaba y rechazaba.

Esta joven mujer tenía las manos ajadas, llenas de cortes. Su mirada escondía incontables amarguras. Sus rasgos -envejecidos prematuramente- delataban un alma cansada que, a pesar de todo, tenía la impronta de un espíritu luchador. Su  marido murió a causa de un accidente mientras recogía cartón, de una infección que no pudieron controlar.

Y se quedó sola.

Desde entonces tenía frío siempre. Un frío de desamparo, un frío de soledad.

En jornadas intensas de sol a sol, con sus hijos y un pequeño carro, recorría centenares de calles. Se internaban en lugares insanos, nauseabundos… para rebuscar entre la inmundicia ese trozo de cartón limpio, el único jirón de esperanza. Una pepita de oro entre la arena del río. Un cartón limpio era una oportunidad de seguir comiendo un día más. Era un seguro contra la miseria.

Pero  Marcela tenía una herida más profunda aún. Una que nunca cicatrizaría. Sus hijos. Dos niños que apenas levantaban un palmo del suelo. Verlos trabajando con ella, le hacía trizas el corazón.

-¿Qué futuro les espera? ¿Qué puedo darles yo?- me decía -Nadie nos ayuda, nadie se acuerda de nosotros. Yo sola no puedo afrontar esto, los necesito, y siento que les estoy robando su infancia… Me siento mala madre.

Para ella, ya no existía esperanza ni consuelo. Pero la rabia teñía su voz al decirme que no quería ver a sus hijos crecer entre la basura.

Después del exiguo desayuno, le rogué que me permitiera acompañarla a su trabajo. Siempre desde una distancia prudencial, los contemplaba mientras tomaba fotografías, y voluntariamente decidí sumergirme de nuevo en ese submundo de pena y desechos.

Durante ocho días interminables, padecí con ella el tormento de sentir lo que sufría un cartonero. Cada mañana fui testigo de las miradas de asco y desprecio que la gente les lanzaba. Otros días, eran invisibles. Simplemente no existían para nadie; eran mucho menos que la basura.

Y sentí vergüenza de mí misma. Vergüenza por este castigo. Por esas tiernas manos pequeñas que se habían hecho grandes a fuerza de trabajo. Por esos hermosos ojos grandes que se habían hecho pequeños de ver tanta miseria alrededor. Vergüenza por el flagelo que vivían estas gentes, condenadas a una cadena invisible que ataba sus destinos a una realidad permanente de tristeza y soledad.

Mientras los veía subirse a montañas de basura, empapados por la tormenta que estaba cayendo, oí a Marcela:

-¡Lo peor es la lluvia! Estropea los cartones, y nos quedamos congelados.

Yo la escuchaba desde la acera de enfrente, y aunque vi lo que iba a suceder, no pude hacer nada. Mientras mi voz y mi cuerpo contemplaban paralizados la escena, un hachazo invisible segó la vida de Marcela. La lluvia era una espesa cortina que llenaba todo de bruma alrededor. Un coche surgió de la nada. Un mortífero gigante de chatarra homicida. Mi grito para alertar a Marcela llegó tarde y todo su cuerpo voló por encima del capó, despidiendo su menudo cuerpo al otro lado de la calle. Y con un estrépito ensordecedor, el coche desapareció acelerando y precipitándose hacia la salida del callejón.

Corrí llena de angustia y me abalancé sobre ella. La cogí en mis brazos, empapadas ambas, por la fría lluvia que caía sobre el asfalto. Su boca no pronunció palabra alguna, pero su mirada era un grito aterrador, una silenciosa súplica que comprendí enseguida.

Allí, de pie en la calzada, dos pares de ojos negros me miraban, confundiéndose en un abrazo de mutuo consuelo. Se habían quedado solos. La sal de sus lágrimas se diluía en el dulzor de aquella lluvia que no cesaba. Y supe por primera vez, hundiendo su cara en mi regazo, lo que era que alguien muriera en mis brazos.

El día antes de volver a España me dije a mí misma que tenía que hacer algo. Ya no podía permanecer indiferente. Había algo en esa mujer, en su despedida con forma de enormes ojos tristes, que me conmovió.

Su muerte no podía quedar así. Mi vida no podía quedar así.

No quería convertirme en cómplice de esa cadena. Con mi silencio contribuía a que nunca pudiera romperse. Tenía que haber una salida. No todo podía ser tan triste.

Me enviaron a Buenos Aires con un encargo muy claro de la sección editorial del periódico para el que trabajaba en Madrid. En el avión que me traía de vuelta a España no pude dormir. En mi cabeza bullían aquellas imágenes de los diez días de otoño austral, en los que fui testigo de primera mano de una realidad tan desconocida para Europa. Y sin saber cómo reaccionaría mi superior, cogí mi dossier, y hoja por hoja, rompí todo lo que había hecho.

“Buenos Aires, la capital del cartón” fue el nuevo título de mi reportaje.

Como única arma, yo contaba entonces con la denuncia. Y le presenté a mi jefe la realidad que había vivido: mi ética me impedía poner por encima de la desesperación, los teatros, las luces, las milongas y el mítico tango argentino. Tenía una deuda con Marcela. Estaba decidida a cambiarlo, a modificar mi reportaje. Pesara a quien pesara.

Pero por aquel entonces, no era consciente de que le había cambiado el título a toda mi vida; que aquella experiencia me había marcado y que ya nunca volvería a ser la misma. Necesitaba que la gente supiera quiénes eran los cartoneros. Ante mi vehemencia y mi irrenunciable posición, me dieron permiso para publicar mi reportaje.

En mi vuelta a la rutina, poco a poco, e incapaz de olvidar ni un solo día lo que había vivido, se fue gestando en mi mente, primero como un punto de luz en la lejanía, y luego como algo cada vez más palpable, una salida. Una idea, que iluminaba todo mi interior, embargándome de una sensación de entusiasmo creciente.

¿Realmente sería posible? ¿Sería acaso una locura? ¿Un proyecto abocado al fracaso antes de empezar siquiera? Estoy convencida de que las cosas no ocurren por casualidad. Todo está conectado.

En un periódico se utiliza papel. Yo misma había utilizado kilos al cabo de un mes. ¿Cuántos cartones había de vender un cartonero para que se fabricara el papel que yo derrochaba? En mi mesa de trabajo, la culpa me asaltaba, martilleándome el alma.

¡Ella me había salvado la vida, y yo no pude hacer nada por salvar la suya! 

Y entonces, palabras aparentemente sueltas, comenzaron a saltar de un lado a otro de mi mente como un puzzle caprichoso que bailaba en mi cabeza. Y abrieron en mi interior una posibilidad de redimir mi impotencia. Cartón… papel… reciclaje. Libros. Cultura. Futuro. 

Con cierto temor, después de ver la buena acogida de mi reportaje, le expuse a mi jefe mi intención de embarcarme en un proyecto, una manera de resucitar el espíritu de Marcela en lo que ella anhelaba para sus hijos: Educación.

Libros hechos con cartón. Una editorial que fabricara libros de cartón reciclado. Todo un símbolo. Un homenaje hacia ella. Serían más que libros. Serían un canal de futuro. Una oportunidad para la gente, un atisbo de luz entre tanta oscuridad.

A los dos meses de estar en Madrid, renuncié a mi puesto, cogí una maleta roja y metí en ella solo las pertenencias imprescindibles para empezar una nueva vida en Buenos Aires. Me despojé de mis prejuicios, de mis antiguas y cómodas convicciones, y decidí que mi aventura tenía que salir bien. Por mí, y por ellos.

Aún me estremece recordar las tibias lágrimas de gratitud callada de Valeria -la hermana de Marcela- la única familia que le quedaba a sus hijos. El brillo de esperanza en sus ojos cuando les conté que yo misma les llevaría a una escuela, fueron como un bálsamo para mí. Aun así, estaba muerta de miedo. No  sabía si la editorial saldría adelante, pero tenía que intentarlo.

Como todos los comienzos, los tiempos fueron duros. Hubo momentos en los que dudé de estar haciendo lo correcto. Mi sentido de la responsabilidad me llevaba a preguntarme si no me habría embarcado con esta gente en una quimera, arrastrándoles conmigo hacia la nada.

Poco a poco conseguí contagiar mi entusiasmo por el proyecto a personas del barrio que se ofrecieron a ayudarme a cambio de un pequeño sueldo. Nadie sobraba. Todos eran útiles. Con mucho esfuerzo y grandes dosis de ilusión, conseguimos alquilar un local y formar una pequeña cooperativa: La Mirada Escondida.

Hoy somos seis personas trabajando en el Taller. Valeria, a la sombra de las parras de uva chinche, y envuelta en la cadencia nostálgica de los tangos de Gardel, aprendió a coser con increíble habilidad el rugoso papel reciclado.

Ahora, bajo la penumbra de una lámpara, escribo en mi mesa del taller. Me acompaña el canto nocturno de los grillos, me arropa la tibieza del aire de verano, y solo rompe el silencio de la noche el rasgueo lejano de una guitarra. Muchas tardes noto que en el aire dulzón del patio, Marcela me mira desde algún lugar etéreo, y entre hoja y hoja encuadernada, me cuenta que ya no tiene frío. Que descansa tranquila porque sus  hijos están donde deben estar: manchándose las manos con tinta, no con desperdicios.

No sé qué extraña brújula trajo mis pasos hasta aquí. Creo que hay una fuerza que nos empuja a transitar caminos escondidos que nos llevan, sin darnos cuenta, a la consecución de nuestras metas.

Hasta entonces, hasta que encontré la mirada escondida de Marcela, mi vida había estado hueca, repleta de prisas y de cosas materiales, acumuladas sin orden ni sentido. Habrá quien pueda pensar que sacar a seis personas del vertedero no es gran cosa, que esto no va a salvar al mundo, que las cosas seguirán siendo igual. Pero cuando veo que hay un futuro posible, que vuelven a tener dignidad, siento paz. Siento que he pagado mi deuda. Porque aquí, cada libro se transforma en una oportunidad que cambia la vida de muchas personas. Nuestro trabajo, silencioso y modesto, llega a escuelas rurales, ferias. Pero, antes que nuestro trabajo, yo necesitaba que llegara nuestro mensaje.

Cada libro de cartón es un pequeño milagro. Es como sacar vida de los escombros. Es el embrión de una nueva vida, que surge con fuerza de la semilla que Marcela sembró en mí. Estoy viviendo no sólo acorde a mi conciencia, sino buscando hacerle un hueco a la justicia. En un mundo donde nos importe el sufrimiento de los demás. Donde nadie nos resulte indiferente. Donde seamos incapaces de ser felices si no logramos que lo sean los demás.

Por eso, una paz tibia y envolvente me trae el recuerdo de mi amiga, cuando me siento una tarde al mes, a la vera del lugar donde descansa. Y hablo con ella de la vida, de sus hijos, de las cosas que nos pasan, de sus libros…

Y en la sencilla tumba donde hice enterrar sus restos, cada tarde al mes -quizás con la secreta intención de que su muerte tenga un significado-  leo este último mensaje que le arranqué a la piedra de su lápida.

“Gracias Marcela. No pude evitar tu muerte, pero con ella encontré el sentido de mi vida”